“Bridgerton” (o la recurrente moda de retorcer la Historia)

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Eduardo Párraga

Por Eduardo Párraga

El uso de anacronismos, insertados consciente o inconscientemente, para narrar relatos de época es una práctica habitual a lo largo de la historia del cine y de la televisión que suele mostrar resultados tan variopintos y curiosos como icónicos y amables. Ahí quedan la partitura de “Ladyhawke”, el vestuario de “Braveheart” o la “Marie Antoinette” de Sofia Coppola (vapuleada en exceso en el festival de Cannes de 2006), por citar solo algunos ejemplos conocidos.

“Bridgerton”, uno de los recientes estrenos de Netflix, se une a la larga lista, ofreciéndonos un peculiar retrato de la sociedad inglesa de finales del XVIII, principios del XIX. Basada en una serie de novelas de Julia Quinn, las licencias creativas tomadas por la serie respecto al material de base han sido evidentes en forma y fondo.

Uno de los grandes problemas de “Bridgerton” es creer, erróneamente, en todo momento que la serie es un homenaje a las novelas clásicas “austenianas”, si me permiten la expresión, con un toque actualizado, pero su pretendida y deliberada modernidad no funciona, simple y llanamente. Quizá en otro cineasta puede que el resultado hubiera sido diferente, sin embargo aquí esta sucesión de realeza y alta sociedad formada por personas negras, feminismo en la era “Me Too”, ademanes bastante contemporáneos y canciones de Taylor Swift o Maroon 5 camufladas de manera instrumental no fluye de manera natural. Esa vanagloria pomposa acaba por arruinar el espectáculo.

Durante los ocho episodios de la temporada asistimos a las idas y venidas, a veces sin sentido, entre Daphne Bridgerton (Phoebe Dynevor) y el duque de Hastings, Simon Basset (Regé-Jean Page)¸ una de las parejas con menos química de la historia reciente de la televisión, por mucho que los guionistas se empeñen en crear un romance supuestamente apasionado. Al mismo tiempo, presenciamos los devaneos y pesquisas del resto de miembros de la familia Bridgerton, quienes junto con la familia Featherington lucharán por hacerse un hueco en la alta sociedad o quizá romper algún que otro convencionalismo. Todo ello narrado secretamente por lady Whistledown (Julie Andrews) la cual parece más una Gossip Girl que una cronista misteriosa de la época. Tanto bebe de aquella en este aspecto que, al igual que Kristen Bell, más allá de su estupenda narración, fue completamente desperdiciada al finalizar la serie Gossip Girl (creo que los fans pueden imaginar a qué me refiero), aquí todo apunta a que cometerán el mismo error con Julie Andrews.

El resultado es una obra más preocupada en mostrar lo abierta de mente que es, que en dotar de clasicismo su relato (¡Cuánto se echa de menos “Downton Abbey”!).

Basta fijarse en los movimientos de los actores para darse cuenta que ninguno se comporta como si viviera en aquella época, más bien al contrario, las posturas son demasiado modernas. El caso más evidente es el del personaje de Eloise Bridgerton (Claudia Jessie), incapaz con sus gestos de hacernos creer que pertenece a siglos pasados.

Se salvan de la quema, el estupendo Jonathan Bailey quien insufla de carisma y dinamismo a su Anthony Bridgerton, con sus modales elegantes y aristocráticos parece ser el único que sabe dónde se ha metido, y el vestuario, a pesar de no corresponder al momento histórico retratado, sin duda, es precioso.

Sería muy injusto terminar sin mencionar a la otra gran figura de este proyecto. Hablamos de Shonda Rhimes, creadora y/o productora de muchas grandes series de éxito y que se ha ganado un hueco importante en el gremio televisivo. “Grey’s Anatomy”, “How to get away with murder”o “Scandal” son algunos de sus éxitos. Y ya que sus historias se caracterizan por estar llenas de personajes sedientos de sexo que, en general, salvo contados casos, caen un poco mal, “Bridgerton” no podía ser una excepción a su regla. Por tanto, también aquí encontramos muchos detalles comunes de Shondaland.

Renovada oficialmente para una segunda temporada, está claro que la familia Bridgerton aún nos depara muchas sorpresas. De momento, la serie, además de entretener, también puede invitar a la reflexión y hacernos pensar que autores como Wilkie Collins, Jane Austen, etc. también se mostraban muy críticos con la hipocresía de la sociedad de su época, pero sin censurar ninguna obra, sin tratar de difuminar o borrar la Historia, y con un gusto y elegancia impensables en las burdas maneras de actuar de hoy en día.