Carta a Matteo

Tengo un hijo de casi 18 años que está estudiando este año en Estados Unidos, está en Phoenix y desde el primer día que llegó le vi que se había adaptado estupendamente, creo que en Estados Unidos ha encontrado su hábitat natural. La semana pasada me escribieron del colegio pidiéndome que escribiera una carta a mi hijo para contar lo orgullosa que estoy de él, cuanto le quiero, etc.

Tuve que dejar aparcada mi ironía innata a la hora de escribir, no quería que me malentendieran ni dejar en ridículo a mi pobre primogénito. Me puse manos a la obra el domingo por la tarde, pensé que sería un buen momento para escribir sobre la familia.

No me he planteado nunca expresar mi orgullo a un hijo, ni pensar porque me enorgullece. Llevo 18 años corriendo para llegar a la representación de Navidad o de fin de curso, para preparar cenas y baños, para ir al médico o al hospital (horror!) para el beso de las buenas noches, para ver el espectáculo de las Winx o de Violeta o los Power Rangers… todo hecho con amor y afecto pero en ocasiones agotada o con el estómago vacío.

Los hijos nos enorgullecen porque son nuestros, porque son especiales, porque son buenos y al mismo tiempo porque son un coñazo (y el que lo niegue no dice la verdad o tiene 10 baby sitter que trabajan 24 horas al día), porque un día se irán porque son egoístas. Lo mismo que hemos sido nosotros cuando éramos hijos, hace ya tanto tiempo…

El resultado de la carta han sido muchas lágrimas, mucho amor y muchas cosas que tengo siempre en la cabeza pero que nunca había escrito. A un hijo le ayudas a crecer a que sea una persona buena sin esperar nada a cambio, cuando a cuentagotas te llega tu premio, tu “medalla de oro” llega en forma de: un beso, de un mami te quiero, de una buena nota o como 8 horas de sueño seguido… esa es tu recompensa, no hay que esperar nada. Verles felices y contentos consigo mismos es tu premio, sus éxitos son los míos y su felicidad la mía.

Echo de menos a mi “osito” mucho, pero se que es feliz y que está haciendo lo que le gusta, los kilómetros que nos separan no aflojan nuestra relación, pienso en él todos los día y ato mis pulgares para no bombardearle de mensajes. El otro día que tenía fiebre estaba inquieta como la mona (Chita) de Tarzán. Ni yo puedo cambiar ni él quiero que lo haga, quero que sea libre e independiente y sobre todo que me quiera y que él también esté orgulloso de mi. Y sigo llorando.

Irene Calvo Crespo

Irene Calvo
Acerca del Autor
Roma, I love you: Moda y otras historias...

Leave a Reply