Columnista: Alicia Alarcon

Los recuerdos de mi madre humedecen la almohada

Pensé que había encontrado la forma de recordar a mi madre sin dejar húmeda la almohada, fueron unas fotos que encontré en una cajita de madera donde en todas se veía muy contenta. Fotos de bautizos, de bodas, de Fiestas Navideñas. Sobre todo en una donde ella levanta sus brazos y nos muestra la figura del Niño Dios que acaba de nacer.

Esa era la clave, ya me lo había dicho una amiga, ¨tienes que recordarla viva, no muerta en un ataúd.¨ Mi madre fue la guía, la consejera, la que empujó a todos sus hijos a salir adelante. Nueve en total. Yo fui la quinta. También fue el motor que empujó a mi padre a salir del pueblo y buscar una mejor vida para sus hijos en el Norte.

Años de trabajar en la costura le inclinó hacia adelante su columna vertebral, cada tarde cuando llegaba mi padre con sus azadones cortos exhausto de trabajar en el campo, le decía: ¨Chayo ya deja esa máquina.¨ ¨Si ahorita Jesús, siéntate para que comas.¨

Cuando uno tiene a sus papás, no hay vacíos. La presencia de los dos lo llena todo. Uno piensa que siempre van a estar ahí. Pero no es así. Cuando murió mi padre, fue como si alguien hubiera arrancado algo de mi interior. Pero ahí estaba mi madre, de pie, con sus ojos enrojecidos por el llanto. Su presencia y su amor incondicional fueron el mejor consuelo. Al faltar mi padre yo me la traje a vivir conmigo un tiempo. Que alegría poder pasearla, comprarle todo lo que le gustaba. ¨Está bonito, pero no gastes.¨ Pasados tres meses me dijo que extrañaba su jardín, su casa, sus pájaros. Acepté su decisión. Qué largo el camino de regreso a Los Angeles. Ver su recámara vacía y sus zapatos afelpados debajo de la cama, para que los usara la próxima vez.

Ya no hubo una próxima vez, mi madre ya no quiso viajar. Mis visitas a verla siempre fueron constantes y mi entusiasmo de llegar a su casa siempre fue el mismo. Ahora me arrepiento de no haberla paseado más cuando tuve la oportunidad. De no haberle comprado más vestidos, más zapatos, de no haberle dado más besos y más abrazos. Y le di muchos.

Le gustó mucho Santa Barbara, disfrutó como una niña el paseo en un carrito para cinco pasajeros. También le asombró el Queen Mary en Long Beach. En San Francisco, no podía creer lo empinado de las calles. Me arrepiento de no haber sido yo la que la llevara a ese viaje. También no creo que nunca me voy a perdonar el no haber pasado con ella la Navidad del 2016, fue la última en su vida. Sé que me esperó y no llegué. Me ausenté por algo que ni siquiera era importante. Nadie sabe el vacío que deja una madre hasta que lo vive. De pronto todo, el trabajo, los proyectos, los compromisos, pierde su importancia cuando ya no está ella para compartirlos.

Que iluso es pensar que su vida y su tiempo se va ajustar a nuestro calendario. A mí me pasó, que no les pase a ustedes. Me confié que mi madre iba a estar ahí para celebrar sus 98 años. Que su vida le iba alcanzar para esperarme y pasar con ella dos semanas completas a mi regreso de un viaje a Alemania. No sucedió así, ni siquiera llegue a tiempo para despedirme de ella. Cuando llegué a su cuarto sus ojos ya se habían cerrado para siempre. Ya no me escuchó, le di muchos besos en sus mejillas, pero ya no los sintió.

Han transcurrido dos años de su muerte y todos los días la recuerdo, todavía no aprendo a vivir sin ella. Tal vez porque toda mi vida giré a su alrededor. Trato de recordarla sonriente, activa, pero la tristeza regresa con más fuerza cuando veo la foto de su primer pasaporte. La fecha es 1958, joven, delgada, su pelo sujeto hacia atrás en una cola de caballo, su peineta a un lado.

La sueño seguido, a veces sola y en otras la acompañan mis hermanos mayores. En una ocasión el sueño fue tan claro que pude observar los detalles de los botones de su vestido café. Ese vestido lo estrenó una Navidad. La vi contenta. Tranquila. Serena.

Hoy es un buen día para que llames a tu mamá si está lejos. Para que la busques si la tienes cerca. Para que le des dos abrazos. Uno porque la quieres y el otro porque te dio lo más valioso que posees. La vida.

Escrito el 2019-10-01 15:54:54
Alicia Alarcon

Alicia Alarcon