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Entiendo que una de las funciones de las Academias de la lengua —si bien, lamentablemente, no se ejerce tanto como se debiera— es la de acuñar o sugerir neologismos útiles y lógicos que suplanten con voces auténticamente españolas los nuevos términos que surjan en ajenos idiomas. Por consiguiente, desde hace tiempo vengo meditando la importancia de plantearnos la conveniencia de ser al respecto más «proactivos» —para usar, precisamente, un neologismo que ya tenemos encima—. Estimo que, en el fondo, nada ni nadie nos exige que seamos pasivos «contabilizadores» o catalogadores —aunque es función sin duda esencial— y nos limitemos a tomar nota de las voces y el alcance de su uso para irlas incorporando al léxico oficial.

Por ejemplo, el director de la Academia Norteamericana, D. Gerardo Piña-Rosales, ha tenido la feliz idea de acuñar hispanounidense, término que permite condensar en una sola palabra lo que de otro modo requería una frase entera («hispano de los Estados Unidos», o bien «hispano estadounidense»).

Reúne esta voz las condiciones esenciales para incorporarse al léxico y ponerse en circulación:

• 1) es de significado claro, fácilmente deducible;

• 2) no contiene combinaciones de letras ni elementos morfológicos o fonéticos ajenos al español (se limita a unir una palabra existente, hispano, con la terminación de otra, estadounidense);

• 3) es flexible en cuanto a funciones gramaticales (es sustantivo y adjetivo de género común), se prestaría incluso para la creación de derivados; y

• 4) permite la normal pluralización española.

Tiene, además, las virtudes de ahorrar tiempo y espacio, aparte de contribuir a fortalecer el término hispano-a y de desplazar, por tanto, el equívoco latino-a (latinos, como sabemos, pueden ser también, entre otros, los franceses, portugueses y, desde luego, los italianos).

Otro término que nos pide a gritos alguna alternativa y que lamentablemente seguimos usando (y copiando) es e-mail. Solicito, por consiguiente, vuestra colaboración para poner en circulación el término CORREL, (combinación de corre-o y el-ectrónico [de género masculino]), porque sinceramente el anglopréstamo e-mail (y sus variantes con mayúscula [¡!] o sin guión) me parece innecesario y reñido con las normas ortográficas, morfológicas y fonéticas de nuestro idioma. Por otra parte, e-mail no es pluralizable conforme a los cánones del castellano, en tanto que a correl basta con añadirle la clásica terminación –es, como a cualquiera otra voz análoga (cordel, mantel, papel).

Por cierto que correl reúne las mismas condiciones que para incorporarse al léxico y usarse acabamos de exponer respecto a hispanounidense.

No me parece mal el uso ibérico de emilio, voz adaptada homofónicamente de e-mail, pero no se presta para derivados (¿«emiliéame»?). En cambio CORREL no cuesta nada usarlo, se entiende perfectamente, y contribuye a «limpiar, fijar y [acaso] dar esplendor» al idioma.

También es aceptable cibermensaje, que la Academia Norteamericana (ANLE) y sus miembros han venido usando junto con cibersitio (en vez del tan difundido pero espánglico sitio web) y otras voces parecidas. Sin embargo, cibermensaje, aparte de ser larga (cinco sílabas), tampoco se presta para derivados.

En cambio, correl sí permite formar útiles derivados que son imposibles con e-mail, emilio y cibermensaje. Por ejemplo: correlero, correlístico (adjetivos), correlear-se, (verbo normal y reflexivo), correleramente (adverbio), y hasta correlería y correlismo (sustantivos), etc. Permitiría incluso –si no es ir muy lejos– formar un término compuesto para suplantar el también antihispánico spam (¿acaso genericorrel, a base de generi[i])-al + correl?).

Cabe observar que, según mi experiencia, resulta excepcional que se cuestione el significado de correl, por ser un término cuyo sentido, en contexto, se capta intuitivamente, si bien — por las dudas— podría ponerse cibermensaje entre paréntesis la primera vez que se enuncie o aparezca en un texto.

Como en su sabiduría, tiene razón nuestra Real Academia Española al afirmar que correl carece de uso suficiente para justificar su inclusión en el catálogo del idioma, estimo que nos urge e incumbe dárselo, puesto que falta nos hace.

En fin, estimo que sería buena iniciativa para el bien del idioma en sí que todos pusiéramos de nuestra parte para dar este paso de avance en la lucha contra los extranjerismos, demostrando que el español puede adaptarse perfectamente a la necesidad de contar con nuevos términos sin calcarlos, tal cual, de otros idiomas.

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