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La colaboración entre el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, la Tate Britain de Londres, el Museo del Prado de Madrid, el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid y la Fundación Caja de Madrid ha permitido que estén teniendo lugar en la capital de España, dos exposiciones pictóricas que están atrayendo a numeroso público tanto nacional como extranjero: “Sombras” (Fundación Caja de Madrid y Museo Thyssen-Bornemisza) y un monográfico sobre Francis Bacon en el centenario de su nacimiento (Museo del Prado).

Aparentemente ambas exposiciones no parecen tener ninguna conexión entre sí, sin embargo un hilo invisible las une: La introspección en la naturaleza humana, el contraste entre la belleza y el horror exterior e interior del ser humano. La pintura de Bacon nos muestra su desgarradora aproximación al hombre. La exposición “Sombras” hace un recorrido desde el Renacimiento hasta nuestros días, descubriéndonos una vieja leyenda que sitúa el origen de la pintura en Corinto, cuando la hija del alfarero Butades de Sicyon, dibujó en una pared la sombra de su amado producida por la luz de una vela. Una excusa utilizada para analizar a lo largo de toda la exposición el contraste entre luz y sombra que muestra al hombre y el enfrentamiento entre su yo público y su yo íntimo.

El hombre es creador de su sufrimiento al pensar una y otra vez en hechos pasados negativos; ese proceso no deja más que angustia y carencias que, falsamente creemos que serán suplidas por dosis externas de diferentes medicamentos (dinero, poder, belleza, éxito profesional....) que nos harán avanzar. Sin embargo, ¿por qué vemos niños indios que viven en la más absoluta miseria sonreir mientras que, un poco más al Oeste cada día tenemos noticia de personas que, pese a su dinero, poder, belleza o éxito profesional afirman ser muy desgraciadas o, al menos no reflejan la felicidad que nosotros presuponemos deberían tener.

Cultivar el “yo interior”, no preocupándose tanto como hacemos de la imagen que proyectamos, proporciona ese equilibrio que, lejos de estar fuera de nosotros, radica “intra muros”. Quizás esos niños que vemos reflejados en películas como “Slumdog Millionaire” tengan el secreto de la felicidad: la aceptación de uno mismo tal y como se es, con sus grandezas y sus miserias. Frente a esa forma de entender la vida existe también otra: la de la falsa idea egocéntrica de conseguir la felicidad haciendo que sean los demás los que se adapten a nosotros y a nuestras expectativas. No es extraño que personas que, manifiestan hacia sus semejantes actitudes prepotentes y soberbias sean seres carentes de autoestima: combaten en una batalla de antemano perdida que lo único que les generará es infelicidad y, a la larga, soledad.

Y si nosotros no nos aceptamos ¿por qué habrían de hacerlo los demás? Los filósofos contemporáneos, como ya vienen manifestando las filosofías orientales desde hace siglos, preconizan la consecución del éxito “más allá del éxito”, es decir, que cuando una persona es verdaderamente feliz, no desea nada, sino que, por el contrario, da. Las personas que se aceptan a sí mismas gozan de autoestima y tienen como rasgos de su personalidad ser Asertivas, con Autoconfianza y Auténticas.

Si tomamos la decisión de incluir esa “triple vitamina A” en nuestra vida, mejorará nuestro yo interior que dejará de ser agónico como el mostrado en “Las variaciones del retrato del Papa Inocencio X de Velázquez”, obra de Bacon, para que, al igual que la sombra del amado de la hija del ceramista Butade se transforme en una bella proyección al exterior. Aunque no seamos ni ricos, ni poderosos, ni guapos y ni siquiera tengamos éxito profesional, podemos ser más felices que las personas que gozan de esos aditamentos externos, de nosotros depende.

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