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La expresión que da título a estas líneas proviene de Camboya, sería el equivalente a decir “Si quieres enjuiciar algo, hazlo en positivo”, o siguiendo una traducción más literal “Di las cosas de modo que haga subir el agua al corazón”.

En estos tiempos que corren no cesamos de oír una palabra que protagoniza las principales tertulias, noticias y debates en los medios de comunicación, e inclusive en nuestras conversaciones: crisis.

Se habla de crisis económica, pero también familiar, de valores, fe, política y de un sinfín de materias en las que parece, según nos dicen, atravesando un período malo.  Pero, ¿hasta qué punto, es real?  ¿Hasta qué punto la crisis económica por la que atravesamos y que impide a muchas personas acceder p.ej. a una vivienda es algo nuevo?  Parafraseando a Mario Vargas Llosa, “Hace dos mil años y algún año más”, una pareja judía buscaba un lugar donde cobijarse.  Ella estaba a punto de dar a luz, él tenía un oficio humilde: carpintero.  Como carecían de medios económicos, tuvieron que alojarse en un establo, entre bestias, para que les diesen calor.  Sin embargo, aquel “hogar” aparentemente “en crisis” fue visitado inclusive por Reyes.

¿Cuál era el poder de aquella familia que hizo que ante ella se postrasen desde el más humilde hasta el más elevado personaje de la escala social del momento?  Una máxima latina señala que es feliz quien se contenta con su suerte (“Félix sua sorte contentus”) y quizás ahí radique la diferencia entre los órganos oficiales que cada día nos dicen que estamos en crisis y aquellas otras personas que caminan por la vida con una sonrisa (¿recuerdan aquello de “a mal tiempo, buena cara”?).

Pero si, como dice Ilsa Prigogine, “del caos nace un nuevo orden” ¿por qué hemos de considerar que esa crisis que genera un caos ha de ser algo malo?  Unicamente lo será si lo vivimos como algo negativo, si hacemos “que el agua se caiga del corazón” y por tanto, lo vaciamos y lo dejamos sin fuerza.  Robin S. Sharma, prestigioso profesor de Derecho y abogado estadounidense, señala que “las personas más alegres, dinámicas y satisfechas de este mundo no difieren mucho de ti o de mí...  los que hacen algo más que existir, los que azuzan las llamas de su potencial humano y saborean la danza mágica de la vida sí hacen cosas distintas de los que viven una vida corriente.  Y la más destacada de ellas es que adoptan un paradigma positivo acerca de su mundo y cuanto hay en él”.

Esa ha sido la idea que han intentado transmitirnos este año pasado los Premios Príncipe de Asturias (España): Hay que reivindicar el humanismo y el espíritu de superación frente a los males del mundo en crisis.  En palabras de Margaret Atwood (Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2008) “Conviene recordar la humanidad que compartimos, una humanidad que muestra su mejor rostro a través de la inventiva y el valor, de la flexibilidad de pensamiento, de la generosidad”.  Quizás ese era y es el secreto de aquella Sagrada Familia que un veinticuatro de Diciembre de hace casi una eternidad descansó en el establo de una pequeña aldea llamada Belén.

Por eso querido lector, que este nuevo año y el resto de tu vida esté presidido por el “Lër Tëk Chet”.

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