Contactos Olvidados Vuelven Inesperadamente Despiertos

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POR EDUARDO PÁRRAGA

De toda la sintomatología del COVID-19, ya grabada a fuego en nuestras mentes, en este 2020, existe un indicio silencioso, en concreto, una señal esquiva que puede pasar inadvertida a los epidemiólogos, pero que bien podría formar parte de este belicoso cuadro clínico.

Ocurre, generalmente, durante las horas más melancólicas del confinamiento. Sin duda, se podría afirmar que el aislamiento social incrementa su acción infecciosa, alcanza su mayor virulencia en cotas altas de nostalgia y ofusca, sobre todo, las emociones y cierta capacidad de razonamiento.

Este síntoma, en cuestión, se traduce en una imperiosa necesidad de retomar contacto o de volver a hablar con alguien del pasado del individuo.

La manifestación funciona en dos direcciones:

Puede ser tanto activa -el sujeto echa de menos a alguien, se preocupa por saber si estará bien y, tras revisar incontables veces número, nombre y foto, rumiando la decisión de escribir o no (signo inequívoco de contagio), aprovecha la oportunidad para lanzar un mensaje cálido a esa persona en particular con la que ya no se ve-, como reactiva –el sujeto recibe un mensaje inesperado que, a menos que se conozca al emisor, obliga al individuo, sumido en un fuerte estado de confusión y curiosidad (signo inequívoco de contagio), a contrastar, en alguna parte, el número de teléfono ya borrado de su lista de contactos y a buscarlo en agendas de otros años pasados que aún conserve o en listas negras varias, para averiguar quién es.

La evolución de este síntoma depende, sin duda, del contexto y de las experiencias previas. Las manifestaciones conductuales posteriores a la emisión o recepción son extensas y variadas, dentro de un continuo que abarca desde el arrepentimiento instantáneo, el reproche, la calma tensa… hasta la honesta preocupación, la sorpresa o la ilusión.

En definitiva, y por fortuna, esta afección particular puede tener también consecuencias positivas.

En medio de todas las desgracias globales producidas por el COVID-19, se espera, al menos, que este coronavirus pueda reactivar, para bien, una gran cantidad de relaciones rotas u olvidadas, en un amplio porcentaje de la población.

¿Cuántas de esas conexiones volverán a ser fuertes y duraderas? ¿Cuántos ansiados reencuentros con rostros erosionados por el paso del tiempo se producirán cuando esto termine? Lamentablemente, la evidencia no nos aporta datos significativos por lo que, en este aspecto, sólo nos queda dejarnos llevar por nuestra parte subjetiva.

No cabe duda de que todos ansiamos volver a abrazar a nuestros familiares y amigos y también, por qué no, a estrechar, de nuevo, lazos con alguien especial de nuestro pasado que mereciera la pena.

¿Y qué ocurre con aquellas personas que están solas o que, por temor a equivocarse, no contactan con nadie? ¿Qué sucede con todos los que, en los momentos más duros del aislamiento, se refugian en el recuerdo de un amigo íntimo, de una ex pareja o de un familiar que ya no está? En estos casos, cuando el silencio impera, la respuesta es la más digna aceptación. Hay etapas en las que necesitamos aprender a estar solos, sin miedo.

Después de todo, quizá no sea necesario volver con ningún contacto. Quizá solo debamos mirar por la ventana de nuestras improvisadas celdas de clausura, serenos, con la esperanza y la convicción de que nuevas personas y situaciones están por venir.