COVID-19: manual para ignorar una emergencia sanitaria

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Escribo este artículo a 20 de marzo de 2020, en pleno estado de alarma, decretado por segunda vez en la historia de la democracia española. Eso significa cierre de comercios y un confinamiento masivo y excepcional de los ciudadanos en el que solo se puede salir a la calle para ir al supermercado, a la farmacia, al banco, a centros sanitarios y al trabajo (aquellos que no puedan teletrabajar desde casa). Además, las salidas al exterior solo se pueden hacer de manera individual. A lo largo de los días, se han añadido más restricciones y seguramente se impondrán nuevas medidas.

A pesar de que siempre me tomé muy en serio esta amenaza y temía las consecuencias, nunca creí vivir una situación igual. Así pues, redacto estas líneas en pleno aislamiento dentro de casa, sobrellevando el proceso lo mejor posible, combinando actividades, preocupado por familiares y amigos, por el devenir del país y por la expansión y evolución del virus en el resto del mundo. Expresaré únicamente mis vivencias personales sobre esta crisis que empezó a mostrarse imparable a finales de febrero, en España. Insisto, por tanto, y hago especial hincapié, en que no pretendo erigirme en prototipo de la verdad o ejemplo de perfección. Tampoco busco ni quiero generalizar estas impresiones a toda la población pues sé que la gran mayoría estamos angustiados, pendientes de cada novedad y haciendo grandes esfuerzos por adaptarnos a las circunstancias. Una vez remarcado eso, tan solo intento manifestar mi estupor ante cómo parte de la sociedad ha minimizado un problema tan grave.

Para empezar, la gente empezó a tomarse a risa las indicaciones que remarcaba la Organización Mundial de la Salud. Se consideraba que la OMS exageraba y comenzaron a salir “epidemiólogos” hasta de debajo de las piedras, los cuales de repente sabían más detalles del virus que los propios médicos y científicos. A día de hoy, aún desconozco por qué en España se equiparaba el coronavirus con una gripe, algo que la OMS ha desmentido rotundamente.

¿Nadie preveía, con lo sucedido en China y en Italia, que nuestros médicos y hospitales se verían igualmente desbordados; que habría más patologías que se quedaran sin tratar si se colapsaban los centros; que quizá se convive con pacientes de riesgo o que incluso somos uno de ellos sin saberlo? En transportes públicos y trabajos se escuchaban comentarios de todo tipo, en tono de burla y ninguneo, algunos tan tremendos como los de personas a las que, sin tener en cuenta al resto, “no les importaba infectarse del virus ya que no tenían ninguna patología previa y por tanto en ellos las consecuencias no iban a ser graves”.

Entiendo comentarios acerca de la letalidad mayor de otros virus, de que hay enfermedades y situaciones mundiales igual de problemáticas o que era difícil imaginar la magnitud del desastre pero eso no significa que haya que menospreciar un virus nuevo que puede mutar aparte de debilitar todo un sistema sanitario y económico. Se ha ignorado demasiado el peligro y se han visto algunas muestras de insolidaridad. Por ejemplo, en pleno proceso de expansión de la pandemia, a pesar de las reiteradas medidas preventivas comunicadas por Sanidad para evitar más contagios, la gente seguía tosiéndose unos encima de otros en el metro, desoyendo los consejos.

Puede ser un detalle absurdo pero creo que cualquier consideración siempre es poca. A todo esto se suman actitudes imprudentes de la gente que, temiendo el confinamiento, huyeron de Madrid hacia la costa valenciana o hacia segundas residencias, como si se tratasen de unas vacaciones, sin pensar en el posible contagio a familiares, personas cercanas o desconocidas. Por no mencionar, cómo en pleno estado de alarma, ciertas personas, enojadas por la decisión, siguen desoyendo las restricciones, saliendo a parques, a la sierra, a hacer deporte, reuniéndose con amigos en las casas, desplazándose fuera el fin de semana, etc. poniendo en riesgo a otras personas.

Son comprensibles en parte, estas pautas de acción, porque no se puede olvidar que tanto Europa como América son países individualistas y ese hecho es el que ha marcado la diferencia con China en la gestión de la crisis. Los países orientales son más colectivistas y por tanto, más proclives a la conexión con el grupo, a la interdependencia, a trabajar unidos por una meta común y a respetar las normas. Con esto no estoy sugiriendo que un modelo cultural sea mejor que el otro, pues tanto Individualismo como Colectivismo reúnen características muy interesantes, pero sí que puede ser importante matizar que cuando se trata de emergencias o catástrofes, la reacción social oriental suele ser admirable.

Sin más, no pretendo acusar ni culpar a nadie de la horrible situación que estamos viviendo. Por eso, me gustaría finalizar lanzando un mensaje de esperanza y apoyo no solo para mi país sino para todas las naciones que están sufriendo esta crisis. Confiemos en nuestro personal sanitario y científico (aunque es preocupante como puede desarrollarse la expansión en África, por desgracia); en la amabilidad y valentía de muchos trabajadores y de gente anónima que cada día aportan su pequeño esfuerzo para ayudar. Saldremos adelante, espero que más unidos, y aprendiendo de nuestros errores para seguir mejorando y enfrentando el presente.

Y recordad, todos los que podáis quedaos en casa, por favor. Fuerza y ánimo.