DE LOS 50 EN ADELANTE

CAPÍTULO 2

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Irene Calvo

He nacido, crecido y sobrevivido en un pueblo de las montañas de Burgos donde decir que hacía frío en invierno es poco. Mis pies, nariz y manos eran de un gélido perenne. Una madre dura como el hielo y un padre trabajador silencioso, pero cariñoso, que se marchó pronto por culpa de un cáncer de pulmón.

“La vida sigue” dijo mi madre que no nos dio tiempo, ni a mi hermana ni a mí, a llorar por él. Frío, colegio, campo y nada más. Mi hermana, diez años mayor que yo, se fue a trabajar a Santander con dieciocho años; aunque venía muy poco a vernos al pueblo, porque mi madre no le daba tregua con sus reproches, nos escribíamos bastante y me mandaba siempre paquetes con ropa bonita y moderna que compraba en la ciudad, rara vez me la pude poner en el pueblo, hubiera sido como desfilar en la pasarela de Cibeles. Mi madre, por supuesto, me decía que estaba ridícula, que parecía un espantapájaros, y además no me permitía ir nunca al colegio con esa ropa puesta.

Mi hermana, María, se ha sentido siempre culpable por haberme dejado sola con madre, sobre todo después de la muerte de padre. La verdad es que de la enfermedad y muerte de padre, que sucedió unos meses antes de la marcha de mi hermana, nunca se ha hablado mucho en casa, bueno, la verdad es que en mi casa nunca se ha hablado de nada.
Padre era mucho de trabajar con la cabeza gacha, de decir sí señor, de pasar pocas horas en el bar del pueblo, sumiso con madre y cariñoso con nosotras, nos adoraba y nos daba todo el cariño del mundo equilibrando así el desprecio de madre y su poco afecto hacia nosotras.

Me dijeron que se había muerto de cáncer de pulmón, pero en vida no le habíamos visto nunca con un cigarro en la mano, ni ir al médico, ni tomar ningún tipo de medicación, yo solo me acuerdo del gran hematoma que tenía en la sien izquierda y su cráneo deformado y lo digo porque le tuvimos de cuerpo presente un día en casa, encima de la cama. Esa noche dormí con mi hermana en su cama porque madre lo hizo en la mía.

Mi hermana lloraba desconsolada y yo no pude hacer nada para calmarla, solo estar en silencio achuchada a ella sintiendo cómo sus lágrimas empapaban mi pelo. También me acuerdo de la frase de unos parroquianos en el bar donde fui a comprar pan el día del entierro de padre y escuché:
“Esa es una de las hijas del cornudo maricón”

Yo no entendí la frase y no supe que era algo grave hasta cuando llegué a casa y le pregunté a mi madre el significado.

Mi hermana me apretó la mano con fuerza mientras madre me preguntó con una voz muy calma que me heló la sangre:
“¿Quién te ha dicho eso?”

Yo dije a quién se lo había oído decir en el bar, recuerdo que fue al establo mientras mi hermana y yo mirábamos por la ventana de la cocina, entró y cogió la escopeta de padre y, con una calma digna de Anthony Perkins en Psicosis, se dirigió hacia el bar.

Mi hermana me agarró de la mano con fuerza y la seguimos a una distancia prudencial para que no nos viera, no sé si mi hermana tenía más miedo a que nos matara o a que se enfadara. Lo cierto es que entró en el bar, cargó la escopeta con un solo brazo, y ahora parecía más John Wayne en Río Bravo.

Apuntó a los dos parroquianos que se hicieron literalmente pis en los pantalones, y ante el asombro de los presentes y bajo un silencio sepulcral les dijo:
“Si mi marido es un cornudo maricón lo es todo el pueblo porque sois todos una panda de cobardes que no habéis sabido proteger a vuestras familias, mi marido por lo menos lo ha intentado. Si vuelvo a oír una sola palabra que ofenda a mi marido o a mi familia os pego un tiro en los huevos, que poca falta os hacen, aunque tenga que pasar toda mi vida en la cárcel, que seguramente no será peor que este pueblo”

Y dicho esto nos besó a las dos, el único beso que recuerdo, y nos llevó de la mano a casa, allí lloró toda la noche y al día siguiente volvió a ser la misma madre despegada y desagradable de siempre.
Nunca más se volvió a hablar del asunto y a mí, que lo escribo en estos momentos, me parece casi, casi que me lo esté inventando, me acuerdo muy bien del beso, de la vuelta a casa, del silencio en el bar y del funeral y entierro donde estaba todo el pueblo presente y donde estuvimos un tiempo, que me pareció una eternidad, en la iglesia, recibiendo el pésame de todos los vecinos. Las mujeres nos abrazaban a las tres y los hombres daban la mano a mi madre y le repetían continuamente que estaban a su servicio.

Mi hermana se quedó momentáneamente sin aire cuando los dos parroquianos a los que amenazó madre, ya con los pantalones limpios, se acercaron con sus respectivas mujeres y con cara de niños castigados y arrepentidos y le pidieron disculpas a mi madre estrujando sin piedad la boina entre las manos.
Mi madre hizo solo un gesto afirmativo con la cabeza y mi hermana pudo, así, volver a respirar.
***

No nos habíamos recuperado de la ausencia de padre cuando María se fue. Desde la muerte de padre dormía siempre con ella para buscar un poco de afecto humano, así que su marcha fue un duro golpe para mí, que solo tenía ocho años.

La huida de María coincidió con la última vez que vinieron los señoritos de Madrid a cazar. El coto de caza de su propiedad lindaba con las tierras de mis padres que, cuando venían a cazar, les cuidaban a los perros durante la estancia y también nosotros les desplumábamos las perdices. Yo era pequeña y me acuerdo poco de sus visitas pero recuerdo que padre se ponía muy tenso y madre intentaba desaparecer lo más posible.

La última vez fue extraña porque vinieron solo cuatro señoritos, cuando en general venía más gente, y alguna de las mujeres, “las señoras”, y los ayudantes. Yo recuerdo que mi madre nos hizo vestir de luto a María y a mí y ella extrañamente se frotó la falda con estiércol de oveja, lo quiso hacer también con la ropa de María pero ella logró escapar. La verdad es que todo me sorprendió mucho.

Los señoritos, que venían bastante borrachos del bar, entraron en casa como si fuera la suya y pidieron a madre que les pusiera más vino. Cuando mi madre se acercó le dijeron:
“¡Cómo huele a mierda! ¿Está segura de que no anda por ahí todavía el cuerpo de su marido?”

A mi madre se le escurrió entre las manos la botella de vino, que cayó al suelo haciéndose añicos, mi hermana se apresuró a limpiarlo todo y, cuando madre intento pararla para que no lo hiciera, uno de los señoritos le dijo:

“Deja, deja que lo limpie la chica, así, arrodillada en el suelo, que me vienen buenas ideas a la cabeza…”
Dicho esto, que yo no entendí, los cuatro se echaron a reír.

“María” chilló mi madre “baja con tu hermana al bar a comprar otra botella de vino y dile a Paco que están aquí los señoritos con ganas de fiesta”

Y con su mirada a lo Jack Nicholson en el Resplandor, abrió el armario de las escobas donde ahora reposaba la escopeta de padre.

En menos de un segundo estaba medio volando, de la mano de mi hermana, hacia el bar del pueblo.

Lo que pasó a continuación nunca lo supe, María y yo nos quedamos en casa de una vecina a cenar y a dormir. A la mañana siguiente no quedaba ni rastro de los señoritos, y en dos días madre había vendido las tierras al alcalde. Las vendió por un precio más que justo, se quedó con el terreno suficiente para seguir con el huerto, con el establo y con las cabras.

Mi hermana se marchó al día siguiente a Santander con las monjas y al poco tiempo encontró un trabajo en una oficina con un notario. María es lista y espabilada así que no tuvo ningún problema para salir adelante. Yo me quedé con madre, más taciturna y agria que nunca, con solo ocho años.
***

Cuando cumplí dieciocho años y con un futuro poco prometedor en el pueblo, sola con madre, mi hermana llegó con una oferta de trabajo para mí; mi madre, poco amiga de cariños y despedidas me saludó diciendo:
“Me abandonas como tu hermana”

Aún así, dio el visto bueno y me fui ese mismo día, con una maleta y poco más, a vivir con mi hermana, con su marido y mis sobrinas.

Un amigo de mi cuñado acababa de abrir una oficina a las afueras de Santander, la empresa se dedicaba a vender todo tipo de objetos y material para embalar y a hacer pequeños transportes. Mi jefe, y dueño de la empresa, se pasaba el día fuera visitando clientes, yo estaba sola y tenía que hacer todo: responder al teléfono, organizar citas, ver los pedidos, controlar albaranes,… necesitaban una chica despierta y honesta.

Ganaba bien, más que nada porque nunca había tenido dinero ni en qué gastar el dinero, estaba dada de alta en la Seguridad Social y me pasaba todo el día allí, desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la tarde.

Mi jefe se dio cuenta de que, aunque yo fuera trabajadora, responsable, espabilada, despierta y honesta, la revolución industrial había llegado hacía ya muchos años y necesitábamos refuerzos, así que pasé a ser también cazatalentos y empecé a seleccionar y a contratar personal. Empezamos a trabajar con más y más productos; en pocos años pasamos a ser cincuenta empleados. A veces, y aunque mis compañeros fueran mayores que yo, me sentían el Archivo de Indias, porque poseía la memoria histórica de la empresa ya que había asistido a su nacimiento.

El privilegio de estar allí desde el principio me permitió ver nacer todos los departamentos, por eso, cuando mi jefe decidió vender la empresa, antes de marcharse me subió el sueldo y me dijo que me hiciera fuerte en un departamento y me concedió el título de Responsable de Recursos Humanos grabado en letras doradas en las tarjetas de visita que me regaló, un bonito detalle, y me dejó allí sola ante el peligro. Eso fue el principio del fin.
***

A los pocos meses de llegar a Santander, a mi hermana y a mí nos llegó una sorpresa de mi madre, por primera vez, buena. Nos daba en vida la herencia de padre de la venta de las tierras.

Para las dos era mucho dinero, así que mi hermana aprovechó para acabar de pagar el piso y yo, asesorada por mi cuñado, aproveché para pagar más de la mitad de un piso en una zona donde ahora no me hubiera podido comprar ni un trastero.
Mi prioridad era una: ver el mar desde el salón. No me hizo falta ver mucho, en Santander en mis ratos libres me gustaba pasear, Santander es una ciudad maravillosa cuando hace sol, cuando está nublado e incluso cuando llueve. En uno de mis paseos me topé con un cartel de “SE VENDE”, en un portal. Mi corazón se puso a bombear como loco y noté que me faltaba oxígeno en los pulmones, me debí de poner tan roja que el pobre portero se asustó y me preguntó si me pasaba algo. Le dije casi sin aliento si el piso se podía ver y, pensando que era el último deseo de una moribunda, me lo enseñó.
Un tercer piso con orientación al sur, todo exterior, dos habitaciones, un baño, salón, cocina, aseo y plaza de garaje. Y ahí, impresionante, estaba mi mar esperando y saludándome desde MI salón.
“Buenos días”

Fue amor a primera vista.

Con poco más de dieciocho años tenía un piso de propiedad, bueno, en realidad un poco también del banco. No pasaba mucho tiempo en casa, pero solo la vista de MI mar desde la ventana de MI salón compensaba casi todas las sombras de mi vida. La primera vez que me tomé un café de pie en el balcón viendo el mar di las gracias a la vida, era la primera vez que lo hacía y me puse a llorar de alegría.
***

Reuniendo todas las energías positivas, la buena voluntad, los buenos recuerdos y la memoria de padre, mi hermana y yo decidimos invitar a nuestra madre a pasar las Navidades, un poco para agradecerle el dinero de la herencia, un poco porque nos daba pena que estuviera siempre sola, un poco porque somos buenas y bastante por el recuerdo de padre.
La única condición que puso mi hermana es que se quedara a dormir en mi casa. Mi condición fue pasar la Nochebuena en la casa de mi hermana y la de mi madre que fuera solo una noche.

Al parecer, todas contentas.

Fui andando a recoger a mi madre a la estación de autobuses para prepararme psicológicamente. Tuve tiempo, mientras esperaba, para respirar despacio y para decirme a mí misma que eran solo dos días y una noche. Mientras madre bajaba del autobús conseguía increpar al conductor, a su compañera de viaje y a mí, que la saludaba desde la dársena.
“¡Bienvenida madre!” pensé.

Para mi madre lo de vivir en un piso y en una ciudad era lo peor, lo de bañarse en el mar en traje de baño una vulgaridad y lo de que el portero te salude como a una amiga de toda la vida y que encime te dé dos besos para desearte feliz Navidad, un auténtico atropello.

Fui a recoger a mi madre a las once a la estación de autobuses, eran las doce menos cuarto y ya no sabía qué hacer con ella. No quería ver el Palacio de la Magdalena, no quería ir al Faro, no quería un café (porque a saber cómo lo hago) se había traído sus galletas, el pollo pica suelos que mató el día anterior con sus propias manos y que había cocinado porque ni mi hermana ni yo (y diciendo esto me miraba fatal) teníamos ni idea de cocinar. Se había traído también sus toallas y sus sábanas.

Pero era Navidad y era época de milagros, así que, gracias al cielo, descubrió la televisión, en el pueblo no teníamos, y se quedó literalmente hipnotizada.

“¿No me digas que te has comprado la caja boba?” me preguntó con desgana.

“Sí madre, ¿quiere ver algo?”

Sin dejar ni siquiera que contestara la encendí y, otro milagro, porque la programación me regaló “La ciudad no es para mí” de Paco Martínez Soria. La paz había llegado entre nosotras, me fui a la cocina sin hacer ruido y sin respirar, a prepararme un té y me comí SUS galletas, sentada delante de la televisión.
Pensé en hacerme un pin con el texto “I love Paco Martínez Soria”.
A las dos, mi cuñado, con mis sobrinas, se inmoló a la causa “salir con la suegra” y nos invitó al aperitivo.
Saludo de mi madre:
“Vaya barriga que has echado, como sigas comiendo así de mal te va a dar un infarto. Seguro que se te está cayendo el pelo porque no sales de casa y no te da el sol”. Para rematar el saludo, porque se le quedaba un poco cojo:
“Las niñas estas están flacas, seguro que vuestra madre no os da de comer”.
Con semejantes comentarios mi sobrina Aurora preguntó:

“¿Quién es esta bruja?”

Y mi sobrina Lily, la pequeña, dijo:
“El niño Jesús no te va a traer regalos por decir cosas malas.”

Y madre “El niño Jesús ya tuvo bastante con sacrificarse por todos nosotros como para pensar en regalos”

Y mis sobrinas a llorar.

Y mi cuñado a calmarlas.

Y yo “vamos que os compro chuches”.

Y madre “eso, eso, más porquerías”.

Y yo pensando “son solo dos días y una noche”

El aperitivo duró poco pero por lo menos mi cuñado aguantó, heroico. Convencí a mi madre para ver la bahía y le gustó, menos mal, subimos a casa andando por la cuesta más pindia (que quiere decir empinada en santanderino), a ver si la cansaba y se dormía. ¡Objetivo centrado!

Después de comer mi comida “asquerosa e insípida”, encendí la caja boba y… ¡bingo! A los cinco minutos de otro clásico de “Paco”, roncaba como el dinosaurio de Jurasik Park.

Eran las seis y media cuando su propio ronquido la despertó y no sabía qué hacer con ella.
Propuse merienda con SUS galletas y MI café que, según ella:
“No es como el mío, esto parece aguachirri”.

Quedaban tres horas para irnos a casa de mi hermana para la cena de Nochebuena, si aparecía en casa de mi hermana con madre, a esas horas, estaba segura de que no me abriría la puerta.
Lancé un órdago:

“¿Madre se quiere dar una ducha?”

Mi madre no se duchaba, se lavaba, así que la idea de la ducha me pareció buena para quitármela de encima, por lo menos treinta minutos, nada que hacer Houston. Pero… atención, cuando vio la bañera me preguntó:

“¿Esto se llena con agua caliente?”.

“Sí, sí madre” contesté deprisa y corriendo.

Preparé un baño de agua calentita, puse SUS toallas encima de la calefacción y añadí sales y gel. Pasados sesenta minutos, preocupada, pregunté:

“¿Todo bien, madre?”

Su respuesta:
“!Qué coño quieres que me pase!”

Todo en orden, gracias a Dios teníamos otra peli de Paco Martínez Soria, mi madre no olía a rancio y estaba vestida como doña Rogelia.

Me arreglé con mucha calma, me maquillé y, cuando estaba lista, mi madre me preguntó:
“¿Así vas a salir? Pareces un cuervo”.

Yo hubiera apostado por prostituta barata, así que lo de la cetrería no me pareció tan mal.
Llegamos a casa de mi hermana que, por supuesto, iba también vestida de cuervo y mi madre en seguida se lo dijo sin piedad, eso, y volver a repetir que su marido había engordado y se estaba quedando calvo. Mi cuñado es un santo y no dijo nada, mis sobrinas defendieron a su madre, algo que me parece normal, preguntando a la abuela por qué ha salido de casa en zapatillas.

Boom, descorche de cava, menos mal:

“Madre, siéntese aquí, que puede ver la televisión” dije yo, guiñándole el ojo a mi hermana.

Y la paz llegó porque pusieron un especial Nochebuena que mi madre criticaba cada treinta segundos, pero hablando consigo misma.

Mandaba callar a las niñas porque no oía la televisión, pero la cena de Nochebuena transcurrió con serenidad y la verdad es que nos reímos y nos divertimos, mi cuñado es un buen anfitrión, mi hermana le quiere y mis sobrinas dan alegría a la casa. Todo el mundo dice que, cuando en casa te han dado mucho por saco, más tarde, cuando te haces mayor, das tú también por saco a tu familia para vengarte, no es verdad, mi hermana tiene una familia estupenda, marido y niñas la adoran y mi madre da por saco, seguramente porque ha tenido una vida difícil, la única cosa que se le podría reprochar es que amargó la vida de padre, pero esa es otra historia.

Rellenamos continuamente la copa de cava a madre, quería asegurarme una noche larga y que no se me despertara a las cinco de la mañana para dar de comer a las gallinas.

Esperamos a que las niñas se durmieran para preparar los regalos del niño Jesús, serían pocos regalos, porque nosotras somos más de dar los regalos en Reyes. Todos disfrutamos de lo lindo mientras madre no daba abasto criticando la juerga nuestra y los modelos de la Carrá en la televisión.

Mi cuñado insistió en acompañarnos a casa en coche, yo se lo agradecí, mi madre estaba piripi así que no conseguía decir ninguna otra maldad.

A las siete de la mañana mi madre ya estaba aparcada delante de la televisión, yo abrí un ojo, pero me volví a dormir enseguida, no sin antes pensar que la tía lista había aprendido rápidamente a encender la caja boba y a cambiar de canal.
A las once mi madre me dijo que ya estaba bien, que quería ir a misa. Bueno, por lo menos teníamos plan. A misa con mantilla y escapularios de todas la vírgenes. Yo me tuve que cambiar dos veces, los vaqueros con jersey no son para ir a misa el día de Navidad.

“Pareces una mendiga sin casa ni familia” sentenció.

El segundo modelo dijo que era una réplica del vestido de cuervo desplumado que me puse ayer. Así que busqué algo de lo que me ponía en el pueblo. Con su visto bueno, (hoy en día se diría un “like”) nos fuimos a misa.
En casa de mi hermana estaban todavía en pijama, abriendo regalos y disfrutando. Mi hermana me miró diciendo:
“¿Pero, qué te has puesto?”

“Lo único decente que tenía para ir a misa” sentenció madre.

“Solo hay que llegar a las cuatro de la tarde”, le dije a mi hermana por lo bajini, “y seremos libres”.

En efecto, el horario del autobús de mi madre era a las cuatro. ¡Lo conseguimos! Cuando ya vimos que el autobús abandonaba la estación, mi cuñado insistió en ir a casa después a tomarnos la última copa de cava, yo acepté porque la necesitaba.

Al día siguiente compré una televisión que mandé a la casa de madre, incluidos antenista y electricista del pueblo para que instalaran todo.

Días después me mandó una carta donde encontré escrita solo una palabra:
“GRACIAS”

Y decidí que, hubiera hecho lo que hubiera hecho, tenía que perdonarle todo a mi madre.
***