DE LOS 50 EN ADELANTE

CAPÍTULO 11

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Irene Calvo

Y aquí sigo feliz, inspirada y…. ¡trabajando! Si alguien hace ocho meses me hubiera dicho que mi vida iba a ser esta me habría reído a carcajadas, incluso ahora que sé que es real me pellizco para saber si es un sueño todo lo que estoy viviendo y me río sola.

Estoy en mi amor de sofá con mi mejor amiga y mi tacita de té humeante, que agarro con las dos manos mientras miro por la ventana y sonrío con satisfacción: tengo un piso estupendo, mi familia está bien, tengo un pelazo y un tipazo de quitar el hipo y soy feliz, incluso sin levantarme veo el mar desde mi sofá. Para completar este círculo de amor y bienestar he empezado a trabajar, soy una mujer autónoma, algo que no se me hubiera pasado en mi vida anterior por la cabeza.

Yo he sido siempre de horarios férreos, de pedir permisos, de plantillas, de táper, de jefes, en fin… de que me mandaran. Ahora trabajo en las horas que me piden mis clientes, incluso los fines de semana o por las tardes, cuando tienen tiempo para mí. Pero… a lo mejor tengo que explicar desde el principio esta nueva aventura.

Mi mentora de orden y ahora digamos “socia” me ha dado la oportunidad de trabajar con ella, me ha pasado unos clientes fáciles para que vaya empezando con ellos y ver si me gusta la experiencia y para que esté segura de que es mi pasión. Esa es la única condición que me ha puesto:

“Si el corazón se te viene abajo, déjalo.”

Yo estoy muy ilusionada y me he preparado a fondo el primer cliente, no tengo un sueldo fijo, si trabajo cobro, si no trabajo no cobro. No tengo un horario definido, dependo de mis clientes y de sus horario y exigencias, mi socia me ha pasado unos clientes seguros que ella, desbordada como está, no consigue seguir, unos clientes potenciales que le han pedido presupuestos y me ha explicado cómo hacer algo de desarrollo de negocio y aquí estoy.

Guapa y preparada llamando a la puerta de mi primer cliente. Hay que decir que no me lo ha puesto fácil, tengo que dejar vacía una casa, la propietaria ha fallecido y la familia necesita un profesional, que soy yo, para deshacerse de todo, ya que han vendido el piso.

Imaginaos un piso de más de doscientos metros cuadrados, de una señora mayor de la generación de nuestros padres, que no se deshacían de nada. Con mi socia hemos hecho un repaso de los sitios donde llevar, vender, regalar o tirar las cosas y yo he llegado, junto con la empresa que nos proporciona las cajas, para ir clasificando todos los objetos.

Me abre la puerta una de las hijas, es simpática y va al grano directamente porque se tiene que ir a trabajar.

“Mis hermanos y yo ya hemos cogido todos los recuerdos y todo lo que nos queríamos llevar, la gente que ha comprado el piso no quiere nada de los muebles ni regalados”

Así que tengo toda la libertad para tirarlos, venderlos y quedarme con el dinero o hacer lo que quiera.

“El baño se puede usar y aquí te dejo las llaves para que entres y salgas cuando quieras. Pero recuerda que en quince días tiene que estar libre. Cualquier cosa, hablamos”

Me da dos besos, me da las gracias y me deja con Inercia que se ha ido a controlar si en los armarios hay algo que merezca la pena. Yo saco mi lista para empezar con el trabajo y me pongo sin más tardar manos a la obra, es mi primer trabajo y lo quiero bordar.