DE LOS CINCUENTA EN ADELANTE

CAPÍTULO 10

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Irene Calvo

La vuelta del Camino fue el principio del fin. Mi vida era la vorágine de la rutina mediocre, sosa, sin aliciente ni ilusión, eso es… perdí la ilusión por todo. Mientras tuve que ocuparme de mis hijos, tenía la “droga” necesaria para no pensar. Trabajo, casa, niños, trabajo, niños, casa. Mi hermana se enfadaba mucho conmigo.

“No me digas que no puedes pagar a una persona para que te venga a limpiar por lo menos una vez a la semana”
Me repetía constantemente, o:

“Por lo menos para que te quite la plancha”

O, y esto era lo peor:
“Déjame a los niños un fin de semana y vete con Pepe a algún sitio, no has salido de Santander desde hace tiempo”
Solo de pensar en pasar un fin de semana sola con Pepe temblaba, mi hermana lo sabía y, aunque intentaba hablar conmigo del tema yo me cerraba en banda, mi mantra era:
“Nada”

Porque no tenía ni mantra (ni en esa época sabía lo que era) ni interés por nada, solo quería llevar a los niños al colegio, trabajar, hacer la compra, preparar comidas, baños, recoger la cocina e irme a la cama lo antes posible y si no me dormía hacerme la dormida.

Pepe se iba quedando calvo y echando barriga, llegando a casa y tirándose en el sofá delante de la tele con la cerveza en mano, yo encantada con su hobby, así molestaba menos y le veía menos. No teníamos tema de conversación. Mejor.

Si alguien en esa época me hubiera preguntado:
“¿Quién fue el culpable de semejante estado de hibernación?”
Yo me hubiera levantado enseguida.
“Yo, señor juez, no hice nada por cambiar la situación o por intentar ser feliz, soy culpable de haber arrastrado a toda mi familia en este valle de aburrimiento, desidia y deshonestidad, soy un auténtico y genuino fracaso y lo peor de todo, señor juez, es que me regodeo en ello porque no sé si merezco una vida mejor”

No tenía ni fuerzas para llorar porque todo esto era culpa mía, yo solita me había metido en este lío, no podía echar la culpa a nadie.

Los días pasaban, los años pasaban y en un renglón podía resumir mi vida y el resumen era como mi mantra:
“Nada”

Hasta que pasó algo, yo me enteré perfectamente pero no me alteré lo más mínimo porque, a lo mejor, lo que se estaba empezando a avecinar, dana, ciclogénesis explosiva, borrasca, diluvio o lo que fuera, podría ser la solución a mis problemas sin tener que hacer…

“Nada”. De nuevo, mi palabra mágica.