DE LOS CINCUENTA EN ADELANTE

CAPÍTULO 4

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Irene Calvo

CAPÍTULO 4

Cuando llegué a Santander dejando a madre “abandonada” me fui a vivir con mi hermana. Mi hermana se había casado a los dos años de irse del pueblo. Había conocido a Paco, su marido, trabajando. Lo divertido es que no trabajaba con ella, pero vivía, en aquel entonces, con sus padres y hermanos, en la misma planta del despacho donde trabajaba mi hermana. Coincidieron una vez en el ascensor y Paco (según confesó más tarde) hacía todo lo posible por coincidir con mi hermana en el descansillo o en el portal.

Mi hermana vivía con las monjas, con pocas opciones para salir de mambo, así que su noviazgo consistió en cafés, ascensor, descansillo y paseos los fines de semana. Paco era tranquilo pero un trabajador inagotable.

“Pico y pala, pico y pala”, como dice él, “para convencer a tu hermana de que era el hombre de su vida. No había visto nada más bonito en mi vida.”

Se casaron a los dos años de llegar mi hermana a Santander, recuerdo que madre no quiso venir a la boda. Yo sí lo hice, madre me arrastró a la parada de autobús y ahí me dejó. Yo tenía diez años y, al parecer, hubo una bronca descomunal porque madre se negaba a que yo fuera a la boda, mi hermana debió lanzar un órdago “de órdago”, valga la redundancia, y madre me dejó completamente sola en la parada de autobús sin despedirse de mí, yo no me había enterado muy bien de lo que pasaba y recuerdo, eso sí, que pasé mucho miedo sola en el autobús con un pánico atroz a confundirme de autobús y perderme y que alguien me raptara, ya que esa fue la despedida de mi madre.

“Vete, vete y que te rapte algún desconocido como a tu hermana”.

Me senté detrás del conductor y estuve llorando durante las cinco horas y mil paradas que tardó en llegar ese autobús supersónico. El conductor desesperado por mis gemidos, en una de las paradas preguntó:

“¿Quién se hace cargo de la chiquilla? Vamos a acabar en la cuneta si sigue así”

Una señora se “hizo cargo” de mí y, aunque no dejé de llorar, me cambió de asiento para tranquilidad de todos y sobre todo del conductor.

Mi hermana y Paco me esperaban en la estación y les calló la del pulpo en cuanto ella sí, se hizo cargo de mí. Paco medió mucho, pidió disculpas, dijo que se trataba de una urgencia familiar, dio las gracias a la buena samaritana y nos fuimos, mi hermana lloraba, yo lloraba, en fin, una tragedia. Nos calmamos todos, sobre todo yo, con un chocolate con churros.

Mi hermana y su futuro marido habían dado la entrada para un piso donde iban a vivir juntos después de la boda, lo habían ido amueblando y cuando yo lo vi me di cuenta de lo que era un hogar de verdad: no faltaba detalle, era el set de la serie “Cuéntame cómo pasó” con la vajilla de Duralex, los muebles de la cocina de formica y la feria de los tapetes de ganchillo por toda la casa, regalo de la futura suegra de mi hermana.

Inauguramos el piso mi hermana y yo una semana antes de la boda, mi gran festín era dormir acurrucada a mi hermana todas las noches, era la ocasión para sentirme  querida y  saber que tenía una familia que se preocupaba por mí. Para mí era un paraíso estar allí, en menos de una semana se me olvidó que tenía una vida en el pueblo con madre. Con diez años experimenté por primera vez la sensación de felicidad.

Mi hermana estaba de vacaciones por la boda que se celebraría en una semana, luego se irían otra de luna de miel a las Islas Canarias y yo tendría que volverme al pueblo, pero bueno, mi hermana hizo lo posible para que disfrutara lo máximo con ella en Santander.

Lo primero que hicimos fue ir a recoger su vestido de novia y a probarme el mío, yo iba a llevar las arras y los anillos e iba a ser el único familiar presente de mi hermana. El vestido de mi hermana era una mezcla del de la boda de Sissi Emperatriz y Escarlata O’Hara, un “hórror vacui” de perlas, encajes, tules y abombamientos… una auténtica maravilla para una niña de diez años, que habría llevado ese vestido hasta para ordeñar a las cabras a diez grados bajo cero. El mío seguía la misma temática, pero íbamos más hacia Disneylandia,  ya que, si el de mi hermana era de un blanco virginal, el mío era de un turquesa de Cenicienta, que amé desde el minuto uno. Hubo que convencerme para que no me lo llevara puesto, pero negocié para poder volvérmelo a poner delante de Paco.

Nos llevamos los vestidos a casa en taxi, a mí me parecía que estábamos haciendo una vida de señoras: tiendas, chocolate con churros, taxis… Una vez en casa saqué mi vestido de princesa de la funda, mi hermana me ayudó a colgarlo en la puerta del armario y yo me quedé ahí para adorarlo. No quería salir de casa, solo estar con mi vestido y colocarlo para que no se arrugara.

Mi hermana me convenció pronto para salir e irnos de compras porque a lo mejor caía otro vestido de princesa. Pero lo que compramos fueron vestidos de playa y trajes de baño.

“¿Aquí hay playa?” Pregunté a María en la tienda de los trajes de baño.

“Claro que sí, después de comer vamos” contestó mi hermana.

Comimos en casa y nos fuimos caminando a la playa. Yo no sé por qué no había relacionado playa y mar. Playa era arena, pero pensaba que en vez de prado sería arena sin más. Creo que el recuerdo de ver el mar o, mejor dicho, la inmensidad del océano, fue la mayor impresión de mi vida. Como era todo nuevo, me dejaba llevar por mi hermana de la mano sin prestar atención y no miraba en concreto a ningún sitio, me di cuenta de que habíamos llegado a la playa cuando mi hermana me dijo:

“Quítate los zapatos que si no se te van a llenar de arena”

Esta expresión es muy típica de los que no somos de lugares de mar, de arena te llenas siempre cuando vas a la playa, no se puede hacer nada, aunque te quites los zapatos o la chancleta en el autobús se te van a llenar de arena o de “tierra” como la llaman los de Castilla y León.

Cuando me quité los zapatos para seguir llenándolos de arena, levanté la vista y allí estaba, mi mar. Lo más “im presionante” en dos palabras (como diría Jesulín de Ubrique) que había visto en mi vida. Era infinito, era bello, era espléndido.

Me quedé sin palabras y sin respiración por la inmensidad que vi delante de mí, fue como una sensación de claustrofobia, pero al revés, no podía respirar ante la visión de tanta belleza y tanto espacio. Mi hermana se empezó a preocupar al ver que me ponía tan roja, casi morada, y me echó media botella de agua fría por la cara, así reaccioné.

No salí del agua en las horas que estuvimos en la playa, mi hermana desesperada, porque ni ella ni yo sabíamos nadar, yo saltaba las olas, me tiraba donde el agua cubría a la altura del tobillo y gritaba:

“¡María, María mira cómo nado!” Más feliz que un pez.

Menos mal que después del trabajo vino Paco, que sí sabía nadar, y se metió conmigo. Al cabo de media hora ya flotaba y nadaba “a lo perro”, como dijo él.

Salí del agua a las ocho de la tarde con la piel más arrugada que un renacuajo y con ganas de haber nacido pez. Fuimos a tomarnos un helado a la “Italiana”, limón y fresa para mí de dos bolas, obviamente me manché entera, mi hermana se tomó una granizada y Paco una horchata. Yo me senté cuando acabé el helado encima de mi hermana y me quedé dormida de puro cansancio, eso sí, sintiendo como ella me acariciaba mi pelo mojado y me besaba la cabeza.

El día de la boda fue todo precioso. Yo no pegué ni ojo porque estaba contando los minutos para poder finalmente ponerme mi vestido de princesa. Venía a casa un peluquero para peinarnos a mi hermana y a mí, y para maquillar a mi hermana. Yo tenía también ropa interior nueva para estrenar ese día. A las doce menos cuarto salíamos mi hermana y yo del piso vestidas como dos princesas ante las miradas y los aplausos de los vecinos, mi hermana estaba radiante para los estándares de esa época, hoy hubiera sido la reina del carnaval de Canarias o del orgullo gay, por el maquillaje y los postizos que llevaba y el volumen del vestido, que hizo que tardáramos en entrar diez minutos en el coche, con su futuro suegro y padrino de la boda y su cuñado, que nos conducía a la iglesia.

Paco ya estaba delante del altar cuando llegamos, yo entré con mi cestita de mimbre sembrando pétalos de rosa por doquier y me planté ni corta ni perezosa al lado de Paco delante del altar, oí las risas de los presentes, Paco me dio un beso en la mejilla y me dijo que me quería, acto seguido vino una de las hermanas y me llevó de la mano, con mucho cariño, con ella y nos sentamos en el primer banco.

Luego entró mi hermana que ocupó “mi puesto” en el altar, me enteré poco de la ceremonia porque yo era la encargada del ramo, de las arras y de los anillos. Paco era el primero de los hermanos que se casaba y no habiendo sobrinos ni niños de mi edad me tocó a mí ser la actriz de reparto, imagino también que mi hermana me quería dar mucho protagonismo en su boda.

En la fiesta bailé todo y con todos, mi cuñado, después de hacer lo propio con mi hermana, bailó el vals conmigo y todos nos aplaudieron, yo pensaba que la que me casaba era yo, no quería dejar esa vida y volverme al pueblo con madre, María había encontrado una familia que la quería, los padres de Paco eran unas personas extraordinarias y sus hermanos unos seres humanos fantásticos que me adoraban.

¿Por qué yo no tenía derecho a vivir con ellos?

A las dos de la mañana caí rendida en los brazos de Paco. Oí como le decía a mi hermana en voz baja:

“No llores mujer, en cuanto volvamos del viaje hablamos con tu madre para que deje que se venga a vivir con nosotros, no puede ser tan terca como para no querer dar una vida mejor a su hija”

***