Diversamente alto

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Desde hace años, ver a gente pidiendo limosna en los semáforos es un elemento normal del paisaje urbano. En mi salida de todos los días para ir al trabajo saludo a una persona diversamente alta, que “trabaja” en el semáforo de la esquina de mi casa. Es un enano y punto.

Como nos vemos todos los días nos decimos buenos días, yo cojo mi coche y al semáforo nos volvemos a hacer un movimiento con la cabeza para desearnos buen día.

Ayer, antes de que cogiera mi coche, el conductor que estaba en la fila del semáforo no vio al pobre enano y, golpeándole con el retrovisor, le tiró al suelo con fuerza. El “diversamente civilizado” del conductor aceleró y no se paró ni siquiera para ayudar al pobre hombre.

Viendo toda la escena, y con miedo a que otro coche pasara por encima del enano, me tiré literalmente en plancha para ayudarle; el automóvil que esperaba su turno para circular, enano más enano menos, tenía claras intenciones de pasar por encima de lo que fuera (y ya estamos al “diversamente civilizado 2”) así que siguió adelante y me golpeó y lanzándome por los aires. Esta vez el osado conductor se tuvo que parar, estábamos pasando de tentativa de homicidio a asesinato.

He perdido la fe en la solidaridad humana de las grandes ciudades, he ganado un cardenal que, ha pasado en este último mes por todos los colores del arcoíris a la altura de mi glúteo izquierdo; he conquistado un amigo “diversamente alto” que me ofrece el café todos días, me abre la puerta del coche y me llama Señorita. En este mundo hay bondad y está en las manos “más pequeñas”.