El necesario refugio de nuestros días

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David Torres

Los más recientes acontecimientos mundiales tienen inevitablemente una repercusión inmediata en el ámbito migratorio: desde el imparable arribo de desesperados migrantes a la frontera sur de Estados Unidos, pasando por las recientes manifestaciones sociales en Cuba, hasta el magnicidio en Haití y el posterior terremoto con más de 1,900 muertos en ese país caribeño, además del regreso de los talibanes al poder en Afganistán.

Las causas son distintas, es cierto, pero el desplazamiento humano hacia donde sea posible en busca de salvación es la primera instancia a la que miles de víctimas se aferran necesaria e inevitablemente, ya sea por la insultante pobreza en diversas partes de la región latinoamericana; por la asfixiante falta de libertades y la eternización de un hoy ya inexplicable bloqueo económico; por una inesperada desestabilización política a sangre y fuego en una nación extremadamente pobre; por un devastador desastre natural ahí mismo, o por el pánico que provoca un régimen de terror y fanatismo religioso.

Es como ser parte de la raíz del éxodo migratorio y de las múltiples desesperanzas en el mundo al mismo tiempo.

Eso provoca a su vez una segunda crisis humanitaria internacional en la que hombres, mujeres y menores de edad se enfrentan a lo indecible en su ruta hacia un acomodo físico y emocional que muchas veces parece inalcanzable.

Es decir, se hace referencia aquí al origen concreto que provoca éxodos migratorios inmediatos, no a invenciones que hacen especular, y mucho, a quienes están del lado de los movimientos antiinmigrantes en todo el orbe y que le han hecho más daño que beneficio a la condición humana. Estados Unidos no es la excepción y ha dado muestras fehacientes de ello, sobre todo durante el anterior gobierno, que estuvo plagado de xenófobos y prosélitos del racismo.

Ahora mismo, en el caso concreto de la crisis desatada en Afganistán, por ejemplo, tan solo en los primeros días de agosto tras la arremetida de los talibanes, más de 1000 civiles habían sido asesinados, según Naciones Unidas, cifra que seguramente aumentará al paso de los días, mientras que el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) ya calculaba en más de 270,000 las personas que habían tenido que dejar sus hogares. En tanto, la organización Save the Children hacía una estimación de unos 80,000 niños afganos que habían tenido que emigrar desde junio debido al peligro inminente del arribo talibán a Kabul.

En concreto, también según Save the Children, más de 600,000 personas han tenido que ser desplazadas de las zonas de conflicto durante el último año, cifra que incluye más de 360,000 niños y niñas. Por eso se hace moralmente necesario que tras su salida de Afganistán, Estados Unidos no olvide a sus aliados afganos en este momento de terror.

Estos datos son tan solo de un conflicto muy específico, pero cuando se hace un paneo histórico-geográfico en torno a los focos rojos que no dejan a este mundo en paz, la realidad migratoria de los refugiados se manifiesta ante nuestros ojos en toda su crudeza.

Apenas hace un par de años, por ejemplo, también la ONU reportaba que la cantidad de migrantes alrededor del mundo había llegado a los 272 millones, 51 millones más que en 2010. De esa gran cantidad alcanzada en 2019, 82 millones de personas vivían alojadas en Europa, mientras que 59 millones en América del Norte. Esas cifras representan nada menos que el 3.5% de la población mundial.

Más datos también de ACNUR: 82.4 millones de personas desplazadas en el mundo hacia finales de 2020, como resultado de persecución, conflicto, violencia, violaciones a los derechos humanos o eventos que alteraron gravemente el orden público. De esa cantidad, 40% eran niñas y niños hacia 2019, entre 30 y 34 millones de menores.

Esos son los datos duros y cuantificables de la migración, por supuesto, pero no se debe olvidar que cada número es un ser humano que huye de una situación concreta en busca de salvación, precisamente en un momento en que una de las pandemias más devastadoras de la historia de la humanidad como es el COVID-19 sigue aquejando al mundo con nuevas variantes y repuntes de contagios que ahora afectan también a los más jóvenes.

Por ello, cada vez que un antiinmjgrante desee dejar al desnudo sus más intrincadas y racistas razones para rechazar al Otro —al migrante, al refugiado— debería abrir un poco más los ojos y un poco menos la boca para poder analizar una realidad que nos involucra a todos, pues nadie sabe en qué momento el destino nos puede traicionar. Podría empezar, por ejemplo, por una lectura somera sobre Centroamérica, la frontera México-Estados Unidos, Cuba, Haití o Afganistán, por mecionar solamente algunos ejemplos que nos han tocado muy de cerca a quienes conformamos esta generación de seres humanos en el planeta en esta etapa de la humanidad.

Porque los desplazamientos siempre serán el mejor espejo en el que se reflejan nuestras más grandes miserias como género humano. De tal modo que huir de todo eso es natural, es lógico y es lo que se debe hacer para salvar la vida y garantizarla a nuestros seres queridos. Es como buscar el necesario refugio de nuestros días.

Así ha sido siempre en la historia de la humanidad y continuará de ese modo mientras existan motivos suficientes para escapar del peligro, de la persecución, del hambre, de la desesperanza y de la muerte.

David Torres
America’s Voice en Español