El oso que no rugía

Escrito el 01 Sep 2017
Comment: Off
¿Qué tal si queremos destruir una causa pero para hacerlo nos hacemos pasar por “uno de los suyos” y a la hora de dar argumentos, son tan débiles que ponemos a todo el mundo en contra de lo que supuestamente defendemos?

Si hubiese que asignar un animal al pecado de pereza, ése sería el oso. Pasa meses durmiendo, sin embargo cuando despierta es un animal poderoso y feroz. La pereza del que rechaza educarse, cuando tiene la edad y la oportunidad que este país le brinda, hace que en su camino entre burros y elefantes le ganen la partida.

Los jóvenes dreamers merecieron una Ley y no una Orden Ejecutiva con fecha de caducidad. Pero los políticos, conscientes que una vez que los dreamers sean asimilados como ciudadanos, votarán –con las imprevisibles consecuencias que el voto juvenil está teniendo en el resto del mundo– les niegan ese derecho. Ese es el poder de los soñadores y también su desgracia: un puñado de votos…

Muchos dreamers celebraron recibir lo menos –la orden ejecutiva– y se dedicaron a hibernar. Otros nunca dejaron de “rugir” y aprovecharon la ley para buscar trabajos que les permitieran costear sus estudios o complementar sus becas académicas. Su formación les permitirá completar el sueño americano de sus padres: podrán decidir, redactar y cambiar leyes.

Además pagarán impuestos y ese “puñado de dinero” es aún más atractivo para un país, eternamente necesitado de financiación.

Sin embargo, ese bonito, gran y fuerte oso que es la comunidad latina, se duerme una y otra vez después de comer las migajas que los otros animales del bosque le dan.

El “sueño del oso” viene cuando los jóvenes miran al mundo sólo a través de sus celulares a tiempo completo. Cuando no reaccionan, no ya con pancartas sino con libros. Estos dreamers son ahora unos rehenes porque los quieren intercambiar por fondos para la construcción de un muro pero también, porque se están encadenando a “muletas” que les anclan al suelo.

No hay que culpar de todo lo malo a los de “la capital”. También aquí en casa hay quien se cree con derecho a tomarse la justicia por su mano y pedir a trabajadores indocumentados “papeles” que no piden a otros al ir a cambiar su cheque semanal.

Es el momento en que el oso que la comunidad lleva dentro, despierte y ruja. Pero lo haga usando los mecanismos que el propio sistema pone a su disposición: acudiendo a las organizaciones de control y reclamación que perciben fondos estatales y federales para que investiguen dónde hay trato desigual. Para que ellas exijan a los legisladores que los gobernados dejen de ser moneda de cambio.

No es el trabajador indocumentado quien debe movilizarse, como le piden constantemente, sino aquellas personas cuyos salarios en organizaciones se justifican para la detección y defensa de los problemas de la comunidad. A ellos les corresponde incomodar –que no sonreír– al político de turno, con éstos y otros problemas.

Mientras tanto a los dreamers sólo se les puede recomendar que estudien y se eduquen con tranquilidad y confianza. Habrá un momento que su problema dejará de serlo. Y entonces deberán tener una formación mejor que la de los mejores porque ellos serán sus competidores en ese ascenso a las mesas directivas. En las cuáles sí, podrán rugir con fuerza y vencer desde la ley cualquier atropello causado a la comunidad. El día en que puedan sentarse, no ya al otro lado de la ventanilla del banco, sino en el consejo de administración o en la presidencia de ese mismo banco aludido en el párrafo anterior muchas cosas cambiarán.

No es por casualidad que algunas entidades les traten mejor que otras. No es por casualidad que en estas últimas haya, la mayor parte de las veces, un hispano sentado en sus mesas directivas. Pero para llegar ahí, durante unos años de su vida dreamers y no dreamers, “engánchense” a los libros, no a los celulares ni a cualquier otro tipo de adicciones que hagan que el oso que todos llevamos dentro, entre en estado de hibernación.

Virginia Esteban
Acerca del Autor
Editorial