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El desafío de romper el ciclo de la violencia doméstica: un testimonio

Escrito el 03 nov 2009
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Washington, D.C. (Conciencianews) – Cira Espinoza fue golpeada por su esposo desde que se casó, cuando tenía 16 años. Aunque siempre tuvo la esperanza de que la situación cambiase, nunca fue así. Incluso hasta llegó a pensar que el abuso era normal. Pero hace tres años tomó la decisión de divorciarse y, en sus propias palabras, “vivir feliz”.

Como Espinoza, son miles las mujeres inmigrantes en el país que son abusadas física o sicológicamente por sus parejas, y que no temen separarse por quedarse solas, perder a sus hijos, o tener problemas con su estatus migratorio.

Según la Oficina de Violencia contra las Mujeres del Departamento de Justicia de Estados Unidos, una de cada cuatro mujeres en el país admitió haber padecido algún tipo de violencia en algún momento de su vida. Las estadísticas también aseguran que un promedio de tres mujeres muere cada día como consecuencia de los abusos por parte de sus maridos o novios.

“La violencia doméstica no solo se ve entre los latinos, es también común entre la población general; entre los pobres, los ricos, los educados y los no educados”, dijo Amy Sánchez, directora ejecutiva de Casa Esperanza, organización que ayuda a las mujeres víctimas de violencia doméstica.

Aunque octubre es el mes de la prevención de la violencia doméstica, durante los meses siguientes organizaciones de defensa de la mujer buscan prevenir que más mujeres sufran de abuso. Por este motivo, Casa de Esperanza lanzó la ‘Campaña Esperanza’ para invitar a las personas de todo el país a tomar medidas en su vida cotidiana que contribuyan a lograr un mundo sin violencia doméstica.

La campaña nacional, patrocinada por Verizon Wireless, apuesta por individuos y comunidades para erradicar la violencia doméstica. Campaña Esperanza cuenta con un nuevo sitio de internet interactivo (www.casadeesperanza.org/hope-campaign) que ofrece herramientas, consejos e ideas para que las personas participen en la campaña; incluyendo una “Promesa Esperanza”, un compromiso personal para basar las relaciones de pareja en el amor, respeto y comprensión.

“No es el trabajo de Casa de Esperanza ni de ninguna otra organización lo que terminará con la violencia doméstica”, comentó Amy Sánchez, presidenta de relaciones exteriores de Casa de Esperanza. “Es la acción individual y comunitaria la que terminará con la violencia y creará comunidades en las que todos estén seguros y sean apreciados”.

Tomar la decisión de terminar es un reto posible

Espinoza, originaria de México, pensó por muchos años que vivir con un marido abusador era algo normal, y que hasta se lo merecía. Nunca pensó ser capaz de tomar la decisión de irse, pero finalmente lo logró.

“Desde que yo me fui a vivir [con él], a los dos meses me empezó a pegar y así fue siempre durante los 24 años que vivimos juntos. Uno de los problemas también fue que él me llevó a vivir donde su mamá, y ella también me golpeaba”, dijo Espinoza, de 45 años, y quien tuvo cuatro hijos producto de su matrimonio.

Su ex esposo le pegaba con la correa y zapatos, la empujaba y la golpeaba con la mano cuando llegaba borracho, cuando estaba celoso, o cuando su madre le decía que Espinoza se había ‘portado mal’ o que se había ido ‘sin permiso’.

“Yo me sentía como una niña”, recuerda Espinoza. “Me pegaba aun estando embarazada, y yo sin hacer nada”.

Según Sánchez, hay varios factores que influyen para que las mujeres permanezcan en estas relaciones.

“El tema religioso: ellas piensan que es la cruz que tienen que cargar por sus hijos. También hay tías o familiares que les dicen ‘eso fue lo que usted escogió’ y creen que así es”, dijo Sánchez.

Otros de los factores que influyen para que las mujeres no dejen a sus parejas abusivas son los hijos y la situación económica. “Algunas veces los maridos abusadores las chantajean si les ayudaron a estar legales en el país. Les dicen que van a perder la residencia si los dejan, pero eso es mentira”, dijo Sánchez.

Espinoza, por su parte, temía por sus hijos.

“Siempre pensé separarme de él, pero nunca pude hacer nada”, dijo Espinoza. “Me daba miedo y él me decía que me iba a quitar a mis niños”.

No sólo ella sintió ese miedo. Espinoza asegura que muchas de sus amigas viven la misma “pesadilla” que ella vivió. Sin embargo, la fuerza para tomar la decisión la encontró cuando su hija menor comenzó a escaparse de la escuela, y nadie la encontraba.

“Jamás me llegué a imaginar el daño que le estábamos haciendo a ella. La sicóloga me dijo que la niña hacía eso porque no quería seguir viendo tanta violencia en la casa”, dijo.

Para Espinoza no fue fácil tomar la decisión, pero sus hijos mayores estaban grandes y ya no vivían con ella. Fue entonces cuando lo hizo, y con el motivo principal de que su hija no siguiera sufriendo.

En un inicio, su esposo la perseguía e insultaba, pero Espinoza encontró la ayuda de una organización que le prestó asesoría sicológica y la ayudó a conseguir trabajo.

“Creo que una mujer que está sufriendo debe buscar con quien hablar. No estoy diciendo de servicios sociales; puede ser de una amiga. Que hable. Que encuentre a alguien que le haga entender que no es culpa de ella [y] que la apoye”, dijo Sánchez.

Después de su separación, Espinoza comenzó a estudiar inglés para poder iniciar clases de arte culinario. Todo esto con la meta de cumplir su sueño: ser chef.

“Mi consejo para estas mujeres que quieren separarse pero es difícil [es] que saquen fuerza de donde no las hay, y que piensen en ellas y en los hijos. Cuesta mucho, pero tienen que buscar ayuda”, concluyó Espinoza.

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