ads@hoyendelaware.com | 2015-07-02 21:30:35

Recuperar los años perdidos

Escrito el 27 dic 2010
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Durante más de una década, el senador por Illinois, Richard Durbin, ha batallado con denuedo para lograr la legalización de los estudiantes indocumentados sin que sus colegas del Capitolio le hayan cumplido el anhelo de darle estatus migratorio a los jóvenes soñadores.

Este pasado sábado 18 de diciembre, otra vez las ilusiones de más de dos millones de muchachos y muchachas fueron despedazadas en el Senado en Washington al no lograrse los 60 votos para que el Dream Act pudiera seguir el camino de convertirse en ley.

La votación de 41 en contra y 55 a favor develó nuevamente el poco peso que tiene la comunidad hispana en el ámbito nacional para influir en las decisiones que toman los políticos en la capital del país.

Pese al crecimiento de ciudadanos latinos con capacidad de votar en todos los puntos de la geografía estadounidense, es claro que no nos tienen ni miedo, ni respeto.

La transmisión por televisión de la votación estuvo acompañada por un ambiente de suspenso con final fatal.

De la sesión quedó para la historia elogiar el coraje de los tres republicanos, que cruzaron la línea partidista y votaron a favor de continuar la moción de procedimiento.

Para condenar estuvo la actitud de los cinco demócratas que sufragaron en contra. Si simplemente hubieran dado el sí, el Dream Act habría sido una realidad, el presidente Barack Obama habría cumplido una porción de su promesa, y no hubiera quedado la impresión de que es un mandatario débil que no logra alinear a sus copartidarios a la agenda que se trazó como candidato.

El voto negativo que me causó más escozor fue de la senadora demócrata por Carolina del Norte, Kay Hagan, porque sufragué por ella en noviembre de 2008 y ayudé a su elección.

Para repudiar también estuvo la flaqueza de los cuatro senadores que no votaron y contribuyeron al hundimiento del proyecto.

En el momento en que se veía por televisión el anuncio desde Washington del rechazo al Dream Act, en Charlotte, la ciudad donde vivo, se desgajó una lluvia de gruesos copos de nieve y mi colega Patricia Ortiz, del periódico Mi Gente, escribió inmediatamente en Facebook : “el cielo está llorando”.

Las lágrimas también salían de los ojos de las estudiantes que esperaron la votación en Phoenix y Los Angeles y cuyos rostros de desencanto transmitió la cadena Telemundo.

El periodista Carlos Botifoll entrevistó a algunas de las jóvenes, que con las caras desencajadas, respondieron con firmeza que la lucha por lograr sus sueños continuará.

L a ilusión para ellas había sido inmensa pocos días atrás cuando la Cámara de Representantes aprobó la medida en instancia preliminar el pasado 8 de diciembre con 216 votos a favor y 198 en contra.

Pero ahora, con la horrenda realidad enrostrada, lo único que queda para esas chicas y esos muchachos que lograron la realización de millares de llamadas al Senado es organizar el movimiento de derechos civiles de los hispanos, mediante la red que ya han tejido de activistas a lo largo y ancho del país.

Ese movimiento tiene que marcarse el difícil objetivo de parar las deportaciones y eventualmente alcanzar una reforma migratoria integral, que no solo resuelva el problema de los jóvenes, sino la ilegalidad de sus padres, de los profesionales, de los empresarios, de los obreros y de los campesinos, que carecen de un estatus migratorio.

En estos tiempos revueltos hay que recuperar los años perdidos, repudiar y castigar democráticamente a los legisladores traidores e intolerantes y premiar quienes fueron solidarios.
Rafael Prieto=Zartha

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