Este poeta juega al dominó con las fronteras

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Indran Amirthanayagam

Por Alberto Avendaño

Siguiendo el sentido contrario a las agujas del reloj, cada jugador coloca una ficha en uno de los extremos de la cadena, siempre que sea posible; en caso contrario debe pasar. Este poeta no pasa nunca. Y como es incansable, coloca las fichas y con solo golpear la primera crea un efecto fascinante que te desubica y te hace preguntarte, con el alma en vilo, quién es este poeta, de dónde viene, a dónde va y, sobre todo, por qué lo sigues.

Veo sus libros en mi nueva biblioteca, la misma que me reprocha su desorden y de la que sobresalen dos ejemplares delgados, atractivos, intrigantes. El primero es verde y me invita a jugar al fútbol. El segundo me invita a una experiencia extraterrestre. En La Pelota del Pulpo (Apogeo, Lima, 2013) me enfrenta a la pasión por el fútbol y a la desazón ante el paso de la vida: si Pelé ha sido reemplazado en el alma de los fanáticos, ¿cómo no lo vas a ser tú, poeta mío? El libro es para lectores “dual language” que viven la poesía en español e inglés con atónita y civilizada normalidad. Deben además, amar el fútbol. En Coconuts on Mars (Poetrywala, Mumbai, 2019) es tan terrestre, ácidamente doméstico, que nos transporta a Marte para, poéticamente, desinformarnos y encadenarnos, así, a nuestra humana búsqueda del paraíso.

Ayer busqué en Amazon uno de los libros de este poeta que me faltan. The Elephants of Reckoning (Hanging Loose Press, NY, 1993). No está disponible. Con esos elefantes ganó el poeta el Paterson Prize en Estados Unidos.

Coloquemos ahora la primera ficha de dominó ante esa hilera lírica y expectante. El poeta es Indran Amirthanayagam, nacido en Ceylán, un lugar que hoy es Sri Lanka, de donde salió de niño hacia Londres. De todas sus lenguas, el tamil es la única olvidada. Comenzó la adolescencia en Honolulu, Hawaii, y también ahí afiló los dedos de su escritura. De mayor siguió siendo poeta, pero se hizo diplomático de carrera representando a Estados Unidos en muchas esquinas del mundo. Escribe en inglés, en español, en francés, en portugués y en criollo haitiano. Cada uno de sus 20 libros de poemas son una ficha de dominó, erectos, expectantes, y él (el poeta desvelado) los encara dispuesto a golpear, con la normalidad de un verso que cuestiona nuestras certezas. Y así Indran crea su efecto dominó que salta fronteras, lenguas de cómodos estados-nación. Y en su asombro el lector se rinde y lee al poeta sin inmutarse.

Indran Amirthanayagam

Hemos hablado tanto, el poeta y yo. Y tanto que nos queda. Supe de su padre, un diplomático e intelectual de corazón herido que se rodeó en Nueva York de grandes poetas, como Allen Ginsberg, con quien Idran, años después de su muerte, en un poema, se tomó un café y, al despertar, la taza aún estaba caliente.

Me recuerda el poeta que con En busca de posada “reflexiono sobre el viaje con una mancha en la frente. Escribo de viajes literales de manera ligera, como un vuelo entre Lima y Cusco, y viajes mentales, y viajes sensuales “al son de la cumbia y danzón/y una colombiana negra, /sus caderas discos, en gira/por la noche, iluminando el vacío”

“Es un libro que ha madurado reposado en su manuscrito en el anaquel” hasta que un día lo visitó “y me di cuenta que su hora había llegado y me contacté con una editorial de uno de mis libros anteriores, La pelota del pulpo, para ver si les interesaría editarlo. Y recibí una respuesta calurosa, afirmativa y, bueno, como se dice, el resto es historia…bueno historia en camino”.

Indran Amirthanayagam me dice, con la sensibilidad de los dedos de un jugador descrito por Zweig, que “apuesto para ser incluido en este idioma (el español) tan flexible, rico, resplandeciente donde he amado, comido, bebido y dormido soñando en cómo llegar al paraíso a través de este disfraz”.

Y sobre su promiscuidad lingüística, el poeta nos recuerda que “Beckett escribió Esperando a Godot en francés y lo tradujo al inglés. Nabokov escribió novelas en francés, ruso y Lolita en inglés”. Indran señala que hay muchos modelos sobre “esta elección de crear fuera del idioma materno. Y lo hago porque el desafío de cruzar la frontera lingüística es curiosamente un acto liberador. Siento que una energía fuerte corre por mis venas. Cruzo la frontera y sigo de pie y fortalecido”.

El poeta está de pie ante las fichas de su dominó creativo y define su estrategía: “Escribir en español y cruzar la frontera geográfica, destruir los muros entre pueblos e idiomas es parte de mi propuesta de vida, de vivir libremente y plenamente la ofrenda que nos ha dado el Creador, esta ofrenda de la vida inteligente y la tarea de de cultivar tu jardín”.

Y su jardín “es la Tierra, el Océano”. Y afirma desear cultivar su jardín “sin límites impuestos por miedos, o por dictaduras”. Se ofrece así como un poeta civil capaz de generar el efecto dominó en cualquier instante: “Soy grande, como dice Whitman, contengo multitudes. Me contradigo a mí mismo. Vivo. Viajo. Y a pesar de la mancha que llevo por haber perdido la panza de mi mamá, mi país nativo, prospero adquiriendo idiomas, el amor, y construyendo mi casa por todas partes”.