Hombre de rojo sobre fondo gris

Una de las penúltimas cosas aprendidas de uno de mis maestros de esta etapa ha sido un nuevo juego consistente en realizar posados a modo de psicodrama improvisando un argumento. Nunca imaginé que casi recién iniciada este moda, él iba a ser protagonista real –y no de ficción– de uno de ellos.

Se trata de una persona brillante, inteligente y un trabajador infatigable –lleva cuarenta años trabajando en la misma “empresa”– capaz de llegar donde nadie lo hace, de ver más allá de los límites y de encontrar mapas “extraviados” de Ptolomeo con la misma facilidad con la que salva la vida a una anciana que se ha quedado sola y desamparada en tierra extraña. Tiene además un arte especial para hacerse querer por todos y con la misma naturalidad, interés y entrega, desayuna con la limpiadora de la oficina que cena con una Reina.

Es respetuoso, elegante, bondadoso y altruista. Un hombre que por donde pasa –y ha pasado por todos los continentes y por casi todos los países habidos y por haber– deja huella, marca vidas y hace el bien. Una mezcla entre Supermán y San Francisco de Asís pero hablando seis idiomas.

Lo lógico es que un maestro de esa talla fuera un portento nacional, lleno de medallas y estatuas (no sé si con su figura esculpida al estilo clásico o contemporáneo aunque como es perfecto conocedor de todo lo que a arte se refiere y además un figurín, en ambos estilos su estatua quedaría estupenda).

Sin embargo lejos de medallas y estatuas acaba de ser víctima de una tremenda injusticia y sacrificado cual Holofernes. Nunca este amante de la ópera pensaría que llegaría a convertirse en personaje de una de ellas –aunque más que una ópera todo lo que le ha ocurrido en las últimas semanas ha sido una opereta–.

Pero claro, un hombre al que le sientan igualmente bien los sombreros de Panamá, los abrigos de Hugo Boss, los trajes oscuros, los claros, las camisas de Albertelli y hasta las camisetas del mercadillo, si se viese en la necesidad de usar una, no pasa desapercibido y éso suele ser muy malo. Ahí es donde entra el pecado capital de esta serie: la envidia. Pecado nacional español –y por ende latinoamericano–. Algo que nos ha impedido, nos impide y nos impedirá avanzar y que ocultará nuestro talento –que es mucho– y nuestros logros –que son aún más–.

Un comentario en un foro privado, agarrado al volapié por alguien que buscaba el Pulitzer al culebrón del verano sin tener que investigar demasiado en el qué, cómo, dónde, cuándo y por qué, pasado por el tamiz político del “piensa mal y acertarás”, y hábilmente usado como cortina de humo, dan al traste con toda una vida de alguien que destaca siendo fiel a sí mismo y entregado al servicio a los demás y a su patria.

Paradójicamente un adalid de los buenos valores y de la cultura ha sido condenado por supuestamente representar todo lo contrario. También Zidane, caballero del deporte, recibió tarjeta roja en su último partido con la selección francesa en la final de la Copa del Mundo de Alemania, expulsado por juego agresivo al darle un cabezazo a Materazzi. No importaba el contexto ni que le hubiesen mentado a su madre. Expulsado y ya está. Por supuesto fue declarado el mejor jugador de aquel mundial, igual que tú querido “hombre de rojo” has sido declarado el mejor en tu puesto en al menos los últimos veinte años y el premio ha sido otorgado por el mejor jurado: tus administrados.

Para mí has sido, eres y espero que pese a las circunstancias continúes siéndolo, un profesor de élite en muchos campos, comparable a algunos otros que tocaron mi vida y que, desafortunadamente ya no están. Hubo de todo, algunos recibieron premios de la categoría del Príncipe de Asturias de Humanidades y otros recibieron los platos rotos ¡qué casualidad! también por causa de la dichosa política. Los hubo de todos los colores, pero siempre fueron como tú españoles prominentes, con clara visión global del mundo y de que, la educación, la cultura, los buenos modales y tener y transmitir valores pueden hacer que el mundo sea mucho mejor.

Se dice sin parar que siempre hay que dar segundas oportunidades. Y habría que darles esa segunda oportunidad, no a ti que nunca tuviste ánimo de algo distinto que explorar y dar a conocer –en este caso a tus amigos–, sino a aquéllos que propagaron una noticia falsa, a los que por causa de ella pidieron tu cabeza y a los que por el mismo motivo la concedieron sin escuchar explicación alguna.

Las óperas son dramas y como las historias irlandesas –¡Irlanda tan cercana siempre a España!–nunca acaban bien… pero comencé diciendo que ésto era una opereta de verano, un género ligero como nuestra zarzuela, un género “chico”. La opereta –como la zarzuela– es traviesa, divertida, elegante –y por éso mismo a veces transgresora– pero no pretende ofender, igual que tú tampoco lo has pretendido nunca.

Aunque hubiese habido intención –que no la hubo– un comentario –y más en un ámbito privado– se perdona. Ser un hombre de rojo, es decir, excelente en su trabajo, inteligente, culto, educado, atractivo y con vocación de servicio, éso querido maestro, es imperdonable en una sociedad de fondo gris.

 

Virginia Esteban
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