La caravana continúa en las puertas de Estados Unidos

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Policías fronterizos mexicanos han enfermado en el proceso de deportación de grupos de la caravana migrante. Al compartir aire y espacio se han contagiado de sus infecciones y parásitos.

Más allá de las historias humanas, planean alrededor de la caravana dudas sobre su origen y la veracidad de los datos que difunden.

Según la versión de los afectados, las caravanas surgieron de forma espontánea. Tras las noticias sobre otros intentos previos en la pasada primavera y en 2017 una nueva convocatoria fue tomando cuerpo gracias al boca a boca y a las redes sociales.

Pueblo Sin Fronteras, ayuda a los inmigrantes y les sirve de altavoz con los medios de comunicación, pero ellos dicen que no organizan ni pilotan la iniciativa.

Ellos lanzaron el primer comunicado de prensa tres días después de que se iniciara esta marcha, el 13 de octubre. El punto de salida está en San Pedro Sula (Honduras), con 765.000 habitantes, aparece a la cabeza de todas las clasificaciones de capitales más peligrosas y violentas del mundo por el número de homicidios.

Desde allí partieron cientos de personas que, siguiendo los pasos de convocatorias anteriores, pretendían llamar a las puertas de EEUU para solicitar asilo político. Por el camino, se fueron sumando otros inmigrantes con la esperanza de cruzar la frontera, aunque no todos parecen estar suficientemente informados.

Los miembros de la caravana pretenden obtener su reconocimiento como asilados: Según la legislación norteamericana, para disfrutar del asilo se debe ser víctima de persecución por razón de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a grupo social u opinión política. Es un proceso largo y hay que aportar pruebas.

La administración Trump anunció en verano que endurecería los requisitos, no aceptando como causa de concesión de asilo la violencia doméstica o de pandillas, según dijo el fiscal general, Jeff Sessions, al entender que EEUU no puede acoger a esas personas sólo porque sus países tengan dificultades en luchar contra esos problemas.

En la Plaza del Chaparral, junto a la valla fronteriza, una carpa donde varios voluntarios inscriben a todas aquellas personas que quieran pedir asilo en los EEUU. Las colas se prolongan varias horas hasta el mediodía. No es necesario ser centroamericano o venir en una caravana para apuntarse.

“Se pueden registrar mexicanos, rusos o españoles, si quieren”, señala un miembro del Grupo Beta, una organización mexicana de apoyo a los inmigrantes colabora con esta iniciativa pero no la organiza. Según detallan, hay incluso venezolanos que han solicitado refugio por este trámite.

Aunque algunos miembros de las caravanas ejercen puntualmente de representantes, sigue sin alzarse una voz que los aglutine a todos, lo que a veces causa problemas.

Ante esta situación, lo más parecido a un portavoz sigue siendo Pueblo Sin Fronteras, que ya arropó otras caravanas de menor tamaño en 2017 y la pasada primavera.

Las mayores críticas a las organizaciones que respaldan las caravanas llegaron el pasado 25 de noviembre, cuando tras una marcha de los inmigrantes apoyada por Pueblo Sin Fronteras, se produjeron enfrentamientos entre la policía estadounidense y varios cientos de manifestantes que trataron de saltarse el paso.

Tras aquello, la organización publicó un comunicado aclarando que se financia sólo con donativos. “No recibimos apoyo financiero de ningún gobierno, corporación, ni partido político”.

Curiosamente, donde más apoyo están encontrando es en el lado estadounidense.

Para salir a México desde los EEUU no hay colas ni esperas. Ni en coche ni a pie. A la vuelta, la entrada se puede demorar horas en vehículo y, dependiendo del día, también caminando, especialmente desde que se reforzaron los controles por las caravanas a pesar de que ninguno de los centroamericanos se acerca a este puesto. Aquí sólo se accede con documentos.