La democracia estadounidense se derrite

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Por Alberto Avendaño

El déspota español del siglo XIX, Fernando VII, contó con la fidelidad de parte de su pueblo animándole al grito de “¡Vivan las cadenas!”. En el siglo XXI, una parte del electorado de Estados Unidos anima al déspota de la Casa Blanca, elegido democráticamente, con “¡Vivan las mentiras!”.

Hoy Estados Unidos es el mayor laboratorio de las paradojas del mundo. Votantes de toda clase y condición y políticos que se autodenominan conservadores se rinden ante la estulticia trumpiana, aceptan los insultos a periodistas, a empresas de comunicación, a políticos de la oposición y a ex presidentes —que más que insultos, son falsedades, difamaciones— basándose, supuestamente, en que Trump representa la libertad de los estadounidenses, el espíritu de la gran nación prometida. Y así toleran la quema a manos del Presidente de Inspectores Generales —cargos, no partidistas, nacidos luego del escándalo de abuso de poder presidencial destapado en el Watergate. Toleran que el Presidente contradiga a los expertos en salud de su país o que anime a supremacistas blancos (así llaman a racistas y neonazis en Estados Unidos) a manifestarse con sus armas de guerra ante instituciones de la democracia del país. Y permiten que ese nacionalismo cavernícola (antiguo) lleve a Trump a retirar a Estados Unidos de las plataformas de liderazgo internacional (incluida la OMS a la que acusa de los errores que él mismo cometió y sigue cometiendo en temas de salud pública). Y aceptan que Estados Unidos sea un país en retirada de la escena global: ¡Bienvenidos Moscú y Pekín!.

El daño está hecho. Y quienes se aprovechan del fenómeno Trump lo saben. Y quienes se benefician de este fenómeno también, su familia incluída. La última vez que la historia política del mundo vio tal panorama, fue en los albores de la II Guerra Mundial cuando el capital europeo y sus políticos posibilistas se meneaban, con paños calientes, alrededor de un señor bajito, abstemio y vegetariano llamado Hitler.

Nunca sabremos todo sobre lo que se mueve, se ha movido y se sigue moviendo alrededor del fenómeno Trump. Porque por mucho que sus estupideces, mentiras e insultos vayan a llenar una enciclopedia al final de su mandato, es difícil pensar que su poder se base solo en eso. Que no exista una maquinaria de intereses diversos que se ha acoplado a esta anomalía política con total naturalidad. Alguien me comentaba —hace tiempo y parodiando a “garganta profunda”, en un café de Washington— que estaba por escribirse la historia de la mafia de Nueva York, sus vínculos rusos, y su familiaridad con apellidos como Trump o Kushner. Ese comentario, apoyado ingeniosamente en evidencias circunstanciales, si tuviera como protagonista a Clinton, Obama o Biden (por dar tres nombres) sería una avalancha de tuits de Trump hablando de conspiraciones, Obamagate, Bidengate, etc, para de inmediato ser reproducido espasmódicamente por esa prensa tan seria que “se opone” a Trump mientras le sirve como loritos de repetición, como eco.

Todos los presidentes llegan al poder ayudados por una maquinaria de intereses económicos con nombres y apellidos. Bueno, no tanto. Porque en 2010 el llamado voto conservador de la Corte Suprema declaró inválida la reforma de control de las fuentes financieras de los partidos y de los políticos. O sea, desde entonces es más fácil enmascarar el dinero que navega por la política electoral estadounidense. Pero aún no sabiendo todos los nombres y apellidos detrás del fenómeno Trump, el personaje deja tras de si un rastro claro e inquietante. No puedo dejar de recordar (para alegría de mis amigos trumpistas) el claro compañero de cama ruso que tuvo Trump durante su campaña presidencial, al menos en lo que se refiere a técnicas de desinformación, hackeos, bulos, fake news, y guerrilla en redes sociales. Se supone que Trump, los republicanos, y también el aparato político demócrata han aprendido suficiente, en los últimos cuatro años, para no tener que subcontratar la guerra de la comunicación a San Petersburgo. Se supone.

El daño está hecho. La democracia más poderosa del mundo se derrite en manos de Trump y de la tendencia hegemónica, anti casi todo, del GOP: vacunas, ciencia, calentamiento global, bienestar social, empatía, libertad de prensa, PBS, servicio postal nacional, libertad de ideas, de religión…

El 15 de mayo, en thebulwark.com, Lois Lowry, autora de la famosa novela The Giver (Newbery Medal, 1993), explicaba que sus jóvenes lectores le escribían para preguntarle como era posible que la sociedad en la que vivían se pudiera convertir en ese mundo controlado, sin libros, sin medios de comunicación, con un liderazgo que desprecia la verdad, la salud de sus conciudadanos y al que no le importa la vida de las personas mayores. ¿Cómo era posible que se pudiera llegar a ese tipo de sociedad?, le preguntaban sus lectores. ¿Por qué no escribía una ‘precuela’, el libro en el que se cuente cómo era la sociedad antes de llegar a esos extremos? No es necesario escribir ese libro, les dijo Lowry, esa sociedad la están viviendo ustedes hoy en Estados Unidos.