La falsa “identidad” del abusador sexual

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Nos dice el noticiario de la tarde
que “gran CANTIDAD de personas
tienen una falsa IDENTIDAD”. Bueno,
como dice el clásico refrán, ya eso pasa de
castaño oscuro.
En primer lugar, nadie puede tener una
“falsa identidad”, porque la identidad de
cada uno es tan inalterable como las huellas
digitales. Lo que se puede adulterar o falsificar
es la identificación que se le atribuye, o
bien la tarjeta o el documento identificador.
Cosa bien distinta, amigos.
Además, es un poco irrespetuoso medir
a las personas —por mucho que estén al margen
de la ley— con la voz “cantidad”, como
si fueran papas, ganado o sacos de frijoles.
Lo siento, pero los seres humanos se miden
por otros raseros: por ejemplo, “numerosos”,
“gran número”, “multitud”, etc.
Podemos usar “cantidad” en otros contextos,
como por ejemplo este: “Los locutores
y presentadores cometen gran CANTIDAD de
disparates cada vez que abren la boca”.
Bueno, seamos justos: no todos, ni
tampoco cada vez. Evitemos la exageración
y la generalización, que casi siempre son
inicuos (no inocuos, amigos: eso sí que no).
¿Estamos?
Pero vean ustedes. Luego nos disparan
a boca de jarro que a un prelado eclesiástico
—cuya denominación no vamos a mencionar—
lo han “acusado de PRESUNTO abuso
sexual”.
Estimados amigos de la noticia, presten
atención, por favor: a nadie puede acusársele
de un “presunto” delito. O se le acusa de un
delito que efectivamente se ha cometido, o
no. Es imposible acusar, mucho menos enjuiciar
a alguien por un presunto o supuesto
delito.
Sería como premiar a un buen samaritano
por una presunta buena acción. ¿En qué quedamos,
se produjo una buena acción o no?
Lo de presunto sólo se aplica al acusado
mientras no se le condene. Puede decirse,
por ejemplo, que la policía detuvo a dos
Nuestro idioma de cada día
sujetos supuestamente implicados en un
caso de hurto. Por lo tanto, son presuntos
delincuentes. Pero, ¿cómo se va a lanzar una
acusación de “presunto” hurto? Si no hubo
hurto, ¿cómo va a haber delito?
En cambio, podemos usar “presunto”
en otros casos. Por ejemplo: quienes nos dan
(¿leen, improvisan?) las noticias son presuntos
descalabrantes del idioma. Pero que
conste, presuntos, porque si bien hay quien
los acuse, el delito de “lesa lengua” no es enjuiciable,
sino apenas condenable… aunque
lamentablemente no a prisión.
Porque el idioma –ya lo hemos dicho–
es como un deporte que cada uno juega a su
manera, y si bien hay reglas, no hay multa ni
castigo, y ni siquiera lo que en fútbol se suele
llamar —regodéense los anglómanos— “penalty”
(que debía llamarse “castigo”). Por eso
estamos como estamos.
Pero hablemos en serio por un momento
del escándalo eclesiástico en el ámbito sexual,
escabroso tema sobre el que la gracianesca
brevedad ha de ser celestial bendición para
buenos, malos y espectadores.
Sólo esto vamos a decir: eso que se está
descubriendo ahora no es nada nuevo, aunque
es bueno que de luz se bañe. Ha venido
ocurriendo desde que los cavernícolas adoraban
el fuego y el sol, desde que los primeros y
primitivos sacerdotes se dieron cuenta de su
poder, ya fuera espiritual o psicológico, sobre
los fieles de su grey. Ese, ese mismo poder que
usaban para ocultar sus fechorías y amenazar
a quienes cuenta se dieran y atreviéranse a
echarles una mirada acusadora.
Por consiguiente, ello no se limita a una
sola secta o religión, como sin duda no tardará
en descubrirse. En ese caso, esperemos que la
IDENTIDAD de los infractores no se falsee,
y que se les IDENTIFIQUE como es debido.