La muerte de un tío por sobredosis impulsa a oficial de Medicaid a actuar

Death in the family: An uncle’s overdose spurs Medicaid official to change course

Escrito el 02 Feb 2018
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(English version below)

La familia de Andrey Ostrovsky no discutió qué fue lo que mató a su tío. Era joven, tenía 45 recién cumplidos cuando murió, y había perdido contacto con sus seres queridos en sus últimos meses. Ostrovsky especuló que se había suicidado.

Casi dos años más tarde, Ostrovsky era médico jefe de Medicaid, y lidiaba con una crisis de opioides que mata a unos 115 estadounidenses cada día, cuando se enteró de la verdad: su tío había muerto por una sobredosis.

Su familia sabía que este tío había tenido una vida turbulenta en los últimos años: se había divorciado de su esposa y alejado de su hija de 4 años. Finalmente, perdió su trabajo como gerente de una mueblería. Pero Ostrovsky quería entender qué más le había ocurrido al hermano menor de su padrastro. Por eso, el otoño pasado, cuando estuvo unos días en el sureste de Florida, donde su tío murió en 2015, contactó a uno de los amigos de su tío para lo que, pensó, sería un café rápido.

En cambio, el amigo "habló mucho", revelando que habían estado experimentando con una variedad de drogas la noche en que su tío murió, la trágica culminación de más de una década de abuso de sustancias, de la cual su familia no sabía nada. Ostrovsky se enteró después que una autopsia mostró opioides y cocaína en su sistema.

La revelación sacudió a Ostrovsky, un pediatra designado como oficial de los Centros de Servicios de Medicare y Medicaid (CMS) en 2016. Había abogado por mejores programas de tratamiento de drogas para las 74 millones de personas que reciben Medicaid, una batalla cada vez más difícil después que los republicanos señalaran que recortarían el programa bajo la presidencia de Donald Trump.

Dentro de su propia agencia, Ostrovsky ya sentía que era algo así como un paria. Después de haber posteado un tweet contra un plan republicano para revocar y reemplazar la Ley de Cuidado de Salud Asequible (ACA), fue sancionado y expulsado de sus proyectos principales. Un grupo conservador conocido como America Rising presentó un reclamo bajo el amparo del Freedom of Information Act para ver sus correos electrónicos, un movimiento visto como una intimidación.

Pero esa revelación mientras tomaba el café en Florida hizo que la crisis de las drogas se convirtiera en algo profundamente personal para Ostrovsky y su familia, lo que lo impulsó a actuar. Se dio cuenta que las soluciones no solo se trataban de dinero, sino también de combatir el estigma, y ​​la marca que, aseguró, impidió que su tío obtuviera ayuda. Por eso, renunció a su trabajo en el gobierno el mes pasado y está hablando públicamente sobre la experiencia de su familia, para erradicar la vergüenza sobre la adicción a las drogas.

"No es lo que lo mató", dice Ostrovsky, refiriéndose al estigma. "Pero eso lo mató".

El otoño pasado, la administración Trump declaró que la crisis de opioides era una emergencia de salud pública, pero no asignó más fondos para una "epidemia" que mató a más de 42,000 en 2016, más que cualquier año registrado, según los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC). Esa declaración fue extendida la semana pasada. Los primeros datos indican que 2017 puede haber superado a 2016 en muertes por drogas.

En uno de los últimos intentos por controlar la crisis, Tom Wolf, el gobernador demócrata de Pennsylvania, declaró recientemente a la epidemia de opioides una emergencia por desastre en todo el estado. Por primera vez, los funcionarios de Pennsylvania dirigirán los recursos de emergencia hacia una crisis de salud pública de la misma manera que lo harían con un desastre natural.

La historia del tío ofrece una visión íntima de una crisis que ha incomodado a funcionarios a nivel local, estatal y nacional, ha agotado los recursos de salud pública y se ha infiltrado no solo en las calles y farmacias estadounidenses, sino también en lugares de trabajo y familias exitosas de clase media, como la de Ostrovsky. KHN acordó no divulgar el nombre del tío por respeto a la privacidad de su familia.

El tío emigró a los Estados Unidos desde Azerbaijan cuando tenía 16 años, en busca de un futuro mejor que el que le esperaba en la desmoronada Unión Soviética, recordó Ostrovsky. Su familia se estableció en Baltimore, donde se casó y tuvo su propia familia. Cuando no estaba trabajando, cocinaba kebabs de cordero y bailaba música de su país de origen. Era un anfitrión cálido y acogedor, e insistía en que los invitados tomaran al menos una taza de té.

"Incluso cuando no tenía nada, tomaba el último trozo de pan y lo ofrecía", recordó Ostrovsky. Para Ostrovsky, era el "tío genial", siempre traía a sus sobrinos baratijas de sus viajes.

En algún momento a principios de los 2000, el tío se divorció. Empezó a beber más, un vicio que Ostrovsky atribuyó en parte a su herencia cultural, pero que, sospecha, se convirtió en alcoholismo.

No está claro para la familia cuándo, exactamente, las drogas irrumpieron en su vida, aunque sus problemas parecen haber escalado en sus 30s. La droga que eligió fue la cocaína, se enteró Ostrovsky por el amigo de su tío, con quien a veces se drogaba.

Su incapacidad para funcionar en el trabajo y otras tensiones financieras eventualmente lo llevaron a consumir cocaína “crack”, una forma especialmente adictiva y más barata que produce un “viaje” instantáneo e intenso cuando se fuma. Meses antes de su muerte, perdió su trabajo y se deprimió. Empezó a consumir más y a probar nuevas drogas. Incursionó en las benzodiacepinas, una clase de drogas psicoactivas como Xanax y Valium, y en los opioides.

Los opioides, que en general incluyen tanto las drogas ilegales como la heroína y los analgésicos recetados como OxyContin, son particularmente peligrosos cuando se usan mal porque anulan la capacidad de respirar. Aquellos que usan opioides también desarrollan tolerancia a lo largo del tiempo, alentándolos a usar más. Estos datos son especialmente problemáticos ya que las drogas callejeras a menudo se mezclan con opiáceos más potentes, como el fentanilo, un analgésico de acción rápida, para crear un efecto más intenso.

Finalmente, el tío de Ostrovsky comenzó a vivir con “dealer”. La noche de su muerte, él y su amigo revisaron el escondite del traficante cuando estaba fuera, probando con pastillas y otras drogas. Cuando el distribuidor regresó, después que el amigo se había ido, el tío no abrió la puerta.

El amigo le contó a Ostrovsky que encontraron a su tío en el sofá, mirando "en paz". Intentaron resucitarlo y pidieron ayuda. Sentado en la acera, vio a los paramédicos llevárselo.

El amigo dice que dejó de usar drogas y está inscrito en un programa de metadona, una opción de tratamiento que usa otro opioide para reducir los síntomas de abstinencia.

Obstaculizado por la ideología de la Casa Blanca, que ha promovido el enfoque en la revisión de los beneficios de Medicaid, por ejemplo, Ostrovsky dijo que su agencia anterior, los CMS, está "mal equipada" en este momento para manejar este problema. Entonces, por ahora, está trabajando fuera del gobierno.

Este mes, Ostrovsky anunció que se unirá a Concerted Care Group, un programa de tratamiento de adicciones con sede en Baltimore cuyos pacientes son mayormente beneficiarios de Medicaid, donde se desempeñará como CEO mientras la organización busca expandirse.

Ostrovsky prestó atención por primera vez a Concerted Care Group cuando era parte de un programa piloto de los CMS, que evitaba el enfoque de “vengo, recibo la droga y me voy” de la mayoría de los centros ambulatorios de adicción. "Esto no puede ser una clínica de metadona", pensó Ostrovsky cuando se enteró por primera vez.

El grupo ofrecía a los pacientes espacios privados para tomar su medicina; guardias de seguridad para garantizar su seguridad; incluso café mientras esperaban, conservando al menos un mínimo de dignidad del paciente. Con el mismo espíritu, Ostrovsky espera que, compartir su historia personal sobre su tío combata el estigma que hace que los pacientes y sus seres queridos se avergüencen de pedir ayuda.

"Creo que esto es realmente importante, que la gente se entere de su historia y hable", dijo, "y supere esa sensación de no querer tener esa conversación incómoda con el familiar que necesita ayuda".

 

Esta historia fue producida por Kaiser Health News, un programa editorialmente independiente de la Kaiser Family Foundation.


FOTO CAPTION: Andrey Ostrovsky (Cortesía Andrey Ostrovsky)

(ENGLISH VERSION)

Andrey Ostrovsky’s family did not discuss what killed his uncle. He was young, not quite two weeks past his 45th birthday, when he died, and he had lost touch with loved ones in his final months. Ostrovsky speculated he had committed suicide.

Almost two years later, Ostrovsky was Medicaid’s chief medical officer, grappling with an opioid crisis that kills about 115 Americans each day, when he learned the truth: His uncle died of a drug overdose.

His family knew the uncle’s life had been turbulent for a while before his death, watching as he divorced his wife and became estranged from his 4-year-old daughter and eventually lost his job as a furniture store manager. But Ostrovsky wanted to understand what happened to his uncle, his stepfather’s younger brother. So, last fall when he found himself in southeastern Florida, where his uncle died in 2015, he contacted one of his uncle’s friends for what he thought would be a quick cup of coffee.

Instead the friend “let loose,” revealing that they had been experimenting with a variety of drugs the night his uncle died — the tragic culmination of more than a decade of substance abuse much of his family knew nothing about. An autopsy showed there were opiates and cocaine in his system, Ostrovsky later learned.

The revelation shook Ostrovsky, a pediatrician appointed to the Centers for Medicare & Medicaid Services in 2016. He had championed better drug treatment programs for the 74 million people on Medicaid — an increasingly uphill battle after Republicans signaled they would trim the program under President Donald Trump.

Within his own agency, Ostrovsky already felt that he was something of a pariah. After he’d posted a tweet against a Republican plan to repeal and replace the Affordable Care Act, he was reprimanded and removed from his major projects. A conservative group known as America Rising filed a Freedom of Information Act request for his email correspondence, a move seen as an attempt to intimidate Ostrovsky.

But that revelation over coffee in Florida made the drug crisis deeply personal for Ostrovsky and his family, prompting him to act. He realized that solutions were not just about money, but also about combating stigma, that stain he says prevented his uncle from getting help. So, he quit his government job last month and is speaking publicly about his family’s experience, to remove the shame of drug addiction.

“It’s not what killed him,” Ostrovsky says, referring to the stigma. “But that’s what killed him.”

Last fall, the Trump administration declared the opioid crisis a public health emergency, stopping short of allocating more funding for an “epidemic” that killed more than 42,000 in 2016 — more than any year on record, according to the Centers for Disease Control and Prevention. That declaration was extended last week. Early data indicate 2017 may have outpaced 2016 in drug deaths.

In one of the latest attempts to manage the crisis, Democratic Gov. Tom Wolf of Pennsylvania recently declared the opioid epidemic a statewide disaster emergency. For the first time, Pennsylvania officials will direct emergency resources toward a public health crisis in the same way they would a natural disaster.

The uncle’s story offers an intimate look at a crisis that has vexed officials on the local, state and national level, strained public health resources — and infiltrated not just America’s streets and drug dens, but also workplaces and successful middle-class families like Ostrovsky’s. KHN agreed not to disclose the uncle’s name out of respect for his family’s privacy.

The uncle immigrated to the United States from Azerbaijan when he was 16, seeking a brighter future than the one stretched before him in the crumbling Soviet Union, Ostrovsky recalled. His family settled in Baltimore, where he married and started his own family. When he wasn’t working, he grilled lamb kebabs and danced to music from his home country. He was a warm, welcoming host, insisting guests have at least a cup of tea.

“Even when he had nothing, he would take that last piece of bread and offer it to you,” Ostrovsky says.


To Ostrovsky, he was the “cool uncle,” always bringing his nephew trinkets from his travels. When Ostrovsky was in seventh grade, his uncle returned from Jamaica with a shirt that read: “See no evil, hear no evil, speak no evil, s— happens mon.” Ostrovsky wore it to school — and happily suffered the inevitable punishment. “I love him for that and was proud to get in trouble,” he wrote in an email.


Sometime around the early 2000s, the uncle and his wife divorced. He began drinking more, a vice Ostrovsky attributed in part to his cultural heritage but that he suspects grew into alcoholism.

It is unclear to the family when, exactly, drugs came into his life, though his problems seem to have escalated in his 30s. His drug of choice was cocaine, Ostrovsky learned from his uncle’s friend, who frequently took drugs with him over the years.

His inability to function at work and other financial strains eventually drove him to crack cocaine, an especially addictive, cheaper form that produces an instant, intense high when smoked. Months before his death, he lost his job and grew depressed. He began using more heavily and trying new drugs. He dabbled in benzodiazepines, a class of psychoactive drugs like Xanax and Valium, and opioids.

Opioids, which broadly include both illegal drugs like heroin and prescription painkillers like OxyContin, are particularly perilous when misused because they suppress the ability to breathe. Those who use opioids also build up a tolerance over time, encouraging them to use more to achieve a high. These facts are especially problematic considering street drugs are often cut with more powerful opioids — such as fentanyl, a fast-acting painkiller — to create a more intense high.

Eventually, Ostrovsky’s uncle began living with his drug dealer. On the night of his death, he and his friend went through the dealer’s stash when he was out, trying pills and other drugs. When the dealer returned, after the friend had left, the uncle didn’t answer the door.

They found him on the couch, looking “at peace,” his friend recounted to Ostrovsky. They tried to resuscitate him and called for help. Sitting on the curb outside, his friend watched the paramedics carry him away.

The friend says he quit using drugs and is enrolled in a methadone program, a treatment option that uses another opioid to reduce withdrawal symptoms.

Hampered by political ideology from the White House that has spurred a focus on overhauling Medicaid benefits, for instance, Ostrovsky says his former agency, CMS, is “ill-equipped” right now to handle this problem. So, for now, he’s working outside the government.

This month, Ostrovsky announced he is joining Concerted Care Group, an addiction treatment program based in Baltimore whose patients are mostly covered by Medicaid, where he will serve as CEO as the organization looks to expand.

Ostrovsky first noticed Concerted Care Group when it was part of a CMS pilot program, a standout because it eschewed the surreptitious-feeling grab-and-go approach of most outpatient addiction centers. “This can’t be a methadone clinic,” Ostrovsky thought when he first heard about it.

It offered patients private spaces to take their medicine; security guards to ensure their safety; even coffee while they wait, preserving at least a modicum of patient dignity. In the same spirit, Ostrovsky hopes that sharing his personal story about his uncle will combat the stigma that makes patients and their loved ones ashamed to reach out for help.

“I think this is really important, that people hear about his story and talk,” he says, “and get over that feeling of not wanting to have that uncomfortable conversation with my family member who needs help.”
Emmarie Huetteman
Kaiser Health News

Kaiser Health News
Acerca del Autor
"Esta historia fue producida por Kaiser Health News, un programa editorialmente independiente de la Kaiser Family Foundation".

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