La rebelión de las “mujeres malas” de Inma López Silva

La novelista española presenta en la Feria del Libro de Miami una novela feminista y de denuncia

Escrito el 14 Nov 2019
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Escribir es “interpretar el mundo” para Inma López Silva y hacerlo en lengua gallega es una cuestión de compromiso, de raiz cultural. Y proyectarse en lengua española —muchas veces autotraduciéndose, confiesa— es “emocionante”, como lo es el abrazo iberoamericano de la Miami Book Fair 2019 que congrega a libros y culturas del 17 al 24 de noviembre en el sur de la Florida.



Inma López Silva es doctora en Filología por la Universidad de Santiago de Compostela, en España, y diplomada en Estudios Teatrales por la Sorbona de París. Su trabajo con la palabra abarca lo creativo —ha sido galardonada con importantes premios literarios en Galicia— y el ensayo donde reflexiona sobre la mujer y el feminismo. En 2018, el ensayo feminista Llámame señora, pero trátame como a un señor causó sensación en España.

López Silva llega a la Feria del Libro de Miami con su novela más reciente, Los días iguales de cuando fuimos malas (Editorial Lumen), una historia de cinco mujeres unidas por la cárcel. Es, dice la autora, una lectura crítica de la sociedad actual en sentido ideológico, tanto desde determinadas posiciones del feminismo —la prostitución, la maternidad, la violación y el abuso, la violencia machista—, como desde la crítica social pura: ¿Qué dicen las cárceles de lo que somos?

—Tu novela parece querer poner al lector, masculino y femenino, frente al espejo y desde nuestra propia celda. ¿Por qué hablar desde la cárcel para contar el complejo mundo de tus personajes femeninos?
—Mi intención era tratar el tema de la libertad y el mal desde el punto de vista de las mujeres, desde una perspectiva concreta: la condición de mujeres nos resta libertad y nos convierte en subsidiarias permanentes de lo que otros deciden, como presas en nuestra propia sociedad. A eso debemos añadir que, desde los inicios de nuestra propia cultura, somos sospechosas de algo y culpables permanentes de haber iniciado algún mal, así que la libertad plena es algo que debemos conquistar en una especie de revolución social que todavía está lejos de suceder, aunque estemos en ese camino, como demuestran, desde el actual activismo feminista movimientos emancipadores o cuestionadores del status quo como por ejemplo #metoo. Es así como llego a la idea de la cárcel: el módulo de mujeres como espacio reducido donde confinar a mujeres que ya no eran verdaderamente libres antes de ser condenadas, y explicar sus delitos desde esa condición de excluidas o víctimas de una injusticia social. Pero entrar en el mundo de las cárceles, posteriormente, abre múltiples ideas y reflexiones sobre cómo nos enfrentamos al mal, cómo nuestra sociedad juzga y discrimina, a menudo con sistemas penitenciarios vengativos, aquello de lo que se avergüenza sin proponerse realmente una solución. Todo eso está en cada una de las historias de Los días iguales de cuando fuimos malas.

—Entonces el mensaje es que la lucha de las mujeres genera la fórmula liberadora de superación del machismo y de muchos de los problemas económicos y sociales de la actualidad…
—Por supuesto. En todos los países las mujeres, como clase oprimida, están liderando una resistencia heroica hacia todos los aspectos de nuestra sociedad que implican desigualdad, sobre todo económica. Creo que se ve muy bien en los procesos migratorios y el lugar emprendedor y resistente que ocupan esas mujeres en los lugares a los que llegan, como se ve muy bien en la realidad de las mujeres latinas en los Estados Unidos, por ejemplo. En mi novela, en este sentido, hay dos personajes con dos perspectivas muy diferentes a través de los que he intentado canalizar esto: Margot y Valentina. La primera es gitana, y por lo tanto, perteneciente a una etnia discriminada por definición en la sociedad española, asociada a la delincuencia, pero que sufre en sus carnes el machismo propio de su cultura y una destrucción contra la que se revela desde su búsqueda de una independencia económica que logra convertir para ella la prostitución en liberadora. Por otra parte está Valentina, a través de la que trato de acercarme a una realidad que aquí en Estados Unidos es muy familiar, la de las mujeres latinas que huyen de la pobreza y llegan a un espacio donde la precariedad laboral y social, en muchos casos, las activa y las convierte en líderes de su contexto en una lucha que no siempre se percibe como política sino como puramente superviviente. Creo que las mujeres tenemos esa precondición a la resistencia y la lucha que no procede de una condición biológica, evidentemente, sino de nuestra propia situación oprimida y sospechosa, precaria, difícil.

—Eres una autora que utiliza el gallego, una lengua hablada por “solo” 2,7 millones de personas como lengua original. ¿Qué implica eso desde una perspectiva creativa y profesional?
—El gallego es mi lengua materna, el idioma en el que escribo y el espacio cultural desde donde deseo interpretar el mundo. Que sea una llamada “minoría lingüística” no significa que no podamos hacerlo o que nuestro particular punto de vista como nación particular y diferenciada en el contexto europeo no pueda resultar interesante como fórmula de acercarse a España en particular o a Europa en general. Galicia tiene, además, una literatura vigorosa cuyo referente fundamental es la poeta del XIX Rosalía de Castro, y que actualmente intenta dar un salto en su proyección internacional, más allá, por supuesto, del trampolín español que es fundamental para nosotras a través de la traducción (casi siempre autotraducción).



—Y ese “trampolín” de la lengua española es lo que te trae a la Feria del Libro de Miami…
—Sí. He tenido la suerte de que la Agencia Española de Cooperación Internacional y Desarrollo me haya incluido en un catálogo de diez autores de ficción invitando a editores extranjeros a que se interesen por la traducción de nuestras obras, fundamentalmente al inglés. Es por ello que, en mi caso, he sido invitada a Miami para participar en la feria y ofrecer un taller de escritura creativa en el Centro Cultural Español de Cooperación Iberoamericana. Es una oportunidad importante, y además, en mi caso, me produce una alegría inmensa volver a Estados Unidos, pues hace años viví en Nueva York y todavía no había regresado. Es emocionante.

—No hace mucho me confesaba la consagradísima Isabel Allende que ha pagado un alto precio por ser mujer y escritora de éxito ¿Crees que las escritoras en España han conseguido un estatus igualitario con respecto a sus colegas varones?
—Rotundamente no. Todavía tenemos que enfrentarnos a catálogos editoriales en los que predomina la autoría masculina y, sobre todo, modelos de promoción y venta que obvian que el 60% del consumo de libros lo realizan lectoras y no lectores. Suelen situar a nuestras obras en el gueto de “literatura de mujeres” como si eso fuera un género en sí mismo y no pudiéramos escribir desde nuestro punto de vista con la libertad de ser, básicamente, el 50% de la población mundial. Es verdad que, en los últimos cinco o diez años se está dando una mayor visibilización de la literatura escrita por mujeres, que además ha logrado introducir ciertos temas, puntos de vista e ideas que, por novedosas (curiosamente, como si no hubiéramos estado siempre ahí), resultan interesantes al público. Pero estamos lejos de que las prácticas comerciales y creativas sean igualitarias. Aun así, luchamos, por supuesto.

—¿Tu próxima novela?
—Se titulará El libro de la hija. Es una historia sobre un caso de abusos sexuales en el ámbito familiar en un contexto en el que el ascenso preocupante de la extrema derecha se filtra sobre las vidas de las dos familias que protagonizan la novela. De repente se ha vuelto una historia muy profética…
Alberto Avendaño
HOY en Delaware

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