La sangria

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Paz se ha despertado pronto, está llena de energía pero inquie- ta: es viernes, desde hace dos días que está fuera de casa por motivos de trabajo; ahora está volviendo a Roma. En el tren ha comprendido el motivo de su nerviosismo y sonríe a sí misma y al mundo, tiene unas ganas locas de hacer el amor con él. Pasa siempre lo mismo, después del quinto día de la llegada de la regla tiene un deseo salvaje de sexo
Casi riendo consulta su agenda confirmando lo que ya sabe, apostando consigo misma y con las ganas de sexo que, con el paso de los kilómetros, se hace más palpable y más fuerte en su cuerpo

¿Por qué será?

“Imagínate que este anciano que está delante de mí supiera las ganas que tengo en este instante de follar” piensa y ríe sola pasando de quien la podría considerar una auténtica loca, ella tan profesional, ella tan elegante, ella tan de clase, ella tan “alta velocidad” hiperactiva volviendo del trabajo.

Paz es una mujer que refleja una belleza madura, emana seguridad y sensualidad. Tiene un cuerpo elegante, lejos de cánones estándares ya que podría parecer demasiado delgada. Las pier- nas son su punto fuerte que, equipadas siempre con tacones, parecen infinitas. Se deja admirar sin complejos, sabe que llama la atención de los hombres, desde hace tiempo sabe que posee este poder de atracción, esta potencia que su alma acepta con naturalidad.

Está volviendo de Bolonia, ha ido a localizar un lugar para realizar un evento. Es viernes, su fin de semana está a punto de empezar pero, antes de llegar a casa y hacer el amor como se debe, o mejor dicho, antes de follar como quiere ella, que es lo que más desea en ese momento, tiene una cena en casa de unos amigos. La cena será seguramente agradable, gente interesante, buena conversación, buena comida y buen vino. Pero ella se encuentra definitivamente en la base de la pirámide de Maslov, es decir, quiere satisfacer sus deseos primarios, quiere sexo sal- vaje, sin hablar, sin pedir permiso, sin preliminares.

En el taxi, yendo a la cena, manda un mensaje: “Tengo ganas, mis ganas, esas ganas que no me pasan así como así, ese deseo que no controlo”

Respuesta tras 3 segundos: “No te preocupes, hay mucha gen- te, nos quedamos un rato y nos vamos en seguida a casa”
Paz sigue escribiendo: ¡No te librarás tan fácilmente!

En el taxi se mueve con nerviosismo, tiene un deseo violento, le molesta todo: la ropa, el pelo suelto que coloca continuamen- te detrás de las orejas, tiene calor. Con un movimiento rápido y alzándose ligeramente del asiento se quita las bragas. Se las acaba de comprar en Bolonia, son pequeñas y ligeras, de las que se notan poco debajo de la ropa, de color verde oscuro, del mismo color que el sujetador.

Escribe otro mensaje: “Estoy en el taxi y me acabo de quitar las bragas, me plantaré así en la fiesta de tus queridos amigos”
Ninguna respuesta.

A las 21.15 llama al timbre, la dueña de la casa abre la puer- ta. Paz deja la maleta en la entrada y saluda con una sonrisa a su amiga Clara, la sigue al salón donde ha organizado una cena buffet.

“He preparado la sangría siguiendo tu receta” dice Clara “un exitazo”

Él está de espaldas pero ha advertido su presencia, se da la vuelta y sus miradas se encuentran. Él da un trago. Paz ve la nuez de su cuello que la vuelve loca, se entienden en un segun- do. Él la conoce pero al mismo tiempo sabe que es imprevisible, incontrolable, positivamente agresiva.
Lorenzo, su pareja, es un poco más bajo que ella, ya que lleva siempre tacones. Tiene el pelo, como siempre, despeinado pero en el punto justo y con esos ojos claros que confirman el carácter de una persona transparente y serena.

Lorenzo está hablando con una pareja de amigos pero ya no sigue la conversación; nota sólo cómo los latidos de su corazón tapan todos los sonidos de la sala, ve a todos parados, quietos, ve sólo a Paz iluminada y sonriente. Ella se acerca al grupo, le besa en los labios para saludarle: fuego.

Abandonan al grupo sin excusarse, ahora cuenta sólo el deseo irrefrenable, los impulsos primarios ganan, no hay educación, no hay respeto para los demás, no hay nada. Cualquier excusa habría arruinado el momento. Se encaminan hacia el baño.

Se encierran en el baño, están casi a oscuras. Él se sienta en la taza bajándose los pantalones y ella, preparada como una fiera se sienta encima de él, Paz ve la violenta erección de su pareja, de su animal. Se deja hacer, esta lista a una penetración profunda; poco tiempo, mucha intensidad y buen sexo, lo que les gusta a ellos.
Instantes llenos de pasión.

Placer.
No están satisfechos, así que, sin hablarse, se desnudan:

Ella se quita el vestido y se queda solo con el sujetador nuevo de color verde oscuro, su piel es muy blanca. Él la detiene; quie- re ser él quien le quite la prenda. Se queda desnuda de pie mientras él la observa con un deseo palpable, ella le empieza a desabrochar la camisa, los pantalones desde hace tiempo están tirados por el suelo.

No importa desde hace cuánto tiempo están encerrados en el baño, o si están en casa de sus amigos, cuenta solo el placer que en ese momento se están dando el uno al otro, no se pueden de- tener absolutamente por ningún motivo ni por nadie.

Vuelven a hacer el amor desnudos sobre el suelo, esta vez mi- rándose directamente a los ojos como si fuera su primera vez.

Lorenzo, desnudo, no es consciente de su belleza natural. A Paz le gusta así, fuerte pero sin músculos: un hombre musculoso de gimnasio sería un estereotipo demasiado corriente, casi vulgar. La segunda vez todo ha sido más tranquilo, se tiene que equili- brar el sexo salvaje que han hecho la primera vez, hay que vol- ver a ser personas evolucionadas. Después de la segunda vez, tras relajarse mental y físicamente él le susurra

Ríen de placer. Se visten y vuelven a aparecer en la cena entre sus amigos, suben dos escalones en la pirámide de la evolución humana, vuelven a la sociedad.
iBienvenida!

Paz prueba “su” sangría, fría como le gusta, dulce y no dema- siado fuerte.

De repente, Paz mira a Lorenzo sonriendo con picardía y le dice al oído: “Se me han olvidado las bragas en el taxi”