Las vacaciones son vacaciones

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Este año mi cuerpo, mi mente y mi alma se han confabulado en mi contra para que descansara. Me mandaban señales con un cuerpo agotado, un poder de concentración escaso o un espíritu raquítico. Y, aunque llegar al “climax” del reposo es árduo: llego a mi destino acelerada, me pongo un millón de cosas para hacer los primeros días para acabar de agotarme, toco fondo y de ahí empieza mi fase de ralajación. Sé cuando empieza esta fase porque empiezo a moderar mi ritmo, a relajar los músculos de mi cara y me doy cuenta de que por fin escucho con atención cuando me hablan.

Ya estoy en mi fase de descanso, lo sé con certeza porque hay “minutos” en mi día en los que no se que hacer y esto (ahora que lo estoy escribiendo) me hace reir y temblar al mismo tiempo…

Pero bueno estoy en mi fase de reposo y estos pensamientos profundos hay que dejarlos para el otoño, como mínimo.

La cosa es que salgo todos los días y en un días de esos, ya relajada, una persona (varón guapo) saliendo de un bar me agarró de la mano y me dijo al oído:

“Yo quiero tener tu energía”

Tengo que hacer una premisa: ese día había salido con pocas ganas, vestida mona pero normal y con un pelo para mi gusto horrible pero para la amiga que estaba conmigo “como siempre” yo creo que me parecía mucho a la señorita Rottenmeier de Heidi y la verdad es que estaba poco inspirada pero un vinito no se niega nunca a nadie y menos de vacaciones.

Así que me di cuenta que cuando nos ocupamos de nosotros mismos, cuando escuchamos a nuestro cuerpo a nuestra mente y a nuestra alma, nos dedicamos a nosotros mismos y escuchamos a los demás con conciencia no podemos hacer otra cosa que emanar energía positiva, buen rollo y paz.

Mi autoestima está por las nubes, estoy descansada, duermo bien, veo todos los días a mis amigos, me estoy alimentando como una campeona, buermo ocho horas de un tirón, me doy unos paseos infinitos y a veces no hago nada.

Son unas vacaciones perfectas.