“Ozark” (o la espiral de la ambición)

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Eduardo Párraga

Bien sabido es que el catálogo de Netflix no suele incluir muchas historias dirigidas a un público adulto. Por eso, llegar al final de la serie “Ozark” y saber que no tendrá más continuidad deja cierto disgusto y fastidio, pues pocas veces se encuentran dramas complejos tan bien construidos y desarrollados.

Lo que comienza con la llegada de los Byrde a los Ozarks buscando un lugar ajeno a las sospechas, donde expandir sus particulares negocios, poco a poco deriva en alcanzar unas ambiciones dormidas que sobrepasarán límites insospechados, con la esperanza (o autoengaño) de lograr un veleidoso bienestar mayor en el futuro que hará resarcirse a la familia de todo lo ocurrido.

Las espléndidas interpretaciones de Jason Bateman (quien demuestra que puede desenvolverse en el drama más que de sobra), Laura Linney (por su impactante actuación en una secuencia del capítulo doce de esta última temporada merecería el Emmy a Mejor Actriz que le han negado en otras ocasiones. Su trabajo se mantenido siempre espectacular desde el primer episodio de la serie) y Julia Garner sustentan esta excelente historia criminal que nos adentra en la vorágine del blanqueo de capitales, pero también en el astuto poder de las influencias, en una constante lucha por seguir ascendiendo (o quién sabe si cayendo) para sobrevivir.

La trama se centra en las emociones y también ahonda en la evolución del matrimonio Byrde (quizá más socios que enamorados), a través de la confianza, el resentimiento, los secretos o la rivalidad, así como las relaciones con sus hijos a quienes involucran, de forma descuidada, en sus negocios. Las miradas y conversaciones entre Marty y Wendy Byrde están llenas de complicidad y dobles sentidos. El espectador nunca sabrá hasta qué punto puede confiar realmente en ellos, sumamente hábiles en el uso de la persuasión.

Además, se desarrollan otros temas como el modo de prosperar dentro de las posibilidades a las que relega el fracaso personal, por medio del personaje de Ruth, quien en su búsqueda de cierto consuelo desarrollará una interesante y compleja relación paternofilial con Marty Byrde.

El guión mantiene un sólido nivel en cada temporada y se muestra intrigante y entretenido, donde se entrelazan la manipulación, la exploración de las lealtades, el juego de las apariencias,  los pactos sibilinos o  las amenazas veladas.

Mientras algunos personajes se ocultarán tras una máscara de cierta humanidad, para poder adaptarse a todo lo que ocurra a su alrededor, otros se la arrancarán rápidamente para conseguir sus fines a cualquier precio.

La dirección es pausada, llena de planos que se recrean con calma en los diálogos, el ritmo es sereno y la fotografía, con esos tonos azulados para enfatizar la frialdad de las acciones, remite al estilo empleado por Steven Soderbergh en “Traffic” (2000).

Con este fin de serie, “Ozark” volverá a batirse en duelo para tratar de ganar algún galardón en esta temporada de premios. Aunque, hasta la fecha, siempre se le ha resistido, en general,  la categoría de Mejor Drama, sabe salir victoriosa frente a pesos pesados. Como, por ejemplo, en esa edición de los Emmy 2019 donde Julia Garner venció a todas sus rivales de “Game of Thrones” en la categoría de Actriz de Reparto en Serie de Drama; al igual que Jason Bateman, quien no ganó por Actor, pero sí por Dirección en Serie de Drama, superando a los contrincantes de “GoT”.

Para quien esto escribe, “Ozark” y “Succession” deberían ganar ‘ex aequo’ el premio a Mejor Drama, pero dado que eso será bastante improbable, al menos disfrutaremos de una apoteósica batalla entre dos dignos rivales, en este fin de fiesta.

Sea cual fuere el resultado, el sobresaliente viaje a los Ozarks con los Byrde ha merecido la pena y su hueco en la historia seriéfila lo tiene garantizado.