Profesión de riesgo

“Lo esperamos afuera y lo reventamos”, dice uno de los jugadores de fútbol aficionado ante otros compañeros de equipo y aficionados. Un niño se lo cuenta a su padre que, en su intento de quitarle la angustia, le dice: “no es asunto nuestro”. Acaba el partido y el árbitro sale del campo. El niño nunca supo si los jugadores enardecidos cumplieron su amenaza, pero la secuencia le vuelve a la memoria años más tarde, cuando se entera de la muerte a golpes de un árbitro en Holanda a manos de un grupo de adolescentes.

Estas agresiones vuelven a los medios de comunicación por esa tragedia y por lo cerca que vio la muerte un árbitro español de 17 años que trabajaba en el fútbol aficionado en España. Un jugador de 28 años, además de policía nacional, lo derribó de un puñetazo por una decisión que no le gustó. Cuando estaba en el suelo, le propinó dos patadas que le reventaron el bazo. Los servicios de urgencia y una intervención quirúrgica a tiempo evitaron una tragedia. La suspensión del policía y la inhabilitación indefinida que lo alejan de los terrenos de juego no resuelve esta amenaza para los árbitros del fútbol aficionado.

Sólo en Sevilla (España) se han producido ocho agresiones a árbitros y 15 clausuras de campo en lo que va de temporada 2012-2013. Durante la temporada anterior, se produjeron 27 agresiones a árbitros y 34 jornadas de clausura de campos. El fútbol amateur depende de las federaciones locales y no hay estadísticas nacionales, pero lo ocurrido en Sevilla ocurre en Madrid, ha ocurrido en Holanda y ocurre en otros lugares del mundo.

“Pasión”, dicen unos para explicar las agresiones a los árbitros, los cierres de campos por lanzamientos de objetos y peleas en las gradas. Como si se pudiera equiparar violencia con pasión, sin la cual nadie pagaría por entrenar dos veces por semana y jugar un partido el domingo en campos que se parecen más a un patatal que al campo del Maracaná o el Estadio Azteca. Se necesita sentir el deporte para ir a ver al equipo del barrio cuando se puede ver desde el bar o desde el sofá al Real Madrid, al Barcelona, al Boca Juniors, al River Plate, al Milan, al Bayern Münich o al Manchester United.

Hay jugadores, entrenadores y espectadores en las gradas que utilizan el fútbol como válvula de escape de su frustración y su malestar, mezclados muchas veces con carencias emocionales o educativas. El nivel de estudios puede influir en el comportamiento de las personas dentro y fuera, pero la educación va más allá de tener una licenciatura o un doctorado, como lo demuestran el fútbol de ligas privadas con gente que tiene poder adquisitivo y el deporte infantil. Se producen insultos entre padres del mismo o de distintos equipos. Tampoco los entrenadores se salvan de los gritos que desacreditan su labor ante niños que aprenden del deporte tanto como en el colegio. Incluso hay señores y señoras que increpan a jugadores que no son sus hijos y obligan a los padres a decidir entre dejarlo pasar o subir el volumen.

Pero los árbitros de estas ligas se encuentran más solos que padres, entrenadores y jugadores, y cuentan con pocas medidas de protección cuando se producen incidentes violentos. Algunos jugadores denuncian la falta de preparación de los árbitros, aunque muchas veces no cuentan con jueces de línea y se dejan influir por su propia desprotección ante el ambiente que se genera dentro y fuera del terreno de juego. También se quejan de algunas actitudes prepotentes y de falta de diálogo. A la mínima protesta, tarjeta, a diferencia del “vete a la m…” y cortes de mangas que muchos profesionales le dedican a los árbitros ante las cámaras de televisión, sin consecuencia alguna.

Además de la educación de casa, otra clave para atajar la violencia está en los equipos directivos de los equipos aficionados. En ellos está exigirles a entrenadores y jugadores ganar partidos, pero no de cualquier manera. También está en sus manos censurar en las gradas comportamientos que manchan el nombre del club que presiden y el deporte que con tanta pasión promueven.


Carlos Miguélez Monroy
CCS

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