Querido profesor

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El seminario

Lucía está en el seminario que ha organizado el departamen- to financiero de la compañía donde trabaja, junto con La Uni- versidad Católica del Sagrado Corazón de Milán; el programa es interesante, con temas que desde hace tiempo quería haber tratado con más detalle. Antes de la ponencia que precede al almuerzo, están controlando los ponentes que hablarán en la si- guiente sesión.

Levanta la vista del programa y se fija en el hombre que está hablando con su jefe.

“No está nada mal”, piensa.

Sigue estudiando el programa pero lo deja cuando ve que los tres conferenciantes de la próxima mesa redonda se están aco- modando en la tribuna. El primer ponente se levanta y Lucía reconoce al hombre que antes estaba hablando con su jefe. El orador se encuentra delante del atril, antes de iniciar su presen- tación cruzan sus miradas, Lucía percibe un áurea dorada que envuelve todo el cuerpo del orador, de pronto, percibe también una onda de calor en todo su cuerpo y se siente incómoda, la mi- rada se interrumpe y cuando el ponente empieza a hablar siente como si se hubiera caído del cielo sobre su silla.

“¿Qué ha pasado?” se pregunta alucinada, “¿un rayo?” Vuelve en sí, tras unos segundos, y escucha la presentación del ponente, se presenta como el profesor Lawrence Goldman de la Northwestern University di Evaston, Lucía controla el programa para ver si han adjuntado su currículo, pero no lo en- cuentra. Intenta estar concentrada para prestar atención a lo que dice el profesor, pero no lo consigue y entonces piensa que tiene que encontrar una pregunta “brillante” para hacérsela durante el descanso del café.
Le observa con atención, se da cuenta de que está incomo- do en el traje y con la corbata, siendo americano lo encuentra normal, lleva gafas que se quita continuamente, manos grandes que sostienen con fuerza el atril, está seguro de lo que está ex- poniendo: un tipo intelectual, concluye Lucía. La presentación le parece demasiado técnica a Lucía, y es precisamente en toda la parte técnica cuando Lucía encuentra la pregunta “brillante” y fuera de todo esquema, que le hará.

“Ahora me puedo relajar”: piensa Lucía.

Mentalmente repasa cómo se ha vestido esta mañana: “puedo
parecer seria, vestido con colores vivos, sin medias y sandalias, la cazadora corta, de cuero, me da el punto de “rebelde sin cau- sa” pero me tenía que haber levantado 15 minutos antes en vez de vaguear en la cama y haberme lavado el pelo”.

Acaban de hablar los 3 ponentes, descanso para el almuerzo y después, el café. Lucía habla con algún que otro compañero pero tiene “a su profesor”, en todo momento, vigilado. De re- pente, ve que está hablando con el jefe del departamento finan- ciero a quién le suena el móvil.
“Ahora o nunca”, piensa, y se decide a aproximarse a él, lista con su pregunta “brillante”

Se acerca, se presenta, él sonríe y se dan recíprocamente la mano sintiendo un calambre, ríen; Lucía nota que se está po- niendo roja como un pimiento y el profesor le coge una mano con las dos suyas. Intenta retomar las riendas de la situación sin mucho éxito y empieza un discurso espléndido que culmina con su pregunta “brillante” y con una actitud reluciente… un auténtico desastre.

El profesor escucha con interés e intenta contestar a las pre- guntas que hace Lucía con tanta prisa, la situación es muy estre- sante para ella; gracias a Dios llega el anuncio de la próxima sesión y se miran, no sabiendo si ir a sentarse, para continuar con la conferencia o cogerse la mano y escapar juntos para siempre. Lucía se siente exhausta, sin fuerza, se sienta con uno de sus compañeros perdiendo de vista al profesor. Está sudada, incómoda con la ropa, como si acabara de luchar en una batalla. “¿Pero qué pasa?”, se pregunta, “ tengo 40 años, ¡¡no puedo
perder el control de la situación así como así!”

Las ponencias de la tarde no le dicen nada, pierde el tiempo
leyendo el programa una y otra vez y no consigue estarse quieta, el compañero del departamento legal que está cerca de ella la mira mal, Lucía levanta las cejas como diciendo “no aguanto más”. Lucía piensa y piensa en todo lo que ha pasado y en los nervios que nota como aparcados en su estómago.

Como un torbellino empieza a hacerse todo tipo de preguntas: “¿Le gusto? ¿hará él el próximo movimiento? ¿estará casado? ¿tendrá hijos? ¿cuántos años tiene?”
No puede más y decide irse justo en el momento en el que la gente comienza a aplaudir porque han finalizado todos los ora- dores. Se levanta y sigue al rebaño, llena de desazón, tristeza y enfadada consigo misma por su falta de autocontrol.

Ya casi en la puerta, se está marchando a casa, rendida, cuando se le encuentra justo delante: el profesor le da la mano para salu- darla y Lucía, muda, emite una especie de gruñido sin decir nada, el profesor desaparece, dejándole un trozo de papel en la mano.

El mensaje

“Soy un optimista, en la soledad de mis 51 años, continúo rindiéndome ante la experiencia para dar siempre prioridad a la esperanza”

Me gustaría que me acompañaras esta noche a cenar. 20:30. Restaurante Antico Arco, Piazzale Aurelio, 7. Lawrence”

El compañero del departamento legal agarra a Lucía antes de que sus huesos acaben por la escalera.

“¿Habría alguna mujer en el mundo que pudiera rechazar se- mejante invitación? Se pregunta Lucía. “Por supuesto que no”, se responde

El profesor lo sabe, no ha dejado ni siquiera un teléfono donde R.S.V.P y ha dado la información necesaria, solo, para acep- tar. Está soltero, tiene 51 años y el factor más importante: sabe escribir.

La preparación

Lucía llega a casa presa del pánico, desde el coche ha llamado a sus amigas para pedir consejo de cómo vestirse y de cómo comportarse, Lucía se comporta como una adolescente pero sus amigas son aún peores. Han ido a la página web de la Univer- sidad a ver la foto del profesor y le han aprobado por mayoría absoluta, la pena es que con la elección de la ropa y con el com- portamiento no hay consenso.

Hay quien dice que hay que arriesgarse, hay quien dice que no hay que asustarle, “no te preocupes”, ha dicho una amiga, ”es americano y no entiende de trapos”. Alguna dice que es mejor no aceptar la invitación, otra que debe follar enseguida para relajarse cuanto antes, hay quien dice que habría que es- perar. Lucía toma sus decisiones: la primera, a la cita va a ir, la segunda, se va a lavar el pelo y la tercera, pantalón negro estrecho, sandalias con taconazo y camisa sin mangas de seda beige con cinturón.
Antes de meterse debajo de la ducha nota un calambre en el estómago, tiembla ante el pensamiento que se le acaba de cruzar por la cabeza, va a controlar la agenda mientras deja correr el agua de la ducha.

“Mierda, mierda y otra vez mierda, la regla” dice en voz alta.

El primer día del ciclo de Lucía es como las Cataratas del Niá- gara en su máximo esplendor, no sabe todavía si quiere acostar- se con él ¡pero Niágara ha sido un golpe bajo! Piensa en el plan A y cogiendo el teléfono llama a su ginecólogo al que conoce desde hace muchos años.

“Hola, Antonio, perdona que te moleste pero… hoy tengo una cita romántica y me acaba de llegar la regla, entiendes, mi “regla”, me preguntaba si existe una píldora como la del día después, pero del día antes… algo que me coagule de raíz la menstruación. Antonio, Antonio”

Antonio ha colgado el teléfono en la cara a Lucía, que pasa al plan B, o sea, usar un tampón medida mamut hembra y llevarse otros 10 en el bolso. Si decidieran acostarse se plantearía qué hacer.

Son las 19.30: está lista. Sus amigas la llaman para saber qué se ha puesto y aprueban la elección. Se repasa en el ordenador las ponencias del día que le han llegado por correo electróni- co, servirán, , para romper el hielo, “qué aburrimiento”, piensa, pero por algún sitio hay que empezar.

La cena

Abre la puerta del restaurante a las 20:35, rezando para que haya llegado. Lucía ha aparcado a las 20:25 pero ha esperado en el coche 10 minutos para no llegar antes que él, está nerviosa.

Le ve en seguida levantándose de la mesa para recibirla y le sigue. Hablan del seminario, de sus trabajos, él está tranquilo y relajado y esto hace que Lucía le acompañe y comience a dis- frutar también ella de la velada. Lucía elige un vino blanco y él se sorprende por todo lo que sabe sobre vinos, vides, bodegas y años de cosecha.

“Si lo hubiera sabido” piensa Lucía “no me hubiera leído to- das esas presentaciones aburridísimas.”

Cuando llega el segundo plato el ambiente está más relajado gracias al profesor, que hace que se sienta a gusto, el vino ayu- da. Lawrence habla de manera muy natural de sus dos mujeres, de sus hijos que ya son mayores y de su vida.
Lawrence sabe escuchar, pregunta con curiosidad e interés a Lucía por su vida y escucha con atención todo lo que dice, lo que más le gusta a Lucía es que repite continuamente su nombre:

“Lucía, ¿quieres más vino? Lucía, ¿qué piensas sobre esto? Lucía, ¿has estado en América?”

No es cómo lo pronuncia, oírle decir su nombre le produce un efecto maravilloso. Para el postre y, sabiendo que será el golpe de gracia, después de haber acabado una botella, Lucía pide una copa de Sauternes, el profesor lo bebe y una vez más se sorpren- de por la elección del vino y por el buen gusto de ella.

Después de cenar

Todo parece un sueño, cuando están saliendo del restaurante, Lawrence le pregunta si quiere ir a su hotel.

El profesor sor- prende a Lucía por ser un excelente estratega: se hospeda justo en el hotel que está al lado del restaurante, Grand hotel Giani- colo. Elección acertadísima, Lucía no hubiera podido conducir. Acepta.

Está un poco “alegre” pero es feliz y se siente ligera como una pluma.

Si se hubiera encontrado delante de la cama todo hubiera sido demasiado directo: se sientan en el sofá, él empieza a besarla, su lengua está templada, las manos la acarician con cuidado y todos sus movimientos con sensuales y seguros. Cuando ella entiende que la cosa irá más allá respira y dice:

“Menos mal que tiene una suite” piensa Lucía al ver la habitación.

“Houston tenemos un problema” Él se ríe y Lucía le explica lo que pasa, Lawrence responde una vez más con sus besos y le dice susurrando que para él no hay ningún problema.

Acaban de hacer el amor, hay poca luz, tranquilidad y satis- facción mutua. Se ha hecho tarde y se abandonan al sueño, están cansados, todos sus sentidos se han visto implicados, el vino ha sido también protagonista y las luces del alba se comienzan a ver a lo lejos. Lucía se despierta tras 3 horas, son las 8.

“¿Es tarde?” Se pregunta, no lo sabe. ¿Qué día es hoy?” otra pregunta. “Viernes” se responde “Es tarde” y sale con prisa de la cama.

Mira a su alrededor y dentro de la cama, pensando que su amante está muerto por la cantidad de sangre que hay en las sábanas.

“Parece un capítulo de CSI” piensa y mira atentamente a su profesor para ver si respira. “Qué vergüenza”, reflexiona, mien- tras recoge toda su ropa, tirada por toda la suite, corriendo pero con cuidado para no hacer males mayores.
Sale del baño mínimamente recompuesta y ve que su amante sigue durmiendo. “Es guapo”, piensa, el profesor duerme pláci- damente, tiene una piel blanca, le inspira ternura, está de lado, despeinado, parece relajado y sin ningún problema.

Lucía sabe que le encontrará por la mañana en la conclusión de los trabajos del seminario así que le besa y se marcha. En la recepción dice que le despierten dentro de media hora.

El futuro

Lucía corre a casa para cambiarse, controla el móvil y sonríe cuando lee los mensajes de sus amigas que han abierto una chat con el nombre “querido profesor” para hablar de su conquista. Ahora no tiene tiempo para responder.

Lucía se mira en el espejo del baño, tiene una energía única, se ve guapa y sonriente. Está un poco blanca pero es la única pista que da de sus pocas horas de sueño. Tiene solo 45 minutos para ducharse, cambiarse y llegar a la conferencia. Obviamente llega con retraso. Su profesor está ya en la tribuna junto con los demás oradores. Sus miradas se encuentran, ella le sonríe y nota cómo se pone roja y entra en proceso de ebullición.

El programa de clausura prevé 2 horas para concluir la jor- nada de trabajo más el tiempo para las preguntas. Lucía cuenta los segundos para que acabe todo y poder estar un poco más de tiempo con su profesor, le echa de menos. Tras las interven- ciones que hace el público, el Rector de la Universidad que ha organizado la conferencia toma la palabra para dar las gracias a todos y anuncia, con gran entusiasmo que, después de años y años de peticiones de colaboración y coqueteo despiadado, el profesor Goldman de la Universidad di Evaston ha aceptado el puesto de Director de los proyectos Internacionales de la Uni- versidad Católica.

El Rector está encantado y felizmente sorprendido porque ha sido precisamente esta misma mañana cuando Goldman le ha dado la noticia.

“Seguramente” continúa el Rector “Goldman ha tenido un amor a primera vista de nuestra espléndida ciudad”. Lucía des- de la platea y Lawrence desde la tribuna se miran y sonríen.

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Zulma Arroyo
Zulma is a facilitator with an intuitive ability to work with people from diverse ages, social and cultural backgrounds. Since 2010, she’s been sharing insights in her column Spiritual Storehouse.