Sobrevivir

Escrito el 05 Mar 2019
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¿Cuándo empezó todo? El momento lo recuerdo con la precisión de un reloj suizo y, cuando vuelve a mi mente, las mariposas sin vida que tenía en el estómago se toman un descanso en su letargo y aletean.

Estábamos en la terraza esplendida de la casa de Paolo, contemplando esa bahía que por casualidad la tocaba estar serena.

“Estoy saboreando mi paraíso” le dije mirando el espectáculo que ofrecía el mar y él, mirandome a mí, me dijo:

“Yo también el mío…”

Pero antes de ese momento, que se parece a perder el suelo bajo los pies, a no sentir ni frío ni calor y a que cada vez que recuerdes la frase y el momento las mariposas se te revuelvan de nuevo en el estómago. Antes de este momento habían pasado 3 años, el antes y el después, el año cero, la nueva vida.

***

Abro los ojos, no me puedo mover, creo que tampoco oigo, veo todo con una espesa capa de niebla, noto mucho alboroto, poco a poco recupero los cinco sentidos, un médico me mira con una linterna los ojos, y un trajín infinito de enfermeras que entran y salen de la habitación, no recuerdo como he acabado en esta cama, tengo la cabeza libre de recuerdos.

Cuando giro mi cabeza hacia la izquierda veo detrás del cristal a una señora mayor que llora al lado de dos chicos jóvenes mi cerebro se conecta, es mi familia levanto la mano como para saludar y veo que los tres se abrazan.

No me cuentan lo que ha pasado, solo hablan del “accidente”, de momento no me interesa. He pasado casi un mes en estado de coma y la recuperación va a ser lenta, en el “accidente” me he roto casi todo y me han cortado el pelo al cero, parece que acabo de salir de un campo de concentración. Otro mes en el hospital recuperándome, luego rehabilitación y un psicólogo que me ayuda con el proceso de recuperación de la memoria o mejor con los agujeros negros que me acechan. Para seguir con la convalecencia, y porque no quiero dar la lata a mi familia, me han aconsejado una comunidad de religiosas que acogen personas con problemas como el mío.

Pregunto a María, mi psicóloga cual es mi problema ya que me acuerde solo de las cosas buenas.

“¿Cómo es posible?”

“Seguramente es el instinto de sobreviviencia” Me responde.

“Pero… yo no quiero sobrevivir yo quiero vivir”.

María me abraza.

Llego a mi nuevo hogar hecha unos zorros, estoy más fuerte (gracias a los túper de mi madre que me pasaba de contrabando en el hospital) aún así, puedo estar levantada como mucho tres horas al día, el paseo de veinte minutos lo hago apoyada a un bastón. Intento no molestar mucho pero por desgracia las fuerzas no me acompañan y dependo de mis compañeras y de las monjas que son mis ángeles custodios.

Somos un grupo de diez mujeres, la que peor está físicamente soy yo las demás han tenido “accidentes” dentro y fuera del cuerpo. Al cabo de diez días consigo pelar patatas, comer sin ayuda y paseo por el pueblo con una monja, Caridad. Caridad abulta el doble que yo y no para de hablar, conoce a todos en el pueblo. Me presenta como “vive con nosotras” vamos a hacer la compra juntas y me ha enseñado a regatear. Lo peor que llevo es el pelo, además se ha vuelto completamente blanco. Mis hijos y mi madre me vienen a ver con frecuencia, me siento querida pero no sé como demostrarles mi amor, no me acuerdo de muchas cosas.

El pelo va creciendo y Caridad un día me lleva a un peluquero para teñirlo de rubio, dice que pareceré una francesa, y… tiene razón. Al parecer Caridad es una “it monja” si existiera el perfil. El color de mi piel es más humano, mi pelo es como el de una francesa, mi cuerpo empieza a llenarse pero la cabeza sigue sin recordar todo. Todas me dicen que es mejor.

Ayer llegó Natalia, un pajarillo desplumado con el alma rota. Tengo que cuidarla, habla poco, tiene el pelo muy rubio y una piel tan blanca y transparente que parece que se va a desquebrajar, tuve que ayudarla con la ducha y me quedé paralizada cuando vi el cuerpo de la pobre chiquilla tan magullado.

Esta mañana en el huerto, estamos las dos solas recogiendo patatas. Veo con el rabillo del ojo a un hombre joven gritando como un energúmeno:

“No serás mía ni de nadie, eres solo una fulana que se acuesta con todos, hasta que no acabe contigo no descansaré…”

En ese momento la chispa de de mi memoria perdida se activa y en menos de una décima de segundo pasa por mi cabeza de manera nítida la realidad de mi “accidente”.

El padre de mis hijos, ahora lo veo claramente después de una vida de violencia física y psíquica con denuncias y orden de alejamiento intentó acabar con mi vida a golpes y pensando que lo había conseguido se tiró por la ventana. Me dieron por desahuciada pero la llama de las personas buenas tiene que tener seguramente más mecha.

Vuelvo a la realidad del huerto y veo que la fiera se acerca corriendo hacia la pobre Natalia que se queda inmóvil le agarra por los pelos y en el momento que intenta asestarle un navajazo le golpeo con el rastrillo que tengo en la manos dejándolo KO, sigo golpeándole con una rabia que no reconozco hasta que Caridad me para y caigo al suelo con mi memoria intacta.

Continuará…

Irene Calvo
Acerca del Autor
Roma, I love you: Moda y otras historias...