Hispanos de Delaware “volvieron a nacer” en Las Vegas

“Te amo mamá”

Cuando la madre de Cindy García despertó la mañana del 2 de octubre, pudo ver en su celular un mensaje “Te amo mamá”.

No tardó en averiguar que su hija pequeña, quien había viajado a Las Vegas para asistir junto con unos amigos a una boda, había vivido la situación más dramática de su joven vida.

“La boda se había celebrado e íbamos a utilizar los días siguientes para disfrutar de la ciudad”, dice García quien visitaba por primera vez Las Vegas.

La noche del 1 de octubre mientras el grupo comía algo, García recibió la llamada de una amiga de Delaware alertándole que había noticias confusas respecto a alguien que estaba disparando a la gente desde un hotel céntrico de la ciudad y recomendándole que permaneciese en el hotel. Sin embargo, García echó un vistazo al exterior y todo parecía normal por lo que el grupo continuó con sus planes de ir al Light Concert Vegas (perteneciente al complejo Mandalay Bay).

Sobre las 10:40 pm y cuando iban a acceder a los lavabos del edificio antes de entrar al concierto, una señora les impidió el paso diciendo “ahora no, ahora no”. Es entonces cuando escucharon dentro del edificio el grito “Francotirador” (“Shooter”) y la pesadilla comenzó para ellos.

“Nos quedamos atrapados en mitad del puente intentando acceder al otro lado de la calle; nunca antes había visto nada semejante, gente corriendo mientras sus celulares y carteras se caían, una madre que agarraba a su bebé sosteniéndolo con un brazo y con el brazo libre y a la carrera, empujaba la carriola, vi niños desencajados corriendo”.

En esa huída se cruzaron en su camino hispanos que decían haber visto al tirador en el ala derecha del edificio por lo que el grupo corrió en sentido contrario.

En ningún momento oyeron los disparos ya que el sonido del concierto de Rt. 91 impedía oírlo.

Un muchacho cayó sobre García en plena huída y le preguntó si sabía de un lugar seguro. Le indicó un área hacia la que se dirigieron seguidos por un grupo de otras diez personas que se unió al suyo. En el supuesto área segura las tiendas estaban cerradas.

“Creo que Dios me iluminó porque pude ver una pequeña tienda que era la única que estaba abierta, nos dirigimos hacia allí y le pedí a los dos empleados que había que nos dejaran refugiarnos allí porque todos estábamos en peligro”.

García recordó todo lo aprendido para defenderse en situaciones semejantes, y lo puso en práctica, apagaron luces, desconectaron celulares y permanecieron en silencio, esperando a que un policía llegase y dijese que todo había terminado.



“Hubo momentos de pánico especialmente cuando el hombre de un matrimonio que se nos había unido estaba tomado y decía a gritos que quería salir de allí porque él no tenía miedo”.

Cuando el pánico comenzó a adueñarse del grupo, García mantuvo la serenidad y le dijo a los empleados que dejasen salir a la persona ebria, mientras rogó a su esposa que permaneciese en el lugar, escondida con ellos.

La espera, ocultos en el fondo de la tienda, duró una interminable hora y media, en la que dos personas del grupo sufrieron ataques de asma, y otra un ataque de pánico. García tranquilizó a los enfermos “lo más importante era lograr que estuviesen tranquilos, sin moverse y en silencio” y les obligó a respirar lenta y pausadamente. El grupo se relajó aunque la puerta del local era de vidrio y podían ver en el exterior a la gente corriendo.

Mientras, García habló con Delaware, envió la localización del grupo en Las Vegas y esperó ayuda del cielo.



“Soy creyente, comencé a rezar, a pensar en mi familia, a mandar un mensaje de despedida de mi madre, a arrepentirme de mis culpas cualesquiera que fueran y a ponerme en paz con Dios; después comencé a visualizar mi propia muerte, cómo entraría el tirador, dónde me dispararía, si me dolería, si moriría en el acto o no… fue horrible”.

Transcurrida una hora y media, un policía llegó al lugar y les dijo que el tirador tenía heridas de bala y que estaba bajo custodia policial; indicándoles que se fueran directamente a sus hoteles.

Sin embargo, la odisea aún no había terminado, en ese regreso al hotel tras hora y media escondidos y los veinte minutos previos huyendo a la carrera descalza, los pies de García estaban llenos de ampollas.

“Cuando nos disponíamos a atravesar el puente que llegaba a la puerta del hotel, los servicios de SWAT no nos dejaron continuar: algo estaba ocurriendo en la parte central del puente”.

Les pidieron que se alejasen del lugar, prohibiéndoles atravesar el puente.

“Después de un rodeo que se nos hizo interminable llegamos al hotel, la mitad del edificio estaba cerrado obligando a las personas que llegábamos a acceder por una sola vía”.

Inmediatamente, al llegar a su habitación García conectó la televisión y empezó a escuchar como a cada minuto las cifras de fallecidos en el tiroteo iban en aumento.

Los días siguientes, Las Vegas era una ciudad fantasma. La gente no salía a la calle y las actividades habían sido suspendidas. El martes 3 de octubre la gente comenzó a salir lentamente.

García deseaba regresar con su familia desde la misma noche de los hechos, pero tuvo que esperar hasta el miércoles para tomar el vuelo que tenía concertado. Durante ese tiempo, sólo salió de su habitación para comer.

“Uno de los días conocí a una mesera que me contó tenía dos amigas, una que había fallecido como consecuencia de los disparos y la otra en estado muy grave con un disparo intercostal”.

La mesera relataba “Nuestra ciudad es un pueblo, todos nos conocemos y por éso da aún más miedo que el que haya provocado esta masacre sea uno de nosotros”.

Las Vegas tiene tan sólo 583,756 habitantes censados. Sin embargo, cada año acuden 42 millones de personas en forma de turismo masivo. Hechos como el sucedido incidirán negativamente en el turismo de la ciudad.

García está convencida de que el que el grupo que lideró saliese ileso del tiroteo ha sido un milagro.

“Dios me dio la fuerza para salvar al grupo, tenía que sacarles adelante y después regresar a abrazar a mi familia”.

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