Trump ya ganó, aunque (ojalá) pierda

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Por Alberto Avendaño

En Butler, Pensilvania, el presidente Donald Trump le dijo a cientos de sus desenmascarados y enardecidos fanáticos que si él volvía a llegar a la presidencia, iba a poner a una mujer en la Luna y a un astronauta en Marte. Ni una palabra de la crisis, en varios frentes, que vive el país. Luego habló de Dios y Patria, amenazando a esos deportistas que se arrodillan durante el himno nacional en protesta por los problemas raciales del país. Dios es la herramienta con la que el trumpismo intenta desmontar la constitucionalidad vigente de separación entre la iglesia (religión de base cristiana, en el idioma Trump) y el estado de todos. Dios es también todo esfuerzo para derogar leyes que protegen la salud reproductiva de las mujeres, para introducir la enseñanza del cristianismo en las escuelas públicas y para ganar la “Guerra a la Navidad” (frase de Trump) declarada por “socialistas” y “anarquistas”. Todo eso es Dios.

En medio de una de las grandes crisis socioeconómicas de los últimos 100 años, el presidente de Estados Unidos no ofrece una visión de superación o de futuro, sino de temor y división. Hace cuatro años, el enemigo eran los “inmigrantes asesinos”. Hoy el peligro no es el coronavirus o la crisis económica o el precario acceso a la salud de millones de estadounidenses. El peligro que hoy Trump deletrea para sus fervientes votantes son los enemigos de Dios, de la Patria y del “American way of life” que los demócratas (“socialistas”, palabra de Trump) quieren destruir.

Este tipo de liderazgo no es nuevo: Hitler, Mussolini, Franco o cualquier dictador latinoamericano de ayer y de hoy, han entonado el himno del temor para enardecer fanáticos mientras no ofrecen salidas o esperanzas articuladas en principios humanistas, democráticos o mínimamente racionales. Por eso Trump ya ganó. Porque la canción del temor es entonada por millones de votantes estadounidenses. Pero, en este ciclo electoral, hay otra técnica de la comunicación con la que Trump vuelve a tener éxito entre sus fanáticos: Acusar a sus enemigos de aquello de lo que él es culpable. Veamos algunos ejemplos:

  1. Trump acusa a su opositor demócrata, Biden, de “corrupto” y “criminal”. Todas las investigaciones hechas sobre Biden y su entorno lo han librado de esas acusaciones. Pero, sin la protección de su cargo, Trump podría enfrentar a la justicia en temas como sus impuestos, haberse beneficiado económicamente mientras ejercía la presidencia, o acusaciones de acoso sexual.
  2. Trump acusa a Biden de ser un peligro para la seguridad nacional. Pero es Trump quien ha estado siempre del lado y al lado del presidente ruso, Putin. En la memoria de las imágenes políticas está aquella rueda de prensa, en Helsinki, en la que Trump dijo que, sin importar lo que dijeran los servicios de inteligencia de Estados Unidos, él confiaba más en la palabra de Putin. Más recientemente, en junio, cuando se supo que Rusia pagaba a milicianos afganos por cada soldado estadounidense abatido, se le pidió a Trump que pidiera explicaciones a Rusia ante esa afrenta. Nunca lo hizo. Es más, cuando se le preguntó al respecto dijo que no sabía nada (¿El presidente de Estados Unidos ignora lo que saben sus servicios de inteligencia?). Y luego su jefa de prensa, en lugar de hablar del tema, se limitó a atacar al New York Times acusándolo (la táctica Trump de acusar al otro) de “noticias falsas” cuando era una noticia confirmada y diseminada por multitud de medios, con fuentes verificadas.
  3. Trump acusa a Biden del desorden y las manifestaciones violentas en ciudades estadounidenses contra la violencia policial. Lo que ocurre es que ese desorden ocurre mientras Trump es presidente y, con todo su poder de “ley y orden” no ha sabido o no ha podido contener las manifestaciones. ¿Le interesa el desorden? Ya ha enviado a la Guardia Nacional (algo poco usual en Estados Unidos) a reprimir algunas manifestaciones. ¿Enviará al Ejército en un segundo mandato? Hay que decir que la gran mayoría de las manifestaciones contra la violencia policial han sido pacíficas. Y en todo momento ha faltado la voz del presidente para calmar los ánimos. Hasta el punto que fanáticos de Trump, con banderas nazis, han llegado a matar manifestantes. Mientras el presidente guardaba silencio o hablaba solamente de los “anarquistas” y “antifascistas” que “quieren destruir nuestra sociedad”.
  4. Trump acusa a Biden de vender Estados Unidos a China. Pero es Trump quien tiene negocios, una cuenta bancaria y quien paga impuestos en China. Es Ivanka Trump quien tiene siete marcas registradas en China. Fue Trump quien acabó con el acuerdo comercial transpacífico, empezado por Obama, que hubiera creado un marco regional de mayor competencia con China. Fue Trump el primero en alabar la gestión del Covid-19 que hizo el presidente chino, Xi. Fue Trump quien se retiró de la OMS dejando el liderazgo a China. Además, según el libro de su ex asesor de seguridad nacional, Bolton, fue Trump quien le pidió a Xi ayuda con su reelección en Estados Unidos y le dijo que siguiera construyendo campos de concentración en China.
  5. Trump acusa a Biden de dañar la economía con su “obsesión” por la pandemia. Pero es Trump quien sigue inflando la deuda del país y, con su negativa a actuar ante el coronavirus, al que negó primero y minimizó después, ha llevado a Estados Unidos a una espiral de muertes, crisis hospitalarias e inseguridad económica.
  6. Trump acusa a Biden de dañar a la economía estadounidense con su “obsesión” por el cambio climático y las energías alternativas. Pero es Trump quien prometió lo imposible a los estados productores de carbón hace cuatro años: Él nunca cerraría minas y la energía sucia volvería a campar a sus anchas en Estados Unidos. La realidad es que, durante su mandato, la producción de carbón se desplomó hasta el punto que uno de los grandes empresarios del sector, que hace cuatro años les dijo a sus trabajadores que votaran por Trump si querían mantener sus puestos de trabajo, ha suspendido pagos e iniciado despidos.
  7. Trump acusa a Biden de hacer que el mundo domine a Estados Unidos, mientras él quiere America First. Pero Trump, al retirarse o despreciar su presencia en los grandes foros internacionales (ONU, OTAN. OMS…) lo que hace es abrir la puerta del liderazgo internacional a otras potencias o grupos. Cuatro años más de Trump podrían traer una mayor retirada de presencia militar estadounidense en Europa (incluida la base de Rota, en España) lo que sería una invitación a Rusia, por ejemplo, para intentar cierta hegemonía en el Mediterráneo.
  8. Trump acusa a Biden de mentiroso. Pero, entre todos los medios que tabulan lo que sale por la boca de Trump, The Washington Post ofrece un listado de más de 20.000 mentiras de Trump desde que asumió la presidencia.

Las mentiras repetidas pueden parecer verdades. Pero las estupideces repetidas de Trump no lo hacen más inteligente, sino más peligroso. Una de las pocas cosas que Churchill tuvo claro en la guerra contra Hitler es que con ciertas ideologías no se negocia, se las vence. Es bueno recordar que Trump no es más que un mediocre empresario cuya función es canalizar una ideología que tuvo una de sus encarnaciones en la Europa, y el mundo, de los años 40. Su aislacionismo a la americana tampoco es nuevo, como no lo fueron sus graves consecuencias en la historia estadounidense. Este canalizador del caos, disruptor de alianzas, y despreciador de la democracia como sistema de convivencia ya ha ganado su guerra particular contra el sistema. Y cuenta con millones de votos que hay que derrotar.