UN AÑO SIN COVID 3

LA FELICIDAD

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Irene Calvo

Y… sigo contando cosas sobre mi periplo en Boston 2020 Covid free donde, por casualidad y gracias a mi súper aplicación que me avisaba de los eventos gratis en la ciudad, aterricé en el mundo de la felicidad. Un mundo donde solo llegamos si queremos y donde muchas veces estamos y ni siquiera nos damos cuenta.

Así que aquí estoy, en el Harvard Business School, un campus maravilloso. ¡Me encanta! Me da pena porque, a pesar de que está a quince minutos andando desde mi casa y que para llegar tengo que cruzar el rio, algo que me fascina hacer en esta ciudad, lo he descubierto casi al final de mi estancia en Boston, una lástima.

En el campus busco (sin encontrar) a Ryan O’Neal.

“¡Oliver!” Grito mentalmente, manifiéstate y haz de mí lo que quieras.

Pero me calmo, ya que he venido a encontrar la felicidad y no el amor. Estados Unidos es famoso por el dos por uno así que no cierro las puertas a nada y, por si acaso, ni los ojos.

Como he venido con tiempo de sobra, me paseo por el Campus descubriendo que es todo maravilloso, las casas, los jardines, las esculturas, el silencio, no hay coches… tengo que volver para comer en un banco, me pega todo hacer eso, creo que si como sentada en un banco viene Ryan seguro…

Pero bueno, centrémonos en la conferencia, el centro donde se organiza la reunión no tiene desperdicio y no hay ni un sitio libre, menos mal que había reservado. Al ponente, Arthur Brooks, le doy un bonus porque ha vivido muchos años en España y porque además es músico. Carrera que aparcó cuando se dedicó a estudiar y a dar clases sobre la felicidad. El contenido de su ponencia es simple e ilustra todas sus ideas con ejemplos prácticos y sencillos, lo digo siempre: los oradores norteamericanos son extraordinarios, rompen el hielo con un chiste donde se toman ellos mismos el pelo para que les veas como personas cercanas y así te conquistan.

Lo mejor de Arthur Brooks es la sensación de que te está contando, con mucha tranquilidad, que puedes ser feliz o que lo eres y no te estás dando cuenta. Pero: ¡cuidado chicos! que, a veces, y por más que nos obcequemos en seguir una quimera, tenemos que mirarnos al espejo para convencernos a nosotros mismos de que no es el camino justo.

En este momento habla por experiencia personal, ya que cuando él era músico se dio cuenta de que por más que estudiara, que practicara o que siguiera ensayando, ya había llegado a su tope y no iba a ser nunca, nunca, nunca el Cristiano Ronaldo de la música.

Confiésate a ti mismo que como músico ya no vas a dar más… y que, además, no eres feliz. Con esta conciencia, cambió por completo de trabajo.

Yo me río por lo bajinis (y por lo “altinis”) porque nosotros, los occidentales, temblamos solo pensando que tenemos que salir medio milímetro de nuestra zona de confort o cruzar de acera porque están haciendo obras y nos ponemos a discutir con lo obreros porque queremos ir como los burros y hacer lo que hemos hecho siempre.

La moraleja es: ¿y si cruzamos de acera y encontramos una sorpresa bonita? ¿y si en otro sitio somos más felices? o mejor, somos diferentes y nos gustamos más, Arthur abrió mis ojos, mi alma y mi mente.

Cuando acaba la conferencia y vuelvo a casa cruzando el río pienso:

“¡Pero si ya era feliz!” El río me parece todavía más bonito.

No me apetece meterme en casa, quiero que la gente me vea feliz, así que me voy a mi librería preferida de Harvard a ver los libros de Arthur, me parece genial que se puedan pasar las horas en las bibliotecas y en las librerías en Estados Unidos sin que nadie te diga nada, sin ir más lejos la librería pública de Cambridge es mi segunda casa y puedes encontrar hasta la revista ¡Hola!

Soy feliz y seguramente lo sabía, ¿darme un paseo por el campus de Harvard Business School me da felicidad? Si. ¿Cruzar el río me da felicidad? Si. ¿Me podría ir a tomar un vino con alguien si me lo propusiera? Si. ¡Ryan!

Así que digo que sí a todo y sobre todo digo que soy feliz. ¿Y qué es la felicidad? Esa sensación que hay que buscar dentro de nosotros y que nos hace sentir bien, respirar con alivio y sonreír. La tenemos siempre dentro y hay que sacarla de paseo más a menudo y pasear con ella de la mano e intentar tenerla, acostarse con ella o llamarla cuando la tengamos lejos u olvidada.