UN AÑO SIN COVID 5

VIAJAR 2

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Irene Calvo

Y, cómo no pasar dos días en Nueva York, aunque hayas estado mil veces. Nueva York apetece siempre, todo ese mogollón que se nos escapa de las manos, toda esa gente, toda esa mezcla, ese anonimato, esa ciudad que no se apaga nunca, …Nueva York es extrema, Nueva York es too much.

Esta vez me estrené con el metro, me costó ubicarme, pero me apetecía probar ese vértigo sola; tuve que preguntar, eso sí. Los puntos cardinales me desbordan, así como el up y el down, no era cuestión de ponerme boca abajo y hacer el pino en el metro para ubicarme. Llegué sana y salva a TriBeCa con cambios de línea incluidos.

Me quedé en casa de una amiga de un amigo en un piso espectacular, con unas vistas increíbles. La dueña de la casa me invitó, el mismo día de mi llegada, a un concierto con aperitivo, nos encontramos allí directamente, así que fui dándome un paseo de once kilómetros, calculé un poco mal y llegué justa, justa y derrapando.

El día siguiente era mi día completo, así que lo tenía organizado para ver y volver a ver lo que más me apetecía, lo genial de las ciudades que ya conoces es que puedas dejar de lado lo más turístico y hacer lo nuevo, yo mezclé un poco.

La primera parada fue en el MOMA, ya lo había visitado en otras ocasiones, pero antes de partir hacia Boston había participado en una conferencia titulada “Del New MOMA al Reina Sofía: nuevos formatos expositivos”, impartida por José Mª Lafuente, Director del Archivo Lafuente

Debo confesar que dicha conferencia fue el día anterior de mi viaje a Boston, llevaba unas tres semanas en Santander y ya me estaba empezando a adaptar a la vida tranquila de Santander, a mi casita, al vinito, … en fin que me estaba dando un poco de pereza lo de irme. Ir a la conferencia reactivó mi espíritu aventurero y salí con la plena convición de que mi nueva aventura iba a ser una nueva experiencia positiva y que si tenía ocasión de ir a Nueva York iría a visitar el MOMA.

Y así fue, visité el museo con otros ojos, con otra perspectiva, con otra alma, me gustó mucho entender mejor lo que estaba viendo.

Caminé unos veinticinco kilómetros ese día, me pateé gran parte de la ciudad, visité el Vessel. En dos palabras, citando a Jesulín de Ubrique:

“IM-PRESIONANTE”

La sala de congresos, que cambia dependiendo del aforo haciendo más grande su espacio con unas paredes que se mueven mediante unas ruedas gigantescas, es de quitar el hipo y su parque, que se levanta en el flamante barrio de Hudson Yards, una idea top.

La gran sorpresa que me regaló ese día, fue la High Line, un parque lineal de 1,45 millas de largo (2,33 km). Empecé a recorrerla porque, siguiendo mi instinto, me llevaba en dirección a mi casa, con el río a mi derecha, hasta ahí llego como brújula, un paseo delicioso donde, a cierto punto, llegas incluso a ver la Estatua de la Libertad. ¡Qué maravilla!

Un día espléndido que me regaló el invierno de Nueva York, un camino sin coches rodeado de obras de arte originales que encuentras cuando menos te lo esperas.

No lejos del final de la High Line se encuentra la casa de la súper, híper, mega mítica Carrie Bradshaw. No me canso nunca de ver alguno de sus capítulos de Sex and the city o sus dos películas. Creo sinceramente que tendría que ser visión obligatoria para todos los hombres del planeta.

Como me quería sacar una foto delante del portal de su casa, pedí a un turista que estaba haciéndose una foto allí mismo que me hiciera una a mí y, cuando le di las gracias, me preguntó si me apetecía ir a comer algo con él. Por mi mente no se me pasó un capítulo digno de Sex and the city o de Corín Tellado, sino un capítulo de CSI, Criminal minds, junto con el Silencio de los corderos… Mi fotógrafo intuyó mis pensamientos y riéndose me dijo que estaba de turismo en Nueva York y que era español vecino de Burgos.

Me tranquilicé, no había nunca oído hablar de ningún destripador burgalés.

Su historia, la típica, acababa de romper con su novia (cuernos a la vista) había decidido alejarse, cogerse las tres semanas de vacaciones que tenía del año pasado y largarse a conocer Estados Unidos por su cuenta y a su bola. Un poco melancólico el chico pero él sí había visto toda la serie de Sex and the city, por eso su interés por visitar la casa.

Pasamos un rato agradable y quedamos para seguir con nuestro turismo al día siguiente.

Yo no di opción, quería ver la Neue Gallery y los cuadros de Klimt, de allí comer algo y autobús para Boston, me tocaba volver.

Al día siguiente llegué antes a la cita y me fui a la cafetería del museo a tomar un cappuccino, el sitio monísimo y con mucho encanto pero, eso sí, una clavada monumental.

Cuando llegó mi burgalés fuimos a ver los cuadros y yo quise leer la descripción del retrato de Adele Bloch-Bauer antes de verlo, me fascinó el hecho que se tapara una mano porque tenía un defecto en uno de sus dedos.

El cuadro es sublime, me emocionó tanto que me dio un ataque de llanto, el pobre burgalés desbordado por la escena me preguntó qué me pasaba y yo, en mi tono de siempre, le dije:

“No sé si lloro por lo bonito que es el cuadro o por la clavada que me han metido en la cafetería”

Nos llamaron al orden porque no parábamos de reírnos y yo de llorar, en Estados Unidos tienen un protocolo común, locos a la vista: a la calle. patadas o esposados a la comisaría, así que nos calmamos, pero nos tocó aguantar toda la visita a un guardia de seguridad pegado a la chepa.

Y así acabó mi periplo en NY y con el burgalés con el que sigo en contacto. Ha vuelto con su novia, en fin…