UN AÑO SIN COVID 6

VIAJAR 3

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Irene Calvo

El gusanillo de viajar está siempre metido en el cuerpo y, una vez que empiezas, te acompaña para siempre. Me gusta viajar y me gusta viajar sola, pasar tiempo conmigo misma, ver cómo me manejo en situaciones nuevas, sonreír a la vida y disfrutar en un autobús, mirando el paisaje por la ventanilla, llegar a los sitios, deshacer la maleta con pocas cosas o no deshacerla, ver horizontes sorprendentes, me gusta todo.

Mi siguiente viaje fue conocer un lugar que desde hacía mucho tiempo deseaba: las cataratas del Niágara y Cape Cod. Mi amiga Mirela, aprovechando las vacaciones escolares, vino a visitarme a Boston y desde allí nos alquilamos un coche y, a lo Telma y Louise (sin suicidio final), nos recorrimos más de dos mil kilómetros, no paramos de hablar durante todo el viaje, hablamos mucho sí, nos contamos cosas interesantes también y no nos aburrimos la una de la otra.

Era febrero, el cambio climático nos enseña que es cierto lo que nos cuentan, y tengo una foto poniendo gasolina con gafas de sol, sin cazadora ni abrigo y con un sol radiante, en la última semana de febrero en un lugar cerca de Cazenovia (NY), donde pasamos la primera noche cerca de un lago precioso y donde nos dimos un auténtico atracón como desayuno.
La llegada a Canadá fue espectacular, muchos me habían advertido que las ciudades artificiales que se han construido en ambos lados de la frontera eran como un parque temático solo para entretener a los turistas.

“Ok, te lo compro”, pero… el paisaje impresionante de las cataratas es tan brutal que te da absolutamente igual lo que tengas alrededor, ¡las cataratas del Niágara son impresionantes! Y el que diga lo contrario miente.

Tuvimos la suerte, o no, de ir en temporada baja, ya que había pocos turistas pero muchas atracciones estaban cerradas, aunque eso no le quitó ningún encanto. Las cosas que más me impresionaron fueron seguramente dos, la primera es que, casi, casi, puedes tocar la catarata con las manos y la segunda es que oyes un sonido imaginario de las sirenas de Ulises que te cantan para que te acerques más y más y te unas al agua; es una sensación de vértigo extremo, no sé… muy peligrosa y difícil de explicar.

Es extraño también el sonido del agua, que no acaba nunca, unido a la caída del agua infinita que te dan una sensación hermosa de perpetuo y de ser conscientes de que todos formamos parte de algo. Bueno… me encantó todo.

El hotel estaba en la parte canadiense, era mi primera vez en ese país así que lo sumé a mi lista de países visitados. Una competición absurda que hago con mi amiga rusa Katia (yo estoy a 42 y ella a 40).

Como decía, en el hotel, con vistas espectaculares y pocos clientes, nos dieron una habitación con vistas al parking. Sin dejar ni siquiera que la puerta se cerrara detrás de nosotras, ya estábamos en la recepción de nuevo pidiendo “una habitación con vistas” que obviamente tenía un suplemento de 35 dólares canadienses y que pagamos con mucho gusto.

Una pasada de vistas, esa noche dormimos sin correr las cortinas y oyendo el sonido del agua. Por la noche, y mediante un juego de luces, el color del agua cambiaba de color. Esa noche y gracias a los estándares de los hoteles de cuatro estrellas, que nos han uniformado a todos en la llamada estrategia de globalización (en este caso: gracias), dormimos a pierna suelta en dos camas gigantescas de medida “King”. Y cenamos en el restaurante con un hambre canina después de pegarnos un baño en la piscina (cubierta) del hotel.

Al día siguiente nos fuimos a Niagara on the Lake, muy bonito, pero ahí sí que nos pilló la nieve y lo disfrutamos poco, así que ¿qué hicimos? nos dimos al outlet, sí… y se nos hizo tarde y llegamos a Hudson, un pueblecito muy interesante donde mi amiga, según dijo, se tomó la hamburguesa más buena de su vida, la mía fue vegana, así que nada que decir al respecto sobre el mundo vegetal en formato carnívoro.

A la mañana siguiente pusimos rumbo hacia Cape Cod, yo ya sabía que me iba a encantar y así fue. Yo, que soy oriunda de sitio de mar, creo que el mar en invierno es de una belleza increíble, te enseña que nunca en la vida te vas a sentir solo porque el mar desierto y una playa vacía son hermosos como las personas, si somos bellas ni siquiera el estar solas nos va a hacer sentir engullidos por la soledad, y así es Cape Cod, hermoso. Unas casas junto al mar, preciosas, una costa idílica en un ambiente invernal que, repito, no le toca absolutamente para nada a su belleza. Allí si que recuerdo una sopa de pescado y una cena delante de una chimenea que nos quitó hambre y frío. Creo que el restaurante era italiano, la sopa de pescado casi igualaba la de mi madre. ¡Casi, mami, tranquila!

Con nuestro súper coche nos recorrimos la península de cabo a rabo, siguiendo las indicaciones de la persona que trabajaba en la recepción del hotel donde nos alojamos y que resultaron todas estupendas, paramos donde nos dijo, comimos donde nos recomendó y, como siempre, acompañadas de un tiempo magnífico y de nuestro mapa con todos los detalles. Disfrutamos mucho de la zona en temporada baja, sin turistas sonrosados paseando medio desnudos por las playas.

Ya llegaba la hora de volver a Boston, una noche más allí para que Mirela se despidiera de la ciudad y patinara en la pista de hielo del Common Park, con un frío que pelaba, oyendo a Bernie Sanders, que hacía campaña, e imagino que también él estaría pelándose de frío.
Antes de dejar Canadá tengo que decir que descubrí con placer que ese país tiene buen vino, en mi curso de sumiller profesional no lo habíamos estudiado para nada, así que fue una agradable sorpresa. En mi segundo viaje a Canadá una semana después tuve la oportunidad de seguir profundizando el tema con diversas catas pero eso, eso es otra historia y otro viaje…