UN AÑO SIN COVID 8

LA VUELTA

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Irene Calvo

El 14 de marzo de 2020 España declara el estado de alarma.

Mi primer pensamiento fue “voy a esperar aquí a que pase el marrón europeo” pero ¡qué equivocada estaba!

Tengo que confesar que solo la semana del 14 al 21 de marzo tuve conciencia de la pandemia. Con esto no quiero absolutamente pasar por una negacionista, que no soy, ni ser insensible a todas las desgracias humanas y económicas que nos ha traído y nos sigue trayendo el Covid.

El 14 de marzo nos llegó un correo a los alumnos de la academia diciendo que las clases iban a continuar on line, en Canadá no había muchos casos, pero en Estados Unidos la situación iba de mal en peor.

Nadie sabía contestar a la pregunta del millón de dólares: ¿cómo y cuándo vamos a salir de todo esto?

Mi nivel de estrés crecía por segundos porque mis amigos y mi familia, desde Europa, me apremiaban a salir pitando y yo estaba literalmente “donde Cristo perdió la sandalia” Las fronteras se empezaban a cerrar y las compañías aéreas dejaban de volar.

Lo único que tenía claro es que no me iba a ir y a dejar a mis hijos en Estados Unidos, así que hicimos un cónclave familiar para decidir qué hacer y cómo movernos. Nos pusimos de acuerdo en volvernos, siempre y cuando no se perdiera el año escolar, y que los hermanos volaran, juntos por lo menos, desde Nueva York.

Yo me encargué de la parte académica y el padre de la parte logística. Lo de mi hijo fue más fácil, le quedaban tres semanas de curso y ya habían decidido acabarlo on line así que lo podría acabar en Europa. Lo de mi hija se torció un poco, en el colegio en esa época cerraron solo tres semanas, por lo que me dijeron que si volvían al colegio y ella no acudía a las clases perdería el curso. Yo pensé “¡ojalá! Si se vuelve a las clases presenciales querrá decir que el Covid ha desaparecido de la faz de la tierra”.

Obviamente, las tres semanas se prorrogaron por otras dos y así hasta acabar el curso académico on line, como la mayoría de los estudiantes del mundo.

Yo, en paralelo, continuaba mis clases sin prestar ninguna atención, respondiendo al teléfono a mis familiares y amigos que no hacían más que preocuparme y ponerme nerviosa; adelgazaba y no dormía. No conseguía reservar ningún vuelo porque desaparecían de la página web, estaba en permanente contacto con la Cónsul Honoraria de Vancouver, que me ayudó mucho, y pegada al telediario español que hacía que mi nivel de estrés creciera segundo a segundo. Tuve que delegar a un amigo (gracias Emanuele) mi billete de avión, con la tarjeta American Express Platino consigues hacer de todo, y eso que el dinero no da la felicidad…

Así que en 48 horas niños en camino y madre en camino. Fue todo muy difícil y estresante, me daba igual todo, mi prioridad era una: que llegáramos todos sanos y salvos a Europa, lo demás no me importaba absolutamente nada.

Con mucha tristeza me despedí de mi host family que me apoyó en todo momento, el último día me llevaron de excursión, aunque yo no tenía cuerpo para nada, y abrimos una botella de vino en la cena para desearme un buen viaje. El viernes 20 de marzo me fui rumbo a Europa: Vancouver – Paris, Paris – Bilbao, Bilbao – Santander; tardé más de 24 horas en llegar.

En el aeropuerto de Vancouver todos parecíamos zombis, nos mirábamos como pensando quién podría estar contagiado y quién no, a veces hablabas con el de detrás de la cola mientras esperabas para hacer el check in y rezabas para que no hubiera over booking.

Yo gritaba mentalmente “¡¡¡¡He reservado con American Express Platino, dejadme pasar la primera!!!!”

Siempre esperando en la cola interminable del check in, llegó la tripulación de nuestro avión y nos pusimos a aplaudirlos como si fueran los tres tenores y el coro del concierto de Caracalla, estábamos todos fatal, llorando, aplaudiendo con mascarilla, guantes, capuchas, en fin, el vídeo de Michael Jackson en Thriller…

Montada en el avión me puse a limpiar con el gel hidroalcohólico, como una auténtica histérica, mi asiento, respaldo, bandeja, apoyabrazos, etc. Como el avión no iba del todo lleno y sin dejar opción alguna, cuando llegó mi compañera de viaje la mandé sin piedad a otro asiento, imagino que pensaría “diez horas con esta loca al lado, ni muerta”, así que se largó sin rechistar. Luego, y siguiendo con mi comportamiento de loca de remate, agarré al azafato y le hice que me jurase que íbamos a tener un viaje tranquilo. El pobre, en francés, me repitió ocho veces:
“C’est tout parfait”

Yo lo último que estaba era “parfait”, así que doblé mi ración de ansiolítico y en cuanto despegamos me entró un sopor resultado del estrés, del cansancio y de las pastillas. El comandante, antes de despegar, nos explicó que teníamos que dar las gracias a la tripulación, que eran menos de lo habitual, de que hubiéramos podido viajar, porque habían fletado el avión única y exclusivamente para repatriar a los europeos atrapados en Canadá y que por eso ni siquiera nos iban a pasar comida. Yo ahí empecé a llorar como una loca y ahí que volvió mi azafato “Parfait” y yo venga a decirle que “merci, merci”.
¡Qué delirio! Creo que en diez horas no me levanté ni al baño.

Aterricé aturdida en Paris y como zombi que era, me dirigí a mi puerta de embarque rumbo a Bilbao, en el avión de Bilbao la misma copla: ni un vaso de agua ni levantarnos, ni respirar pudimos, a mí sinceramente me daba igual, seguía bajo los efectos del cansancio y del estrés. Estaba tan agotada que no tenía ni energía ni fuerza para abrir la boca. En el aeropuerto de Bilbao, a esperar lo que hiciera falta hasta que llegara el bus para ir a la estación de autobuses, y yo esperé. Ya en la estación, mi estómago se quejó de las 24 horas que llevaba sin comer y, entonces, me acordé de mi host father y del bocadillo de queso y de los dulces que me había preparado. Lloré comiendo mi bocadillo y los chocolates como una Magdalena.

Intenté no dormirme en el viaje de Bilbao a Santander porque me apetecía reconciliarme con la situación, pero fue imposible, en la rampa de salida ya estaba roncando, más plácidamente porque ya estaba en España, pero siempre agotada. Me desperté en la rampa de bajada de la estación de Santander, hacía un día para nada de Santander: sol y cielo despejado, completamente desaprovechado porque tenía que irme a casa a encerrarme, como toda la población española, por no decir mundial.

Abrí la puerta de casa, mi madre me había dejado comida para el fin de semana; ducha, mis hijos ya habían llegado, apagué el teléfono y dormí 16 horas de un tirón.

Bienvenida a España, tu nueva vida te espera.