UN AÑO SIN COVID 9

EN ESPAÑA, EN MI SANTANDER QUERIDO. I PARTE

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Irene Calvo

Un día y medio de viaje, dos aviones, dos autobuses y un taxi: ni tan mal. El estrés ha sido tal, que he pasado dos días arrastrándome de la cama al sofá y del sofá a la cama.

“Hola, me llamo Irene y llevo dos días en pijama, con muchas cosas puestas encima, me ducho todos los días, creo… pero no me pongo crema hidratante, ni desodorante, ¿para qué? Me nutro con los táperes que me trae mi madre y que me deja en la puerta de casa como si tuviera la lepra o peor: el Covid o la Covid, porque a estas alturas de la feria todavía no me he enterado de si es chico o chica o si es que usamos lenguaje inclusivo…”

Estoy perdiendo el rumbo, no distingo el día de la noche, estoy completamente desvelada por la situación y por el jet lag y me siento totalmente agotada y desorientada.

Todos mis programas se han desbaratado.

¿Me estoy volviendo loca? Hablo sola y me contesta la pared, la ventana y la plancha. Tengo una lista interminable de cosas que hacer que paso de un día a otro sin resolver nada, compro cosas para mi casa que me faltan, pero no me llegan, o cuando me llegan no puedo ni montarlas, tengo una cara y un cuerpo que no reconozco, me visto con un pantalón extra size, heredado de un exnovio, y dos jerséis, porque tengo siempre frío. Me lavo el pelo una vez a la semana y, después de siete días, tengo tantos nudos que no consigo desenredarlo.

A las 8 de la tarde o de la noche, porque me da igual, abro la ventana y aplaudo y aplaudiendo lloro todos los días. No puedo seguir así, he tocado fondo… me he comido en solo una tarde todas las patatitas, aceitunitas y mierditas varias que tenía en casa después de una absurda compra on line.

¡¡Basta!!

Me levanto del sofá como un rayo y, a costa de marearme y casi caerme, me meto en la ducha, me lavo el pelo, me hago un peeling con azúcar y aceite de oliva y me pongo crema hidratante por todo el cuerpo. Mi cuerpo la absorbe ávido y me da las gracias, me pongo desodorante y mis axilas estornudan. El código de barras de mi labio superior se está emborrachando con tanta fiesta y la ampolla superhidratante, mis raíces (y no es la serie de televisión) son de más de dos centímetros y medio y piden a gritos un tinte POR -FA- VOR.

Me visto como si fuera a salir a la calle, me pinto los labios con un color nude (inútil con la mascarilla, pero da igual). Me vengo arriba y bajo a tirar la basura, veo a una persona y nos gruñimos para saludarnos. ¿Somos más solidarios? No lo sé, ¿somos más trogloditas? Tampoco lo sé, se lo preguntaré a Loquillo.

Ya de vuelta a casa, después de la ardua aventura “tirar la basura”, en la que ocupé cuarenta y cinco segundos de mi tiempo, me pongo un té con unas galletitas de chocolate negro que me inspiran y me dedico a organizar la nueva etapa de mi vida.

Estoy donde quería estar desde hace años y, aunque haya vuelto de mi aventura americana dos meses antes de lo previsto, no pasa nada, mi objetivo número uno es buscarme un trabajo, lo único que oigo a mi alrededor es el siguiente mantra:
“Ahora con la pandemia y a tu edad va a ser imposible”

Me siento como Rambo, lista para cumplir mi misión.

Decido ir poco a poco y organizar la primera semana a ver lo que pasa. De momento, afronto la semana más convencida, con más ganas y más ilusión.

En una pared de casa, que he hecho pintar con pintura especial para que se pueda borrar, me apunto todo lo que tengo que hacer (el 95% de las cosas no las puedo hacer) pero el lema de hoy es: a grandes problemas, grandes soluciones.

Organizo mis cosas de to do en tres grandes bloques:
1. Lo gordo (no escribo más de cinco cosas y una fecha de ahora hasta finales del verano)
2. Lo menos gordo
3. Lo flaco

En la pole de lo flaco está lo de las raíces, que lo apunto para el día siguiente con una post data: mascarilla capilar, para pasar de pelo de estropajo a pelo de escoba, bueno, por algo se empieza.

Como menos gordo, me apunto sacar los libros de las cajas, limpiarlos y ponerlos en algún sitio donde no molesten, donde no los vea hasta que me puedan venir a montar la librería. Decido que soy buena y llamo donde tengo encargada la librería para pagarles lo que falta, porque imagino que, cerrados como están, lo estén pasando mal; lo agradecen.

Como gordo, me escribo wifi y móvil español, de momento estoy con el italiano, pero necesito absolutamente wifi.

El lunes el despertador suena a las ocho, con un esfuerzo sobrehumano me despierto, me levanto, desayuno en la cama, porque no tengo mesa (está en la lista de la semana que viene como menos gordo y con su respectivo presupuesto) leo un rato y me doy el tinte.

Me veo guapa, bueno, me veo cañón, así que luego me voy al supermercado, panadería y farmacia con vestido y tacones.

Por la tarde, y ya de nuevo en mi área de confort del chándal, me pongo con la operación libros, me divierto muchísimo, dejo unos cuantos para vender y rescato uno que no he podido con él en varias ocasiones (lo siento Javier Cercas) y lo apunto en mi lista de lo flaco para leer como siguiente libro. Empecé mi confinamiento releyendo “Los santos inocentes”, muy buena elección.

Tiro ocho cajas de cartón, limpio todos los libros, y los ordeno dentro de un armario, divididos por idiomas y contenido, en espera de la librería. ¡¡¡Operación libros tachada!!!

Consigo con una sola llamada y en cinco minutos una cita para que, al día siguiente, un técnico venga a instalarme el wifi, la línea fija (que yo no quería y que, tras un año y medio aquí, no he usado nunca) y una sim que tengo que retirar en una tienda (como es algo esencial puedo salir de casa a buscarla, qué bien, ¡¡una aventura!!).

Tengo wifi y lo celebro abriendo la primera botella de vino del confinamiento, me durará casi una semana así que todo el mundo tranquilo.

TACHO, TACHO Y TACHO