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Nos fascinamos con una máquina porque … ¿nos olvidamos de ser humanos?

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Por Ismael Cala

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Hace pocos días el mundo fue testigo de un hito que parece extraído de una película de ciencia ficción: en Pekín, un robot humanoide llamado Tiangong Ultra corrió los 100 metros planos en 9,39 segundos, dejando atrás la mítica marca imbatible de Usain Bolt.

El video se volvió viral en cuestión de minutos, provocando asombro, aplausos y, en muchos, un destello silencioso de fascinación e incertidumbre. Ver a una estructura de circuitos y aleaciones metálicas devorarse la pista de atletismo a una velocidad sobrehumana nos obliga a detenernos y formularnos una pregunta fundamental: en un mundo que premia la velocidad sin pausa, ¿dónde queda el valor de nuestra alma?

A lo largo de mi trayectoria como comunicador, conferencista y profesional, he vivido en carne propia la tentación de la prisa.

Sé lo que es medir el éxito por el volumen de metas alcanzadas en tiempo récord, por la eficiencia implacable y por la capacidad de rendir sin mostrar cansancio.

Sin embargo, la vida y las caídas me enseñaron que la trampa del siglo XXI no es que las máquinas piensen o corran como personas, sino que las personas terminemos viviendo y sintiendo como máquinas.

Al conversar sobre este fenómeno tecnológico en mis canales digitales, recordaba la emblemática historia del mítico corredor indio Milkha Singh. Tras perder una carrera crucial en los Juegos Olímpicos de Roma, Singh no se retiró a ajustar un motor ni a reprogramar un código, se retiró al silencio para sanar las heridas emocionales de su infancia y transformar la memoria del dolor en la gasolina espiritual que lo convirtió en leyenda.

La grandeza de un atleta no está en la aceleración seca de sus músculos, sino en la historia de perseverancia, fe y vulnerabilidad que late dentro de cada uno de sus pasos.

Nos fascinamos con los 9,39 segundos de una máquina porque hemos sido condicionados para adorar el resultado y despreciar el proceso. Queremos sanar rápido, tener éxito rápido, amar rápido y vivir rápido. Pero la verdadera plenitud jamás ha sido una carrera de velocidad; es una caminata consciente. El robot no siente el cansancio ni la alegría; no sabe qué significa caerse y levantarse con la dignidad golpeada pero el espíritu intacto.

Como escribía el maestro espiritual Thomas Merton, la eficiencia tecnológica sin propósito interior nos convierte en prisioneros de nuestro propio dinamismo. La máquina puede superar la biomecánica del hombre, pero jamás podrá sustituir la empatía, la compasión, la intuición ni el amor. La tecnología debe ser el instrumento que nos sirva, no el espejo en el que perdamos nuestra identidad.

Hoy te invito a reflexionar en medio de tu propia rutina: ¿cuántas veces has corrido a la velocidad del piloto automático sacrificando tu paz interior? ¿Cuántos momentos sagrados te has perdido por intentar batir récords de productividad que nadie te ha pedido?

Inhala profundo, desacelera el paso y recuerda que tu valía no se mide en segundos ni en resultados perfectos. Eres un ser humano hermoso, imperfecto y sagrado. No compitas contra el ritmo frenético del mundo; abraza el tuyo, porque la meta no es llegar primero, sino llegar presente.

Dios es amor, hágase el milagro.

www.IsmaelCala.com
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