Por Obed Arango
Mientras el trumpismo pierde fuerza dentro de Estados Unidos —donde la popularidad del presidente ha caído por debajo del 40 por ciento— su influencia ideológica y política se expande con fuerza en América Latina. El desplome interno responde a un manejo económico ampliamente cuestionado, a una actitud de desprecio hacia la educación, el conocimiento, la ciencia y la salud pública, así como a una desconexión evidente con la vida cotidiana de millones de personas que enfrentan el alto costo de vida. Sin embargo, esta debilidad doméstica no ha frenado su proyección exterior.
Por el contrario, en América Latina el trumpismo ha encontrado un terreno fértil. Su conservadurismo de raíz evangélica resuena en sectores de las derechas religiosas y de clase, alimentando un conflicto de ideas que polariza a la región y tensiona los procesos democráticos. Esta expansión no es solo simbólica: se expresa también en acciones directas que vulneran la soberanía de los pueblos latinoamericanos.
Un ejemplo reciente es el caso del buque petrolero The Skipper, retenido el pasado 10 de diciembre mientras transportaba cerca de dos millones de barriles de petróleo venezolano, con un valor estimado en 100 millones de dólares. A este hecho se sumaron declaraciones realizadas el 16 de diciembre, en las que el presidente estadounidense afirmó que la tierra y el petróleo de Venezuela “pertenecen” a Estados Unidos, reavivando la amenaza latente de una intervención militar.
Estos episodios refuerzan una idea central: a la administración estadounidense no le interesa la democracia en América Latina, y menos aún en Venezuela. El interés real está puesto en los grandes recursos naturales de la región.
México, Brasil y Colombia han logrado entorpecer parte de estas maniobras, aunque enfrentan una presión constante desde sectores de extrema derecha que promueven discursos de intervención. En México, bajo el argumento de la seguridad; en Colombia, bajo la lucha contra el narcotráfico. No obstante, si estas preocupaciones fueran genuinas, Estados Unidos atendería primero sus propios problemas internos: la expansión del narcotráfico en su territorio, la distribución masiva de drogas en sus comunidades y la violencia armada, principal causa de muerte infantil en el país.
En este contexto, México se ha consolidado como un contrapeso regional, con una economía equilibrada, planes de desarrollo social y una inversión histórica en infraestructura de 41 mil millones de dólares, ubicándose hoy como la duodécima economía del mundo. Brasil, por su parte, es la primera economía de América Latina y la décima a nivel global. Juntas, ambas naciones representarían la cuarta economía mundial.
Es tiempo de BRAMEX: de que México y Brasil profundicen su unidad estratégica para impulsar la integración latinoamericana y frenar el avance de las derechas extractivistas y antidemocráticas en la región.







