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“Wuthering Heights” (o el inclemente tormento de la ausencia)

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Flyer oficial de "Cumbres Borrascosas"
Flyer oficial de "Cumbres Borrascosas"

Por Eduardo Párraga

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Cuando Emily Brontë publicó “Cumbres Borrascosas”, en 1847, la novela fue acogida con extremo rechazo por parte del lector y la crítica del siglo XIX.

No sólo tuvo que ser firmada bajo el pseudónimo de Ellis Bell para eludir las barreras sociales que impedían a las mujeres difundir sus manuscritos, sino que también recibió un aluvión de calificaciones negativas. La obra se consideró moralmente reprobable, violenta, cruel y salvaje. Tampoco se entendió su peculiar estructura narrativa. El desprecio de la novela provocó que se refugiara aún más en su mundo interior, oculta en Yorkshire, pues Brontë era muy introvertida, enigmática y poco sociable. Quizá apenas le importara, quizá sí le afectó. En cualquier caso, jamás dio explicaciones o aclaraciones sobre el argumento.

Bajo este panorama desolador, resguardada en universos inventados, Emily Brontë sería incapaz de imaginar que su denostada novela llegaría a convertirse, al cabo de los años, en un clásico de la literatura inglesa, que el futuro le depararía un enorme éxito que no vería. Juegos de la vida que suceden en infinidad de personas.

Además del reconocimiento posterior a nivel literario, “Cumbres Borrascosas” ha logrado trasladar esa fama a la pantalla y son numerosas las adaptaciones a cine y televisión que se han realizado sobre la pasión de Catherine y Heathcliff. Si bien es cierto que casi todas suelen reincidir en los mismos tropiezos de guión al suavizar el tono brutal de la novela, dotarla de un mayor grado de romanticismo o ignorar la segunda parte del libro.

En 2026, llega a los cines una personal y provocativa versión de la directora Emerald Fennell. La realizadora se atreve también con el guión, como es habitual en ella, dispuesta a ofrecer una visión muy distinta de esta obra compleja.

“Wuthering Heights” (2026) narra la relación entre Heathcliff (Jacob Elordi) y Catherine Earnshaw (Margot Robbie) que evoluciona hacia un extraño amor inmerso en etapas oscuras y retorcidas.

Warner Bros. se ha volcado al máximo con una excelente promoción, llena de trailers preciosos muy bien diseñados, que ya anticipaba un tono innovador y un estilo controvertido a nivel estético y musical incluso, con las canciones de Charlie XCX.

Los anacronismos en películas de época son peligrosos y no siempre son acertados, pero Fennell ha sabido insertar hábilmente toques modernos en producción o vestuario sin ser irrespetuosa con una historia que exige clasicismo. Charlie XCX suena en momentos puntuales y se fusiona con la partitura a base de cuerdas recurrentes de Anthony Willis. Al utilizar sonidos semejantes en la composición, toda la música queda mejor encajada. Lo sorprendente es que funciona y su aportación no desentona. Así temas como “Chains of Love”, “Open Up”, “Always Everywhere”… provocan una sensación muy sugestiva en el espectador.

Eduardo Párraga
Eduardo Párraga

Dicho juego de incongruencias me recordó al de “Marie Antoinette” (2006) de Sofia Coppola, al toque Bollywood que aportó la directora Mira Nair en la infravalorada “Vanity Fair” (2004), con Reese Whiterspoon, o al uso de la música electrónica en “The Neverending Story” (1984) o “Ladyhawke” (1985).

Al igual que en la excelente “Saltburn” (2023), Emerald Fennell vuelve a desplegar un repertorio visual muy interesante que empieza a ser característico, para bien, en su filmografía. Su visión nace del sentimiento que le produjo leer el libro cuando era adolescente y se aferra al imaginario que sintió en aquel momento: la idea de un amor salvaje, de obsesión,  en contextos muy concretos y sacados de un febril ensueño. Algo retorcido, pero a la vez atrayente. Fennell admite que quería hacer una versión en la que sucedieran cosas que quedan implícitas o escondidas en las páginas de la novela, como si rellenara o expandiera más huecos en la historia con su imaginación. El resultado no es un desastre porque, en el fondo, el respeto al original se mantiene.

La directora, por tanto, se enfoca en la primera mitad del libro y despoja la película de la feroz oscuridad de la novela para recrear una estética gótico romántica, con decorados surrealistas que incluyen habitaciones extrañas, suelos y pasillos de un rojo intenso o paredes que asemejan la piel de Catherine. Todos esos elementos sirven para reforzar el ardor, la privación y la represión que sienten los personajes, sensaciones que se manifiestan en salas lúgubres o de colores vivos y furiosos.

Además, la realizadora, junto a la diseñadora de producción Suzie Davis, apuestan por  una técnica de estilización y expresionismo para resaltar los escenarios y la luz. Ese ambiente cercano al de una casa de muñecas en muchos momentos de la película ofrece mucho juego: por un lado, es acorde con esa vision adolescente de la directora, pero también potencia la idea de encierro, donde nadie parece lograr el control de su vida. Al igual que hiciera en “Saltburn”, a Fennell le gusta apresar a sus personajes en decorados que acrecienten la obsesión, o un sentimento escondido, apasionado, que no puede ser revelado. Emerald cita como influencias narrativas: “Random Harvest” (1942), “Far From the Madding Crowd” (1967), “Peau d’âne” (1970), “Bram Stoker’s Dracula” (1992), “Williams Shakespeare’s Romeo and Juliet” (1996), “The end of the affair” (1999) o “Barbe Bleu” (2009), entre otros.

La fotografía a cargo de Linus Sandgren capta con esplendor los páramos reales de Yorkshire, neblinosos y llenos de lluvia o viento, acorde con los tumultuosos sentimientos de los personajes. En los interiores, se adentra en la oscuridad y el cromatismo.

Asimismo, “Wuthering Heights” perturba al espectador a base de jugar con fluidos y texturas de comidas, sudor o yemas de huevo para provocar una mezcla de sorprendente erotismo y repulsión que tan bien sabe representar esta cineasta: otro rasgo identitario en las películas de la directora (esa secuencia de la bañera en “Saltburn” que clama por encontrar un hueco en la historia del cine). Todo potenciado por un buen uso del sonido en los exteriores, que, además, amplifica susurros, sonidos incómodos, viscerales, de alimentos, de objetos…

Además, para aumentar si cabe la calidad de imagen, Emerald Fennell vuelve a experimentar con la técnica: si en “Saltburn” utilizó el 4:3, en “Wuthering Heights” ha rodado en VistaVision, un formato de éxito en los 50, de alta resolución, que en los últimos años goza de un pequeño resurgir en varias producciones como “Bugonia” (2025), “One battle after another” (2025) o “The Brutalist” (2024).

Otra gran diferencia respecto a la novela es añadir muchas (y muy comentadas) escenas eróticas entre Cathy y Heathcliff, sin necesidad de desnudos por parte de los actores, dicho sea de paso, lo que aumenta el mérito de estos por lograr transmitir tanta sexualidad. Robbie y Elordi revolucionan literalmente el patio de butacas con sus encuentros en pantalla. Esta divergencia choca irremediablemente con la obra de Brontë donde todo es mucho más contenido y psicológico. No obstante, esa obsesión perturbadora entre los protagonistas se mantiene en el tono del film. De algún modo, el guión de Fennell parece querer liberar la pulsión hacia fuera, pero sabe mostrarse repestuoso con la novela a pesar de todas sus licencias narrativas. El espectador va a seguir encontrando unos Catherine y Heathcliff caprichosos, malvados, vengativos y enamorados en extremo.

Margot Robbie y Jacob Elordi están arrebatadores, emocionales, se complementan a la perfección y marcan muy bien la evolución de sus personajes. También destacan los trabajos de Hong Chau, Alison Oliver, Shazad Latif, así como Charlotte Mellington y Owen Cooper que encarnan a unos jóvenes cándidos Cathy y Heathcliff.

En “Wuthering Heights” todos los personajes son atravesados, de algún modo, por la desdicha. Víctimas de deseos de venganza o por represión obtienen una extraña satisfacción sádica en infligirse dolor entre sí y cada uno es dominado por fuerzas ajenas incontrolables. La película juega a desconcertar desde su apertura y gusta de enlazar placer con agonía o peligro.

Esta es la carta de presentación de la enésima adaptación de “Wuthering Heights”, una novela compleja que casi siempre ha sido transformada al gusto del cineasta que corresponda. Quizá los suspiros o los lamentos de Emily Brontë que la feroz lluvia calló en tardes grises, lograron salir de la niebla, se proyectaron en el tiempo y llegaron, con el paso de los años, como distintos ecos de su obra.

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