Por Obed Arango
La historia de Estados Unidos está marcada por la violencia. No se trata solo de un pasado remoto: esa violencia persiste en el presente y se expresa en la manera en que se decide recordar —o borrar— la memoria colectiva. Hay quienes reconocen esa herencia para confrontarla y transformarla; otros, desde el poder, optan por ocultarla. Lo ocurrido el pasado 23 de enero en Filadelfia es un ejemplo contundente.

El Museo de la Casa del Presidente, ubicado en Market Street frente al Independence Hall —la primera “Casa Blanca” del país— fue desmantelado de manera violenta con barras de acero por orden del Servicio de Parques Nacionales, en cumplimiento de la orden ejecutiva del presidente Donald Trump titulada *“Restoring Truth and Sanity to American History”*. El sitio arqueológico, abierto al público desde 2010, exhibía los calabozos donde George Washington mantuvo esclavizadas a varias personas, entre ellas Ona Judge, esclava personal de Martha Washington.

El museo surgió hace quince años de un acuerdo entre la ciudad de Filadelfia, el gobierno federal y el propio Servicio de Parques Nacionales. Su exposición central, *“President’s House: Freedom and Slavery in the Making of a New Nation”*, mostraba la contradicción fundacional del país: la convivencia entre los ideales de libertad y la práctica sistemática de la esclavitud. Washington, exaltado como padre de la nación, aparece allí también como un hombre que persiguió durante años a Ona Judge tras su escape a New Hampshire, llegando incluso a contratar investigadores privados. Aunque nunca logró capturarla, la sometió a una violencia prolongada, hecha de persecución, miedo y castigo simbólico.

El desmantelamiento del museo no es un acto aislado. Arrancar pueblos de sus tierras, dividir familias, esclavizar durante 246 años y justificar la opresión con argumentos teológicos revela que la violencia no fue una anomalía, sino un cimiento del proyecto estadounidense. Basta excavar las calles de Filadelfia para encontrar calabozos; basta observar el presente para reconocer prácticas que reproducen esa lógica, como la presencia de I.C.E. en comunidades vulnerables y el uso desproporcionado de la fuerza.

La iniciativa de Trump de eliminar museos que no se alinean con supuestos “valores estadounidenses” es una falacia moral: acusa a las víctimas de lo que históricamente han ejercido los victimarios. Revisar esa herencia no es una amenaza, sino una responsabilidad. Desmantelar un museo no borra la historia; solo intenta cubrirla. El verdadero riesgo es permitir que ese espíritu de negación se normalice y nos atraviese a todos.








