Texto y fotografía por Obed Arango

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El nacionalismo cristiano puede definirse como la legitimación del poder político a partir de la religión cristiana. En Estados Unidos, esta idea ha aparecido de forma recurrente como sustento ideológico de distintos proyectos históricos, moldeando tanto la política interna como su proyección exterior. Es común mezclar símbolos nacionalistas con religiosos como una forma de sostener y comunicar el mensaje.

Durante la colonia y los primeros años de la independencia, sectores de la población blanca protestante recurrieron a la Biblia para justificar la esclavitud. La desigualdad se presentó como un orden divino. Más adelante, en la expansión territorial del siglo XIX, el “destino manifiesto” reforzó la noción de una nación elegida, llamada a extenderse como “ciudad sobre la colina”. La doctrina Monroe —“América para los americanos”— se inscribió en esa lógica de excepcionalismo con tintes providenciales.

Tras la Guerra Civil, esta matriz no desapareció: se transformó. Las leyes Jim Crow institucionalizaron la segregación racial en el sur, con el respaldo de sectores religiosos. Organizaciones como el Ku Klux Klan encontraron legitimidad en discursos teológicos que defendían la separación racial como mandato divino. Denominaciones como los Bautistas del Sur, jugaron un papel clave en sostener esta visión. Desde los púlpitos se proclamó a la población blanca y estadounidense como “pueblo elegido”. Los movimientos misioneros del siglo pasado proclamaban el evangelio y a los Estados Unidos, así fueron un instrumento de penetración política y religiosa global.

Foto por Obed Arango, “Iconografía nacionalista religiosa” Gettysburg, 2024

El nacionalismo cristiano, en este sentido, ha estado profundamente ligado al etnocentrismo. La idea de una nación bendecida se entrelaza con nociones de superioridad racial. Por ello, supremacía blanca y nacionalismo religioso han operado históricamente como discursos complementarios que buscan legitimar un orden social desigual.

Frente a ello, figuras como Martin Luther King Jr. y Malcolm X no solo movilizaron a las masas, sino que desmontaron las bases teológicas de esa legitimación, pues evidenciaron la falacia de la supuesta voluntad divina detrás de la opresión.

En el presente, estas ideas resurgen bajo nuevas formas. El movimiento político asociado al lema “Make America Great Again” retoma elementos de este imaginario: conservadurismo moral, apelación religiosa y una visión idealizada del pasado. La estigmatización de inmigrantes, la islamofobia, las restricciones al voto y la política exterior evocan ecos de esa tradición.

Como advierte Michel Foucault en Verdad y poder, los sistemas de dominación se sostienen en discursos que los legitiman. Desmantelar esas narrativas —aquellas que convierten la fe en instrumento de poder— sigue siendo una tarea urgente.

(Fotos por Obed Arango, “Iconografía nacionalista religiosa” Gettysburg, 2024).

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