(Versión en español al final)
By Diana Acevedo
The internet rarely fails to amplify negativity. Every day, headlines, social media posts, and opinion pieces remind us of political scandals, personal failures, and acts of moral misconduct. Controversy captures attention, and outrage has become a form of public entertainment. Yet somewhere along the way, we seem to have forgotten a fundamental truth: every person, regardless of title or position, is imperfect. We are all human.
Too often, individuals are reduced to a single mistake while their lifetime of service, accomplishments, and contributions are overlooked. Accountability is essential in a democracy, but condemnation without context serves neither justice nor progress. We should ask ourselves whether judging a person’s entire character by one moment—without considering the totality of their work—is truly beneficial to our communities.
I have witnessed this reality firsthand. I have seen individuals assume the roles of judge, jury, and executioner while ignoring their own shortcomings. Behind closed doors, political alliances are forged, narratives are carefully crafted, stories are strategically leaked, and inconvenient truths are withheld to protect those within favored circles. Unfortunately, this is not new. It is part of the political landscape.
As voters, however, we have both the privilege and the responsibility to rise above the noise. We must look beyond sensational headlines and emotionally charged rhetoric. Instead, we should evaluate candidates based on objective measures of public service. What does their voting record reveal? Were they present when legislation affecting our communities was debated and decided? Have they demonstrated integrity through consistent action? What lasting contributions have they made to improve the lives of those they were elected to serve?
Hope should never depend solely on the promises of candidates who emerge during election season with carefully crafted messages designed to inspire confidence. The true source of hope has always been the people. Every citizen who enters the voting booth carries the responsibility of shaping the future of their community. Democracy is strongest when voters are informed, engaged, and committed to thoughtful participation.
There will always be individuals who seek to distract, divide, and manipulate public perception for personal or political gain. Their tactics often rely on confusion, misinformation, and manufactured outrage. At the same time, there are principled advocates who courageously challenge elected officials and demand accountability—and they should. Holding public servants accountable is not only appropriate; it is one of the most important responsibilities entrusted to every voter.
But accountability must be rooted in truth rather than rumor. It should be grounded in evidence rather than speculation, and in documented actions rather than orchestrated attacks. We do not strengthen democracy by spreading falsehoods, planting stories, or engaging in character assassination. We strengthen it by evaluating leaders according to their record, their integrity, and the lasting impact of their service.
It is also worth remembering that every one of us has experienced moments we would rather leave behind. Imagine if every mistake, every lapse in judgment, or every deeply private moment of your life were placed before the world for public scrutiny. Most of us would hope to be judged not solely by our failures but by the entirety of our lives—the ways we have learned, grown, and sought to make amends. Grace and accountability are not mutually exclusive; they can, and should, coexist.
I have lived and worked in the City of Wilmington for more than twenty-five years. I have witnessed its triumphs and its struggles, its resilience and its challenges. I love this city—not because it is perfect, but because it is home. Like so many others, I want something better for Wilmington. I want leadership grounded in integrity, communities united by purpose, and a political culture that values truth over division.
Ultimately, the future of our city will not be determined by internet commentary, political gossip, or campaign theatrics. It will be shaped by informed citizens who choose to vote with discernment, demand accountability with fairness, and recognize the humanity in one another.
We all want a better Wilmington. The question is whether we are willing to become the kind of electorate that helps build it.
La Política Sucia es Parte del Juego
Internet rara vez deja de amplificar la negatividad. Cada día, los titulares, las redes sociales y las columnas de opinión nos recuerdan los escándalos políticos, los errores personales y los actos de inmoralidad. La controversia capta la atención, y la indignación se ha convertido en una forma de entretenimiento público. Sin embargo, en algún momento del camino, parecemos haber olvidado una verdad fundamental: toda persona, sin importar el cargo que ocupe, es imperfecta. Todos somos seres humanos.
Con demasiada frecuencia, una persona es definida por un solo error, mientras que toda una vida de servicio, logros y contribuciones queda relegada al olvido. La rendición de cuentas es indispensable en una democracia, pero condenar sin contexto no beneficia ni a la justicia ni al progreso. Debemos preguntarnos si juzgar el carácter completo de una persona por un único momento, sin considerar la totalidad de su trayectoria, realmente fortalece a nuestras comunidades.
He sido testigo de esta realidad de primera mano. He visto cómo algunas personas asumen el papel de juez, jurado y verdugo, mientras ignoran sus propias faltas. Tras bastidores, se forjan alianzas políticas, se construyen narrativas cuidadosamente diseñadas, se filtran historias estratégicamente a la prensa y se oculta información para proteger a quienes forman parte de determinados círculos de poder. Lamentablemente, esto no es algo nuevo. Es parte del escenario político.
Sin embargo, como votantes, tenemos el privilegio y la responsabilidad de elevarnos por encima del ruido. Debemos mirar más allá de los titulares sensacionalistas y de la retórica cargada de emociones. En su lugar, debemos evaluar a los candidatos con base en criterios objetivos de servicio público. ¿Qué revela su historial de votación? ¿Estuvieron presentes cuando se debatieron y aprobaron leyes que impactan directamente a nuestras comunidades? ¿Han demostrado integridad mediante acciones consistentes? ¿Qué legado de servicio han dejado en beneficio de las personas a quienes fueron elegidos para representar?
La esperanza nunca debe depender exclusivamente de candidatos que aparecen durante la temporada electoral con discursos cuidadosamente elaborados para inspirar confianza. La verdadera esperanza siempre ha residido en el pueblo. Cada ciudadano que acude a las urnas asume la responsabilidad de contribuir al futuro de su comunidad. La democracia alcanza su mayor fortaleza cuando los votantes están informados, comprometidos y participan de manera consciente.
Siempre existirán personas que intenten distraer, dividir y manipular la percepción pública para obtener beneficios personales o políticos. Sus estrategias suelen basarse en la confusión, la desinformación y la indignación fabricada. Al mismo tiempo, también existen ciudadanos íntegros que señalan con valentía a los funcionarios electos y les exigen responsabilidad, y así debe ser. Exigir cuentas a quienes ocupan cargos públicos no solo es apropiado, sino que constituye una de las responsabilidades más importantes de todo votante.
Pero esa rendición de cuentas debe estar fundamentada en la verdad y no en los rumores. Debe apoyarse en pruebas y no en especulaciones; en hechos documentados y no en campañas de desprestigio. No fortalecemos la democracia difundiendo falsedades, sembrando historias en los medios de comunicación o destruyendo la reputación de las personas. La fortalecemos cuando evaluamos a nuestros líderes por su integridad, su historial de servicio y el impacto real de sus acciones.
También vale la pena recordar que todos hemos cometido errores. Imaginemos por un momento que cada equivocación, cada mal juicio o incluso cada momento privado de nuestras vidas fuera expuesto al escrutinio público. La mayoría de nosotros desearíamos ser juzgados no únicamente por nuestros errores, sino por el conjunto de nuestras vidas: por nuestra capacidad de aprender, crecer, rectificar y servir a los demás. La gracia y la responsabilidad no son conceptos opuestos; pueden y deben coexistir.
He vivido y trabajado en la ciudad de Wilmington durante más de veinticinco años. He sido testigo de sus triunfos y de sus desafíos, de su resiliencia y de sus dificultades. Amo esta ciudad, no porque sea perfecta, sino porque es mi hogar. Como tantos otros, deseo un futuro mejor para Wilmington. Aspiro a un liderazgo basado en la integridad, a comunidades unidas por un propósito común y a una cultura política que valore la verdad por encima de la división.
En última instancia, el futuro de nuestra ciudad no será determinado por los comentarios en Internet, los chismes políticos ni los espectáculos de campaña. Será construido por ciudadanos informados que decidan votar con discernimiento, exigir responsabilidad con justicia y reconocer la humanidad que compartimos.
Todos queremos un mejor Wilmington. La verdadera pregunta es si estamos dispuestos a convertirnos en el tipo de electorado capaz de hacerlo realidad.







